A lo macho
Por Ana Cofiño - Guatemala, 29 de noviembre de 2008
Hace días escribí una columna en la que diferenciaba a los verdaderos hombres de los machines. Decía que un hombre se precia de ser razonable, sensible, responsable; mientras que el macho se jacta de su poder, sus riquezas o sus fuerzas. Que quede claro que uso estereotipos para representar esas distinciones que tienen que ver con valores y maneras de ser y conducirse. Entre quienes comentaron, unos lo hicieron airadamente, llegando hasta las agresiones, pero fueron más quienes se apuntaron contra la violencia. Una mujer dijo que somos las madres las que criamos a esos machos. Y creo que hubo consenso en ver a las familias como fuente de los conflictos que llevan a la violencia, aunque también consideraron el papel del Estado.
Las madres como educadoras iniciales, muchas veces reproducimos inconscientemente lo que nos han inculcado. Al repetir a ciegas las formas de enseñar autoritarias, restrictivas, intimidantes, volvemos a regar el terreno de la infelicidad. Al exigir de nuestras hijas actitudes serviles y resignadas, aumentamos el riesgo de convertirlas en seres sin voluntad. Por otro lado, si las estimulamos para que se sientan capaces y libres, el resultado será distinto. Conste que no hay una receta mágica que nos garantice el éxito.
En cuanto al Estado, es grande la responsabilidad que tiene: en su poder está controlar el tráfico y uso de las armas, combatir al crimen organizado, implementar políticas de seguridad ciudadana, divulgar una cultura de paz, empezar poniendo el ejemplo. Los gobiernos tienen la obligación de tomar medidas concretas y efectivas que prevengan todos los crímenes contra las mujeres. No se trata de esperar a que aumente la cifra de asesinadas, sino de evitar por todos los medios que la violencia siga cobrando víctimas. Y para ello es fundamental que asuma la violencia en el hogar, en las familias.
Aquí llegamos a ese mundo donde se reproducen día a día las costumbres, los vicios, las virtudes, los horrores. Todos sabemos la impronta que nos ha dejado la familia, para bien y para mal, pero si analizamos la historia de las familias en Guatemala, vemos cómo se ha heredado la infamia. Son miles y miles los padres que no han cumplido, que son borrachos, maltratan y golpean. Por generaciones las familias han padecido abandono y carencias, hogares sin padre es lo que más abunda. No es casual que seamos esta sociedad tan desquiciada.
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