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Tres pies al perro (o al gato) y nuestra autonomía intelectual
Por César Antonio Estrada M.. - Guatemala, 2 de noviembre de 2016

En nuestro aldeano medio –sí, tenemos mucho de estrecha aldea en pleno siglo XXI– es común ver cómo cualquiera que viene de allende de nuestras permeables fronteras –no hace falta que venga de Alemania o de Estados Unidos, basta que no sea de aquí– es recibido con toda la pompa y escuchado como a uno de los siete sabios de Grecia o, más pedestre y posmodernamente, como a un gurú periodístico de las no muy progresistas cadenas noticiosas como CNN. Ya se trate de eventos organizados por el gran empresariado –Enade, por ejemplo–, de actividades que organiza el gobierno, de reuniones académicas convocadas por las universidades, y otras por el estilo, el visitante diserta, aconseja, es muy aplaudido y halagado, y se va. Y no es que esté mal reconocer el mérito foráneo o aprender de los que vienen de afuera, es más, hay que estar abiertos a todos los aires. Lo malo es abdicar de las capacidades que tenemos para conocer la realidad y no usar nuestros propios criterios para pensar y decidir qué es lo que más nos conviene y cómo lograrlo, es decir, perder nuestra autonomía intelectual, y simplemente aceptar ideas o recetas que han sido pensadas desde y para otras circunstancias históricas y sociales.

Todos habremos tenido la experiencia de oír a alguno de estos internacionales expertos cuyo desconocimiento y descontextualización son evidentes y que, sin embargo, son muy atendidos. Así como pasa en lo económico, que las grandes empresas transnacionales vienen a explotar nuestros recursos y nuestra fuerza de trabajo a cambio de casi nada, estos eruditos han de sentirse muy bien y gratamente sorprendidos cuando se ven tan bien acogidos a pesar de sus limitaciones. Hará un par de años, en una Escuela de la Usac, escuché dictar una conferencia a un pretendido sociólogo y naturalista caribeño que o estaba muy confundido o era un farsante de primera, sin que ninguno de la audiencia le objetara nada y, al contrario, lo recibiera muy bien. Lamentablemente, muy distinto fue cuando el licenciado Alfonso Bauer Paiz –sí el gran Poncho Bauer, intelectual y revolucionario– disertó en el Musac sobre la Revolución un 19 de octubre: las instalaciones estaban desiertas, el salón, cerrado, prácticamente no se le hizo publicidad al evento, y apenas asistimos unos cuatro gatos. Hubo también un reciente congreso educativo en que unos buenos profesores universitarios nacionales dieron una plática sobre la naturaleza de la universidad nacional y la urgencia de su reforma, en lo que acaso fue la mejor conferencia de dicho congreso, y –oh, sorpresa– se les asignó uno de los salones más refundidos que, de carambola, estaba ocupado por otra actividad, por lo que tuvieron que esperar pacientemente más de media hora para poder empezar cuando muchos de los asistentes ya se habían marchado. En fin, son cosas de nuestra idiosincrasia, de la persistente historia colonial que se manifiesta en nuestra psicología social, y que ojalá poco a poco vayamos superando.

Todo lo anterior me vino a la mente cuando revisando el libro “Miguel Ángel Asturias, París 1924-1933, Periodismo y creación literaria” del Fondo de Cultura Económica, me encontré con el artículo “Tres pies al perro” donde nuestro gran Miguel Ángel nos deleita hablando de estas linduras y termina diciendo: “A guisa de conclusión, debemos hacer un llamado a las buenas voluntades guatemaltecas para que en el país encuentre eco la propaganda del hombre preparado, del que sabe, del técnico y no del improvisado que la política lleva a ministro y baja a portero, sin que por ello cambie, pues portero o ministro, imbécil se queda. Rompamos una tradición de tanteos y acerquémonos al perro que no tiene tres, como los extranjeros sin corazón que nos explotan y engañan, afirman, sino cuatro patas y sólo cuatro”. (Los subrayados son míos.)

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