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¿Ingobernabilidad o crisis, en OPM?
Por Álvaro Velásquez - Guatemala, 27 de febrero de 2013

Ambas. Pasa que por un lado, el gobierno ya perdió el rumbo de su mandato electoral y por otro, la democracia da muestras de estar enferma. Enferma de avaricia y arrogancia de sus élites y de ausencia de contenido del sentir de las mayorías. Por ingobernabilidad se entiende un clima de inestabilidad política producto de dificultades en la dominación, y, por crisis se entiende la pérdida de control de los factores políticos y de la legitimidad social, cuando las reglas del juego del sistema crujen por doquier. La estabilidad es la certeza de que las instituciones democráticas tienden al equilibro de intereses y satisfacción de necesidades generales. Cosas que no pasan aquí.

En nuestro caso, vale decir que la ingobernabilidad es la incapacidad del gobierno de actuar con coherencia y la crisis la incapacidad del sistema/Estado para dar salidas saludables a su propio estancamiento. En ese contexto conviene recordar que cinco cosas han marcado a Otto Pérez Molina (OPM) durante su mandato: 1) Alianza de compromiso con el gran capital tradicional (la Oligarquía). Lo que se ha traducido en una agresiva política de subasta internacional de los recursos naturales y energéticos, incluido el Puerto Quetzal. Así como querer impulsar la política de liberalización de las drogas –para blanquear capitales locales- la cual ante el rechazo internacional ha venido diluyéndose. 2) Alianza con la extrema derecha militar que él mismo alentó desde su discurso de toma de posesión. 3) Alianzas cortoplacistas con financistas. 4) Confrontación adelantada con la oposición legislativa –y electoral- la cual le hizo apostar, primero a una ruta de reformas constitucionales a su medida para controlar al Congreso, y luego, con las amenazas de depuración de este Organismo y, 5) Fracaso en su política de seguridad y profundización de la corrupción pública. Ambas alimentan un populismo de derecha que reclama doble mano dura y menos Estado.

Con las élites tradicionales ha habido tensiones por los temas de reforma fiscal y constitucional. Y, con los militares, por no quitar a Claudia Paz del Ministerio Público, así como por el caso Byron Lima Oliva. Estos últimos lo tachan de traidor; y los primeros, de “no entender el mercado”. Aunque el elefante blanco del Canal Seco es potencialmente repartible para mantener la paz.

Del fracaso del gobierno de OPM solo podemos esperar lo peor: que las próximas elecciones las gane M. Baldizón demostrando con ello que el sistema “tocó fondo”. El costo general del próximo evento electoral podría ser de US$ 50 millones para cada uno de los tres primeros competidores. Las más caras del mundo per cápita. En ese escenario las izquierdas y la sociedad civil democrática seguirán estando a raya. Y sin pluralismo la democracia formal existente tarde o temprano implosionará.

Segundo, que el modelo iusprivatista de las corporaciones y sus ministros, tales como las economías de enclave y su más reciente “Política Nacional Energética” (que no es otra cosa que las buenas intenciones de la política privatizadora en el sector energético y de minerías) tenga éxito y de allí les alcance para oxigenar el sistema otro lapso más.

¿Quién puede salvarnos de la crisis y de la ingobernabilidad? El propio Presidente OPM si encabezara él mismo una campaña por la reforma política electoral del sistema y además combatir de frente a las mafias que le causan inestabilidad. O bien, el propio pueblo organizándose y promoviendo una Asamblea Nacional Constituyente para cambiar las reglas del juego.

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