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La izquierda dentro de una gobernabilidad neoliberal
Por Associació d'Amistat amb el Poble de Guatemala - Barcelona, 19 de agosto de 2004

La izquierda en Guatemala no escapa a la crisis general que esta práctica política e ideológica hace tiempo que padece a escala mundial. El final de la lucha armada revolucionaria y la firma de la paz comportaron formas nuevas y diversas de lucha política en Guatemala. Están los que continuaron participando en partidos de izquierda; otros optaron por aislarse de toda participación militante y limitarse a ser críticos pasivos; hay quienes buscaron concretar sus ideales mediante la participación en toda una diversidad de organizaciones sociales; y no faltan quienes han caído en el conformismo y el acomodo que el sistema neoliberal motiva.

La denominada gobernabilidad neoliberal genera toda una serie de nuevos instrumentos políticos que, mediante la manipulación y la ideologización, crean una sociedad cada vez más inmovilizada. El sistema de partidos políticos en Guatemala es una muestra de esta gobernabilidad neoliberal. Los partidos han estado creados para regenerar y reforzar el sistema establecido. Hay todo un abanico, que va desde las figuras de «derecha recalcitrante », «centro-derecha» y «socialdemocracia» hasta los que tienen un discurso «de izquierda»; pero todos, fuera de muy pocas excepciones, siguen siendo sólo parte del juego «democrático» que mantiene en el poder a la misma clase dominante de siempre.

La sociedad civil, en las diferentes expresiones y manifestaciones, también se desarrolla y funciona dentro de este contexto de gobernabilidad neoliberal. Podemos identificar organizaciones que, en su práctica, buscan mantener viva la esperanza de la lucha reivindicativa sectorial; otros, que simplemente se han transformado en cajas de resonancia que, directa o indirectamente, pasan a ser parte del «juego» del sistema.Dentro de este contexto observamos como la dinámica neoliberal coopta personas, organizaciones o instituciones que justifican su adhesión manipulando los fundamentos ideológicos o políticos propios de la izquierda.

Al firmarse la paz, en Guatemala hemos visto desfilar dirigentes «históricos» políticos y guerrilleros que han ido cambiando la «moral o ideología revolucionaria» por cargos políticos o técnicos insignificantes e intranscendentes dentro de los gobiernos de turno. Lo hemos podido ver durante el gobierno de Álvaro Arzú, de Alfonso Portillo y, actualmente, con Óscar Berger. Basándose en la tesis que “sólo estando dentro de las instituciones del Estado o del gobierno se podrá tener incidencia y propiciar cambios que mejoren la problemática de pobreza, exclusión, impunidad y desigualdad”, a los nuevos conversos no les ha costado demasiado ser parte del sistema ni, incluso, ir de la mano de personajes reconocidos que tienen denuncias internacionales por los actos de barbarie y por las violaciones de lesa humanidad que se vivieron en el país en décadas pasadas. El sistema ha sabido utilizar estas personas o instituciones y las ha puesto en los temas más sensibles y controvertidos por su profunda complejidad y problemática, como pueden ser la mediación en los conflictos de tierras, el tema de la impunidad, de la violación de los derechos humanos, de la seguridad, o los relacionados con la agenda de los Acuerdos de Paz. Si lo miramos retrospectivamente, hay poca cosa que decir respecto a los logros que estos personajes se supone que podían conseguir con su intermediación en la amplia agenda de los problemas nacionales; e incluso podemos afirmar que han contribuido a hacer que esta problemática creciese y se hiciese más profunda.

Con el gobierno actual, los y las dirigentes que tienen un gran reconocimiento político en los ámbitos nacional e internacional están siguiendo el mismo camino que muchos otros en gobiernos anteriores. Probablemente algunos de estos personajes están convencidos de la posibilidad de hacer algo desde dentro del sistema, pero seguramente muchos otros sólo se dejan llevar por un interés más personal o institucional al asumir sus cargos. Como ejemplo de esto, podemos mencionar el caso de la premio Nobel Rigoberta Menchú, nombrada por el presidente Óscar Berger embajadora de buena voluntad de los Acuerdos de Paz (el marketing de una imagen conocida; pero la Agenda de la Paz, para el gobierno, sigue siendo algo secundario); podemos mencionar a Frank La Rue, activista de derechos humanos que actualmente preside la Comisión Presidencial para los Derechos Humanos y que tiene serias dificultades por mantener vigentes bastantes de los acuerdos asumidos, como por ejemplo la creación de la CICIACS (Comisión Investigadora de los Cuerpos Ilegales y los Aparatos Clandestinos de Seguridad) o la reanudación de la agenda contra la impunidad, entre muchos otros temas de la Agenda Nacional que todavía hay pendientes.

La coyuntura actual nos plantea manifestaciones claras de poca voluntad política por parte del gobierno guatemalteco en cuanto a afrontar con seriedad y responsabilidad la solución de los problemas del país. Se prevé que será difícil que haya una apertura política para resolver las demandas y reivindicaciones sociales. En este contexto, los dirigentes de izquierda que trabajan dentro del gobierno de Guatemala, por ética política, tendrían que reflexionar sobre qué sentido tiene que continúen haciéndolo. Sería muy triste que algunos de estos dirigentes, de amplia trayectoria política próxima a los movimientos sociales y populares, acabaran siendo simples instrumentos que validen y legitimen un sistema que cada día profundiza más la realidad de pobreza, exclusión, antidemocracia e ingobernabilidad en el país. Y todavía más, que acaben siendo rechazados y deslegitimados por la misma población que los hizo emerger como dirigentes.

Tomado de www.aapguatemala.org


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