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La organización de los universitarios y la indispensable reforma de la Usac
Por César Antonio Estrada M.. - Guatemala, 17 de mayo de 2016

Recientemente, se vuelve a hablar en público de reforma universitaria, casi seis años después de la toma de la universidad por el grupo Estudiantes por la autonomía, EPA, durante dos meses en 2010, que terminó en un acuerdo con el Consejo Superior Universitario en que se decidió formar una Comisión multisectorial para establecer el método y las bases de un congreso de reforma universitaria. Ya hay una metodología oficialmente aprobada, y a duras penas se están dando los primeros pasos de un proceso que se vislumbra muy largo, complicado y poco práctico que habrá de terminar en el ansiado congreso de reforma.

¿Llevará este congreso a los cambios profundos que la Universidad pública reclama para que su amplio y diverso quehacer cumpla lo que el pueblo espera de ella? Difícilmente. Son formidables los obstáculos que se le oponen, entre los principales el conservadurismo, la rigidez y el formalismo legalista de nuestro medio, la apatía y el escepticismo generalizados –la anomia, dirían algunos sociólogos– la falta de preparación y el escaso espíritu crítico de estudio, reflexión y discusión de nuestra realidad, y la renuencia de la aburguesada burocracia universitaria en el poder a abrir espacios académicos y democráticos por temor de perder sus privilegios y verse justamente desplazada.

No obstante, a pesar de que, tal como está oficialmente planificada y consagrada, la reforma limita la participación amplia y libre de profesores y estudiantes, y se apoya desmedidamente en la institucionalidad que precisamente es parte del problema y debe ser cambiada (para darse cuenta de esto hay que conocer la complicada y poco ágil metodología aprobada) queda todavía un camino y es el de la auto-organización y participación de los universitarios desde lo que podríamos llamar las células del organismo de la universidad, desde las bases, es decir, a partir de sus lugares de estudio, de investigación y de trabajo académico.

Los estudiantes tienen su propio dinamismo y características que habrían de llevarlos a la necesaria participación que se espera de ellos. Acá voy a referirme a lo que cabría esperar de los profesores universitarios –en su papel de investigadores y de docentes– pues son ellos el elemento más estable y duradero de la universidad, a diferencia del estudiantado que es transitorio, y quienes concentran la pericia técnica y –ojalá– el conocimiento científico de nuestra precaria realidad natural y social.

¿Cuáles podríamos considerar que son las células de este gran organismo que es la universidad? Estas unidades básicas son los departamentos, las áreas de ciertas materias, los laboratorios, los institutos de investigación de las diversas unidades académicas, sean éstas escuelas, facultades o centros regionales. Es allí de donde debe surgir la conciencia, el impulso y la observación de las transformaciones necesarias que han de dar a luz a la universidad que queremos. Este cambio radical y no simplemente cosmético no puede venir de arriba, es indispensable la acción y el pensamiento de todos.

¿Y cómo podemos organizarnos libremente los profesores para hacer sentir eficazmente nuestra presencia en la universidad? Primero, comunicándonos con nuestros prójimos, nuestros colegas próximos, expresando cómo vemos el estado de cosas del Alma Máter, su moral, qué necesitamos para desarrollar mejor nuestro trabajo docente o investigativo, qué pensamos de la poco apropiada evaluación que se nos hace cada año, de la indiferencia institucional de la Usac hacia las apremiantes necesidades de la población rural, campesina y de los pueblos originarios, de la intrincada red de formalismos legales y de la prepotencia de las disposiciones de las auditorias y de la ciega aplicación de reglamentaciones que desconocen la especificidad y la dignidad del profesor universitario… en fin, hay tanto de lo que podemos hablar. Luego, en segundo lugar, estas pequeñas unidades del quehacer académico deberían interaccionar y dialogar con otras semejantes de su escuela o facultad –para lo cual será preciso nombrar e incluso revocar representantes– hasta alcanzar acuerdos que expresen el sentir, las necesidades, las propuestas, las reivindicaciones y los anhelos de esa agrupación más amplia.

De esta manera, las facultades, las escuelas y los centros universitarios o regionales estarían en condiciones de lograr acuerdos democrática e incluyentemente para reformar en su esencia científica y en su estructura política y administrativa la Universidad Nacional, basados en las ideas y los requerimientos de quienes hacen la vida universitaria, y teniendo como referente, por supuesto, las necesidades de los sectores mayoritarios e históricamente marginados de nuestro país, que son la razón de ser de una universidad pública en un país con injustas condiciones históricas y sociales como las de Guatemala.

Lo anterior no es simplemente algo que sería deseable. En el variado mundo de la Usac hay profesores e investigadores bien preparados, que se interesan por distintos aspectos de la realidad nacional, que bien pueden animarse a poner la teoría en relación dialéctica con la práctica y pugnar por que la universidad salga del pantano en que se encuentra. Después de todo, si queremos cambiar el Estado guatemalteco para que responda al pueblo, nuestra universidad es parte de ese todo que debe ser transformado.

Vale decir también que de este modo se estaría concretando en la práctica el principio de la autonomía universitaria, que no consiste sólo en estar libre de injerencias ajenas y exteriores sino en desembarazarse de las múltiples trabas internas y darse el gobierno y el rumbo que le aseguren su ser auténticamente universitario y el ejercicio de sus potencias y capacidades en bien de la población guatemalteca.

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