Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 13 - 2017

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

En Guatemala el tiempo no pasa
Por César Antonio Estrada Mendizábal * - Guatemala, 18 de septiembre de 2017

Parafraseando el lugar común, diríamos que Guatemala es el país de la eterna cualquier cosa: eterna primavera, eterna resistencia, dictadura e imposturas eternas, en fin. Lo cierto es que en la eternidad no existe el tiempo pues no hay cambios que nos permitan afirmar que existe tal cosa como la duración, y en mi país, efectivamente, oyendo al perverso excómico presidente Morales, su necia propaganda oficial, y a la derecha más recalcitrante, me parece volver a mi niñez y adolescencia y escuchar a Peralta Azurdia, Arana Osorio, Laugerud, Lucas y al desquiciado Ríos Montt. Para esta gente, de nada sirvió la oxigenación de las ideas y el renacimiento revolucionario de los años setentas y ochentas, para ellos no hay nuevas fuentes de información ampliamente disponibles por los avances de las comunicaciones, simplemente su vida, sus aspiraciones y su mundo son –como en algún lugar dijo Cardoza y Aragón– tan cerrados como un huevo. Es decir, están fuera del tiempo y de la realidad.

¿Cómo es posible que los órganos de propaganda gubernamental mientan descaradamente y digan que los jóvenes manifestantes que ayer sacaron a los militares del Parque Central, de la Plaza de la Constitución, amenazaron y pusieron en peligro a familias y a escolares que buscaban ver un desfile de bandas escolares?, ¿cómo se atreve el inverosímil Morales a amenazar cual necio y vulgar chafarote a los manifestantes que se oponen a la corrupción, que rechazan a los politiqueros vendepatrias y a los empresarios mafiosos, y que al final quieren un nuevo Estado al servicio de su pueblo? ¿Cómo se explica que “elegantes y refinadas damas” de la corrompida burguesía acudan al Congreso a defender lo absolutamente indefendible, a pedir que este territorio al que siempre han considerado su finca y cuyos habitantes no les merecen ningún respeto se mantengan igual, per sécula seculorum, siempre a su servicio y con sumisión y hasta agradecidos por ello?

Cierto, aquí podrá estar la influencia del imperio pero eso no quita que luchemos contra esta degeneración y tratemos de reavivar el movimiento popular, de la ciudad y del campo, que será el que nos lleve a construir, con el tiempo, el país que será para todos o no será.

* Miembro del Consejo Superior Universitario Representante de los profesores de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacia

www.albedrio.org


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.
ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.