Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 9 - 2013

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

El anticomunismo como discurso
Por Álvaro Velásquez - Guatemala, 7 de febrero de 2013

Defino anticomunismo como un discurso de doble propósito: 1) generación irracional de miedo, odio e intolerancia en este caso, contra todo lo que no corresponda a la ideología y dominio oficial de las élites guatemaltecas; y, 2) un mecanismo de reforzamiento de la conformidad al sistema sin importar la evidencia en contra. Aquí interesa discutir su segunda forma, porque aunque su primera forma ya no debería existir, desde el momento en que la Guerra Fría terminó y desde que la democracia formal se instaló en nuestro país –y con ella el pluralismo-; su existencia es inevitable en mentes simples.

Pero en su segunda forma, es decir, la preventiva, se ha logrado instalar como muestra de que la ideología dominante y la cercanía con los Estados Unidos sí tienen efectos selladores. Veamos, de esa segunda forma se obtienen dos clases de versiones: 1) con respecto a la historia; y 2) con respecto a la economía. Con respecto a la historia, nos dicen que todas las matanzas, terrorismo de Estado y violaciones masivas a los derechos humanos del pasado, fueron necesarias para “salvarnos del comunismo”, y que de no haberse actuado así contra el enemigo interno, (“que no eran angelitos”); hoy hubiera aquí otra Cuba o una Nicaragua. Se asume que en dichos países no hay democracia.

Con respecto a la economía, se nos dice que si no adhiere este modelo de concentración económica, exteriorización y privatización de lo público, lo que se nos viene son los modelos de Cuba y Venezuela. Se asume que en dichos países no hay prosperidad ni respeto a la propiedad privada. Lógica es del todo o nada. Los casos intermedios ya sean países de renta media o con los países europeos quedan descartados, ya sea porque alegan que “las comparaciones son injustas” o porque en dichos países abunda el socialismo.

Pasa que deliberadamente se ignoran los estudios económicos y de sociología estadística comparada de la región, que dejan a nuestro país compitiendo con los peores países de África. Y cuando se comparan los datos sobre los procesos políticos de Sudamérica, hay algunos que les gusta autoengañarse.

Por ejemplo, académicos moderados que solo se fijan en la perspectiva “neo-institucionalista” de la democracia, “certifican” que los procesos políticos de Sudamérica no son democráticos –contra toda evidencia- y que abunda el caudillismo -algo común en nuestra culturas-, mientras que otros solo repiten con simpleza, “y además en dichos países abunda la corrupción” como si nuestro mercantilización privada de la política y de las instituciones, fuera exportable.

La verdad, es que los procesos políticos sudamericanos son, tanto o más legítimos y transparentes que el nuestro, pero lo son porque además de lo institucional, tales procesos han cuestionado profundamente las relaciones de poder preestablecidas y a sus sistemas económicos excluyentes, a efecto de darle potencia a nuevos actores mayoritarios. Ante ello, replican: “si tanto les gusta Cuba o Venezuela vayan a vivir allí”, total, este sistema expulsa anualmente a miles de guatemaltecos que en otros lares demuestran la productividad que aquí se les niega.

Lo que no termina de entenderse, es que lo que los demócratas desean para este país no es sino lo mínimo decente para todos. Incluso se pone a Costa Rica de ejemplo, pero aun así, nos dicen: “pero es que Costa Rica no tiene el tanate de hijos que hacen aquí” (i.e. la culpa es de la gente). Al final, ellos siempre tendrás excusas para este fracasado sistema, lo que no tiene excusas, es la realidad.

www.albedrio.org


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.