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Chapines encabronados ¿dónde estan?
Por Álvaro Velásquez - Guatemala, 24 de enero de 2013

El sociólogo catalán Manuel Castells, en su más reciente publicación: “Redes de indignación y esperanza”, (Alianza Editorial, 2012), ha resumido para las ciencias sociales esa nueva forma de movimientos sociales del Siglo XXI: las redes sociales virtuales, las que cuando son usadas con causas políticas, se convierten en formas masivas de cambio político y ejercicio de ciudadanía.

Castells hace el recuento de la Primavera Árabe desde Túnez a Egipto, así como de Islandia, donde gobierno y sociedad actuaron juntas contra la voracidad de la aristocracia financiera, haciendo incluso una nueva Constitución que fue consultada vía internet. Tampoco olvida cómo las redes sirvieron de caja de resonancia a favor y en contra del movimiento de Occupy Wall Street y el rol de primer orden de Julian Assange y sus Wikileaks o bien el papel de Anonymous y sus protestas sui géneris contra la injusticia.

En Guatemala, apenas unos tres millones de personas tienen acceso a la red virtual y de los tales solo un 5% se conecta al menos una vez al día (cf. (Siglo.21, 6/03/2011, reportaje de Fernando Quiñonez), diríase que la previsión de generar algún tipo de movimiento con estas plataformas sólo es una aspiración moderada. Pasa que la conexión a internet es más un privilegio de las áreas urbanas, especialmente, la capital. Este lugar, por alguna por alguna clase de “casualidad ideológica” prevalecen el conservadurismo político entre las clases medias y a su vez, la apatía política entre las juventudes. Por si fuera poco, tal parece que la mayoría de los guatemaltecos está conforme con el sistema, es feliz y optimista, según una encuesta de prensa.

Quizá por eso, los grandes contrastes económicos ya no apabullan a nadie: Cayalá y la Limonada están a menos de 15 kilómetros de distancia entre ambas. Lo cual significa que pese a todo, aquí el dinero y la riqueza económica abundan. El boom de los malls en las periferias nos da la idea de que el comercio y la actividad económica son boyantes (aunque quienes trabajan allí si mucho ganan el mínimo o menos).

En fin, dada la evidencia, se puede afirmar que en Guatemala hay tantos elementos objetivos para generar movimientos sociales reivindicativos; pero no hay muchos movimientos políticos. O sea, movimientos que rebasen a un solo sector y envuelvan varias demandas.

Y es que quienes deberían ser y hacer este tipo de movimientos son los partidos políticos. Pero en este país, solo hay partidos de cartón de lotería. Por ello son los movimientos sociales los que terminan confrontándose autónomamente con el Estado, pero sin dirección política. Un Estado y gobierno que, por lo demás, vela preferentemente por los intereses de las élites. Por eso apenas quedan instituciones con credibilidad: la PDH y el Ministerio Público. Pero del Congreso de la República ni hablar: es el teatro público de las mafias.

En el Congreso habrá si mucho unos 25 diputados decentes, unos 15 que son defensores de las élites plutocráticas. Otros pocos les basta su integridad personal; pero ¿y los diputados de izquierda? si mucho son cinco, dos de ellos llegaron apalancados por recursos públicos, y con todo, son insuficientes. Todo lo anterior sale a cuento porque aunque se percibe una gran insatisfacción social y política, ni en las redes sociales ni en las calles se ven movimientos radicales de renovación política de la democracia. Por eso y para mantener la esperanza propongo una consigna, no original, pero urgentemente válida para este país: “¡que se vayan todos!”

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