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Itinerario del feminismo contempóraneo en Guatemala
Por Ana Silvia Monzón - Guatemala, 31 de agost de 2010

En la década de los ochenta la región centroamericana, y la sociedad guatemalteca en particular, aún vivían una guerra en la que cualquier pensamiento disidente era tildado de subversivo y, por tanto, reprimido. En esas condiciones, el desarrollo de un movimiento feminista era impensable.

Fue hacia finales de esa década que empezaron a emerger, luego de una larga noche autoritaria, iniciativas para pensar, decir y accionar desde las mujeres. En clave histórica, esas propuestas retomaron el hilo de las demandas que, desde el siglo XIX y posteriormente en la Revolución del 44, reclamaron derechos a la educación, el trabajo y la participación.

En su versión contemporánea el feminismo en Guatemala sitúa sus orígenes en los años setenta, expresado excepcionalmente por algunas mujeres de clases medias, vinculadas a la academia, la literatura y el periodismo. Hacia finales de los ochenta surgieron las primeras iniciativas colectivas para la reflexión, el debate y la movilización desde las mujeres, que empezaron a nombrar los malestares que atravesaban sus vidas, no sólo desde la opresión de clase, discurso predominante en la época, sino desde sus experiencias como mujeres en un mundo patriarcal.

Algunas de las fundadoras de estos espacios llegaron al feminismo por el influjo de esta propuesta teórico-política en la región latinoamericana. Era el momento de los debates como el realizado en México en 1986, cuando se llevaron a cabo las Jornadas Feministas donde participaron algunas guatemaltecas que luego crearon grupos y organizaciones aquí. Y del surgimiento de espacios académicos, como el Subprograma de Estudios de la Mujer del Consejo Superior Centroamericano, para acercarse desde la investigación, a comprender la situación específica de las mujeres.

Mientras a algunas les nacía la conciencia feminista, otras también protagonizaban demandas por la paz y la justicia, como fue el caso de la Asamblea Permanente de Mujeres Centroamericanas por la Paz, que convocaba a grupos que denunciaban la represión y la presencia militar estadounidense en Centroamérica. Si bien no se definían feministas, iniciativas como ésta, abrían las posibilidades para el protagonismo de las mujeres en el espacio público que, por entonces, era muy restringido.

A la distancia cabe destacar la intensidad con que se vivieron esos años de descubrimiento, elaboración de discursos, perspectivas y estrategias que se iban tejiendo y nombrando colectivamente, para escándalo de las posiciones más conservadoras tanto de derecha como de izquierda, cuestiones hasta entonces innombradas: entre otras, violencia y acoso sexual, derechos sexuales, participación, poder desde las mujeres.

A inicios de los años noventa, se marca un tiempo de encuentros desde el feminismo en Centroamérica que, indudablemente, permean a las guatemaltecas. Se conforma una comisión que convoca a mujeres de distintos perfiles: obreras, amas de casa, estudiantes, profesionales, pobladoras, activistas, sindicalistas, mayas, del campo y de la ciudad, para reflexionar sobre el feminismo como práctica política generadora de poder para las mujeres con miras a participar, tanto en el Encuentro Centroamericano Una nueva mujer, un nuevo poder, llevado a cabo en Nicaragua (1992); como en el VI Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe realizado en Costa del Sol, El Salvador (1993).

Ya entonces se articulaba, si bien de manera incipiente, la discusión en torno a las categorías de género/etnia/clase como intersecciones que configuran la realidad de las mujeres en un país que años más tarde se reconocería multicultural y pluriétnico.

En el itinerario, que apenas se dibuja en este artículo, no pueden dejar de mencionarse las jornadas que la Organización Tierra Viva organizó en 1994 y 2000. Las primeras, bajo el título Poder, liderazgo y participación política de las Mujeres, cuyos resultados se recogen en una memoria que contiene las ideas de 19 ponentes que reivindican el poder de las mujeres en distintos espacios y desde diversas identidades. En ese momento se expresa la necesidad de elaborar una agenda. Asimismo se formula la gran pregunta sobre si existe el feminismo o sólo el movimiento de mujeres en Guatemala.

En las segundas jornadas, seis años después, esta interrogante se resuelve afirmando, desde distintas voces, la existencia no del Feminismo, sino de los Feminismos en el país. Diversos, con diferentes énfasis, poco articulado como movimiento, con dudas sobre cómo estamos construyendo al sujeto político y sobre los puntos de agenda que manejamos. En la presentación de la memoria se anota que el objetivo es sacar al Feminismo de la clandestinidad y afirmar que el mismo puede ser una opción de vida para las mujeres… que el afán de nombrarlo, de explicitarlo, más que una necesidad existencial de reconocernos, era una necesidad política de visibilizarnos, de comprometernos, de no dejar que se manejara de manera subterránea o a medias.

Una década más tarde, las feministas en Guatemala celebramos la Primera Asamblea, un encuentro de ancestras históricas y contemporáneas que, contra los vientos y mareas patriarcales y neoliberales, reafirmamos el compromiso de aportar para transformar.

Fuente: La Cuerda, No. 136 - agosto 2010


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