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Libertad y esclavismo en un filme
Por Álvaro Velásquez - Guatemala, 31 de enero de 2013

En gustos se rompen géneros, pero en lo que a mí respecta el trabajo creativo de Quentin Tarantino siempre me ha parecido notable. Rudo pero cada vez más sofisticado. Con su último trabajo "Django Desencadenado" volvió a cautivar mi interés, especialmente por su manejo del tema de la esclavitud en los Estados Unidos. Un tema que, como Tarantino dijo en una entrevista, la sociedad estadounidense no gusta de hablar.

Como se sabe, la esclavitud fue concomitante a una etapa clave en el nacimiento y expansión del capitalismo actual, como lo fue el Colonialismo. Aunque los Estados Unidos de América, surge como una independencia del sistema colonial inglés, dentro del propio país fue practicado igualmente con las mismas claves: expansionismo y esclavismo. Tan clave fue este periodo en el sistema capitalista que ideólogos modernos del libre mercado como Milton Friedman han defendido abiertamente las bondades del Colonialismo, aunque, claro, dando un paso atrás con respecto esclavismo, porque ya no es decente defenderlo.

Ciertamente el colonialismo tuvo un componente civilizatorio no despreciable, así como el surgimiento de la hibridez cultural que ha enriquecido a la humanidad; pero la esclavitud tuvo un contenido económico que se la justificaba tanto con banales criterios racistas -negar que negros o indios no tuvieran almas- como también con argumentos harto conocidos en nuestro medio, tales como la defensa absoluta de la propiedad privada (de las plantaciones y todo lo que había allí) o el derecho natural de los dueños de hacer lo que quisieran con sus esclavos; o del tráfico humano como parte del parte de libre comercio y; por supuesto, del derecho de separarse (secesión) cuando "el mal gobierno viola los derechos individuales" de los terratenientes sureños, con el decreto de liberar a los esclavos por parte de Lincoln un demócrata esencial.

Tarantino retrata bien ese contraste entre una propiedad privada absoluta representada en el montón de personas negras usadas como cosas, y la dignidad libre en la persona del Django (Jamie Foxx) quien termina usando las armas de sus opresores contra ellos. De igual manera se retrata el rol del siervo servil traidor de su pueblo y su raza, en la figura de Stephen (Samuel L. Jackson) el capataz negro en Candyland una infame plantación sureña de la época. Stephen alaba todo lo que sale de la boca de su amo; vigila celosamente sus bienes financieros; y, en su ausencia, insulta y castiga a sus congéneres por considerarlos malagradecidos con el sistema. Póngale cualquier apellido maya a este personaje y hallará a no pocos de su especie en este país.

Es decir, si el tema se lo trae a nuestro país, se verá que en las élites de origen colonial, pervive un miedo atávico a que los pueblos indígenas cobren un protagonismo más allá del papel subordinado que como sus antiguas propiedades les correspondería. Un reciente artículo intitulado "Indigenismo: una potencial amenaza a los derechos individuales", de Eduardo Fernández Luiña, de la UFM, publicado por el Centro de Estudios Económico Sociales (CEES), esconde no solo un temor económico sino también social.

A Fernández Luiña le preocupa la creciente defensa de los derechos específicos y colectivos de los pueblos indígenas, y para ello recurre a imputarles una categoría que nada tiene que ver con los pueblos mayas como lo es el nacionalismo, confundido con el concepto de Nación.

Como sea, en el debate de la libertad y la democracia, no hay proyecto común sin identidades plenas de sus miembros.

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