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Héroes de la masacre en la embajada de España, 25 años después
Por Juan José Hurtado Paz y Paz - Guatemala, 29 de enero de 2005

La Masacre en la Embajada de España fue indudablemente un hecho histórico, que sacudió profundamente a nuestro país. Para valorar su significado y trascendencia, 25 años después, es necesario situarnos en el momento de extrema polarización que se vivía.

1980 era un tiempo convulso en Guatemala. Se desarrollaba en el país un conflicto armado interno que como fue reconocido por la Comisión de Esclarecimiento Histórico, no sólo involucró a los dos actores más visibles – el ejército gubernamental y la guerrilla – sino también a grupos de poder económico, partidos políticos, universitarios, iglesias y otros sectores de la sociedad civil.(1)

Las raíces profundas de este conflicto eran: las condiciones económicas que provocaba la pobreza y pobreza extrema de la mayoría de la población guatemalteca, particularmente una situación agraria injusta, las condiciones de opresión y discriminación contra los pueblos indígenas y en general, la estructura y la naturaleza de las relaciones económicas, culturales sociales que han sido profundamente excluyentes, antagónicas y conflictivas.(2)

El Estado, en vez de atender las demandas sociales, tomó el camino de la represión. Señala Comisión de Esclarecimiento Histórico la incapacidad del Estado guatemalteco para aportar respuestas a las legítimas demandas y reivindicaciones sociales y que la represión sustituyó a las leyes. Asimismo establece que: la violencia política fue una expresión directa de la violencia estructural de la sociedad.(3)

Es en ese círculo vicioso de injusticia social, protesta, represión, mayor injusticia que se produjo la toma de la Embajada de España, como medida extrema de representantes campesinos que padecían la represión del ejército en el norte del Quiché para hacerse escuchar. Dice la “Declaración Pública de las Comunidades Indígenas que tomaron la Embajada de España”: No nos ha quedado otra alternativa que permanecer en la Embajada de España como la única manera de hacer llegar nuestras denuncias a todo el pueblo de Guatemala y a los pueblos del mundo.(4)

Y la denuncia llegó a un costo altísimo. La respuesta del régimen represivo a esta acción de representantes campesinos y otras personas que los acompañaban, desnudó de cuerpo entero su carácter criminal, genocida y etnocida.

A la ocupación pacífica de la Embajada se respondió con un acto de barbarie: la quema de 37 personas que se encontraban en el edificio que ocupaba la sede diplomática y 4 asesinatos más posteriores.

En la Embajada de España literalmente se fundieron la vida de hombres y mujeres, campesinos, obreros, estudiantes, pobladores y cristianos, de diferentes orígenes étnicos (ixiles, k’iche’s, achís, poqomchis y ladinos, entre otros). Por eso se levanta como un símbolo de solidaridad y de unidad, algo que nos falta más en estos tiempos.

La Masacre fue decidida por el general Romeo Lucas García, entonces presidente impuesto de Guatemala, en consulta con el entonces Ministro de Gobernación, Donaldo Álvarez Ruiz y otros personajes siniestros, como un castigo ejemplar contra aquellos que se atrevían a levantar su voz de protesta, sin importarles violar las leyes internacionales. (Violar las leyes nacionales nunca les había importado.) El estado contrainsurgente pretendía, mediante la represión y el terror, paralizar las luchas del Pueblo, en sus diversas formas.

Sin embargo, en lo inmediato, el efecto fue lo contrario. Muestra de ello fue el mismo entierro de las compañeras y compañeros asesinados, el encuentro de representantes indígenas en Iximché en febrero de ese año que tuvo como producto una declaración política para reivindicar los derechos de los pueblos indígenas, así como la lucha de los cortadores de la caña y el algodón en la Costa Sur en febrero y marzo de ese mismo año, que movilizó a más de 70,000 trabajadores del campo, así como la manifestación del 1º de Mayo.

La conciencia de muchas y muchos fue estremecida y varios optaron por participar en el esfuerzo colectivo de querer cambiar este país. Siempre recordaré la frase de una muchacha quien, en una asamblea del FERG, al presentarse dijo: “Yo sé que Sonia Magali (Welches, una de las estudiantes muertas en la masacre) era una buena persona. Y si a ella la mataron, yo estoy para ocupar su lugar.”

Esto nos demuestra la capacidad del Pueblo de convertir el dolor en acción, de caminar y si cae, levantarse dignamente, y si vuelve a caer, levantarse nuevamente y así sucesivamente, para seguir avanzando. Tenemos capacidad de resistir, de luchar y avanzar.

Es por eso que al recordar 25 años atrás, a la vez que nos duele profundamente que nos hayan quitado a nuestros seres queridos, lo recordamos también como tiempos de alegría, de sueños y esperanzas, de luchas gloriosas.

No podemos olvidar a las personas asesinadas: padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas, compañeros, amigas y amigos entrañables. (Antes ni siquiera lo podíamos expresar en público porque era peligroso.) Ese dolor nunca se borrará.

Pero también los recordamos con orgullo de saberlos luchadores sociales que dieron lo mejor de sí para cambiar este país. Tuvieron la valentía de ejercer el derecho a la rebelión.

Debemos valorar que su muerte no ha sido en vano. Si bien, no logramos todo lo que queríamos, y que en muchos aspectos el deterioro es evidente como es en lo económico y en lo social, hay algunos avances políticos. Muestra de ello es el mismo hecho que hoy podamos recordar públicamente a nuestros héroes. Otro ejemplo es el reconocimiento y los espacios que los pueblos indígenas de nuestro país han ido conquistando.

Aunque los Acuerdos de Paz no se han cumplido en lo sustancial, siguen siendo una agenda válida para avanzar hacia la construcción de un estado democrático incluyente, que vele por sus ciudadanos.

De sus luchas han quedado semillas. Hay un sedimento importante de conciencia, de organización, de propuesta y lucha que con madurez debemos cultivar para que crezca y se fortalezca.

25 años después, estamos vivos como Pueblos guatemaltecos, mantenemos nuestros ideales de justicia y humanidad, tenemos esperanzas, creemos que otra Guatemala es posible y muchas y muchos, desde distintos lugares, estamos haciendo algo para alcanzarla.

El reto es grande, los obstáculos son enormes, pero sin sueños y sin acciones para alcanzarlos, jamás lo lograremos.

El mejor homenaje que podemos rendir a los héroes de la Embajada de España es retomar su ejemplo de valentía, de esperanza, su ejemplo de unidad y su ejemplo de acción para construir una Guatemala mejor.

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1 Guatemala Memoria del Silencio, Conclusiones y recomendaciones del Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, febrero de 1995
2 Ibíd., Pág. 17
3 Ibíd., Pág. 18
4 CEH, Caso ilustrativo No. 79


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