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A la fuerza, ni el pan es bueno
Por Anamaria Cofiño K. - Guatemala, 6 de marzo de 2010

Siempre en marzo tratamos de publicar un número especial que celebre nuestro aniversario en el Día Internacional de las Mujeres. Para ello, discutimos sobre la coyuntura local y buscamos temas que se relacionen con la realidad que nos afecta cotidianamente. En esta ocasión, Haití ocupa nuestra atención, sobre todo por la tragedia que lo abruma a partir del terremoto, pero a la vez, por las similitudes que nos unen, los índices de injusticia que compartimos y la vulnerabilidad en que nos encontramos.

Como sucedió aquí cuando pasó el huracán Stan, fueron las personas más desprotegidas quienes llevaron la peor parte, ya que esa circunstancia material les expone de manera más directa a riesgos y amenazas. Vivir a la orilla de barrancos y ríos, bajo montañas deforestadas o en construcciones precarias son condiciones para que un evento natural se convierta en desastre. Es común que en casos como el del terremoto, queden expuestas las enormes desigualdades socioeconómicas que se traducen en saldos de desolación y muerte. Es tal el abandono en que el Estado los deja, que muchos todavía están esperando que les cumplan los ofrecimientos oficiales.

Al hacer el análisis histórico de eventos catastróficos, es fácil ver que las causas de los mismos tienen sus raíces en el pasado, son fenómenos que se han ido construyendo. En Guatemala muchos de los problemas que afligen a la ciudadanía vienen de cuando se impuso a la fuerza un sistema de coloniaje basado en la invasión y explotación de los pueblos nativos y sus territorios. El racismo, por ejemplo, es un fenómeno heredado y transmitido de generación en generación con el propósito deliberado de facilitar el dominio de un grupo reducido que sostiene su poder a punta de violencia.

Sistema finquero
Al caracterizar al Estado guatemalteco como finquero, el historiador Sergio Tischler va al meollo de la estructura que nos conforma como un país en el que los terratenientes siguen siendo un grupo investido de poderes para manejarlo como si fuera su hacienda, tratando a los trabajadores como siervos y obteniendo rentas y beneficios, sin dejar nada a cambio. La extracción de materias primas para la exportación es otra forma de colonización que en América Latina sigue teniendo un impacto negativo evidente.

La independencia de España, débil como fue, marcó un hito histórico porque la Corona dejó paulatinamente de gobernar en lo que por 300 años fueron sus colonias. Pero continúan muchas formas de dominación y de colonización más sutiles que abarcan más allá de lo palpable. Cambiaron los personajes, pero se perpetuaron formas de organización que sostienen el sistema, uno de sus pilares principales ha sido la impunidad.

Así como durante la Conquista y la Colonia se recurrió a la religión para imponer el régimen, hoy -a través de los medios de comunicación, las artes, el lenguaje, la educación y la cultura- se nos imponen modelos y formas de actuar, pensar y sentir que determinan cómo vivimos y somos. Al no saber o no tener conciencia de cómo reproducimos criterios, valores, creencias, caemos en las redes que nos alejan de nosotras mismas, nos hacen ser útiles al sistema sin siquiera percatarnos cómo contribuimos a alimentar los mismos mecanismos que nos oprimen.

Es posible la emancipación
Las mujeres, como colectivo y como individuas, somos muchas veces territorio ocupado por otros que doblegan nuestra voluntad y nos obligan a obedecer sus mandatos. Al asumirnos como servidoras, cuidadoras y mantenedoras de los demás, propiciamos nuestra esclavitud y disminuimos las posibilidades de convertirnos en personas íntegras. La maternidad impuesta como destino ineludible o como esencia de nuestro ser, es una suerte de colonización. La elección y las decisiones autónomas sobre nuestros cuerpos y vidas son la vía democrática para constituirnos en ciudadanas.

La heterosexualidad es un orden que divide a la humanidad en dos géneros desiguales, uno de los cuales se atribuye el poder y otro, al que se le asigna la sumisión. Esta oposición binaria excluye otras relaciones y oculta los múltiples matices que las sociedades, variables y dinámicas como son, producen, nutren y revolucionan. Fuera de ese esquema, se nos tacha de anormales y por tanto, como susceptibles de castigo.

El feminismo, desde sus orígenes y en sus distintas tendencias y expresiones, buscó la emancipación de todas las formas opresivas y discriminatorias. En su trayecto desde el siglo XIX hasta hoy ha puesto al descubierto las injusticias y procurado establecer otras maneras de relacionarnos que no sean de confrontación o de competencia, sino de colaboración y cuidados recíprocos. A partir de ese posicionamiento, ha apoyado las luchas de independencia, enfrentado dictaduras y manifestado contra las guerras, al tiempo que ha reclamado sus demandas particulares.

En Guatemala las feministas, con la diversidad que nos caracteriza, coincidimos en el rechazo a que se nos considere como objetos propiedad de otros. Nos oponemos a que los territorios y los bienes de la tierra sean explotados hasta su exterminio; y a que las culturas ancestrales sean menospreciadas, silenciadas, secuestradas.

Entre las ideas que compartimos, está la de generar pensamiento propio que nos permita hacer propuestas políticas para mejorar las condiciones sociales de la ciudadanía, pero sobre todo, para la liberación de los pesos que nos impiden desarrollarnos como personas con todos los derechos, responsables de nuestras vidas, dueñas de nuestro destino.

Fuente: La Cuerda - No. 131 - Año 13 - marzo de 2010


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