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Retomar la paz y el desarrollo
Por Álvaro Velásquez - Guatemala, 31 de mayo de 2013

Dos saldos negativos han quedado de la álgida coyuntura nacional vivida los últimos dos meses. Uno a nivel institucional y otro a nivel social, los que sin embargo se pueden convertir en oportunidades. En lo institucional, la politización y poca independencia de nuestro sistema judicial ha quedado demostrada.

La credibilidad no está de lado ni de la Corte de Constitucionalidad (CC) cuyos magistrados se han enfrentado entre sí públicamente por una controversial resolución que abona la impunidad ni del Organismo Judicial carcomido por doquier, conviviendo todos con un Organismo Legislativo paralizado y un Organismo Ejecutivo sumido en negocios, que nos lleva a pensar que la República es una vieja fea, corrupta y viciosa. Tal como las Tres Grayas, nacidas ya viejas, con un solo ojo, su propio interés y un solo diente, la corrupción.

El otro saldo ha sido la polarización social, entendida esta como la exacerbación ideológica de las fracturas sociales. Fracturas evidentes que solo tienen dos formas de allanarse: mediante el consenso o bien, la imposición de quien tenga más poder. En este caso, a las élites económicas guatemaltecas, no les interesa compartir su poder ni con los capitales emergentes ni con los pueblos indígenas, ni discutir una reforma democrática del Estado.

Las preguntas son ¿cómo hemos llegado a esto? Y más importante aún ¿cómo salimos de esto? Hay respuestas largas y cortas. Las primeras son las que interesan. Sobre la primera, sostengo que la escalada de polarización es producto del antagonismo entre la agenda del proceso de paz y la del programa neoliberal, que impidió que ni el desarrollo económico ni la democratización ni la reconciliación llegara hasta la gente. Tan simple como un Programa Nacional de Búsqueda de Desaparecidos hubiera abonado en otra clase de frutos.

Así que por más que se culpe a “la conspiración externa” (de gobiernos socialistas y/o hippies marxistas) del auge de nuestros problemas internos, ni la autarquía ni la xenofobia son solución de nada. Se impone ver hacia dentro de nosotros. Por tanto, urge retomar el camino del proceso de paz; de la reforma de la democracia electoral y del modelo de desarrollo. Reducir la influencia del financiamiento privado es el primer paso en la dirección de rescatar el sistema.

A pesar de ello, los grandes esfuerzos del gobierno y las élites van por otro rumbo. Un ejemplo es el Investment Summit, organizado por el Gobierno y el sector privado, así como la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) con agenda de regularizar el consumo, tráfico y producción de drogas, sin que ello sea de veras prioritario.

En el primer caso, se presenta como un loable esfuerzo del Sector Privado pero de alcances limitados, no solo por el afán de enforzar un modelo de desarrollo exclusivamente volcado al exterior y por tanto, excluyente en sí mismo, sino porque el evento convoca a 234 inversionistas de 28 países, gestando proyectos “productivos” entre los que sobresale la industria extractiva, Contact Center, manufacturas y turismo ecológico, que si no fuera porque lo avala el Gobierno o quizá por ello mismo, se lo puede interpretar, como lo describió la activista Jeannet Asensio, como un remate público de territorios y recursos naturales al mejor estilo de los anuncios clasificados.

Mientras no exista un Plan Nacional de Desarrollo, nunca una cartera de proyectos puede por sí mismo convertirse en el gran motor de la economía, ni siquiera pensando en el Canal Seco como producto estrella.

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