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La normalidad en mi universidad
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 20 de noviembre de 2017

Guatemala es un país especial, atípico, raro –diríamos, incluso–, producto de su azarosa historia, con gente buena y otros que son todo lo contrario. Nuestros artistas y escritores como Miguel Ángel Asturias, Otto René Castillo y otros han sabido reflejar estéticamente en su obra este mundo nuestro. Por otro lado, en la vida, necesitamos de la normalidad, de las costumbres y la rutina que nos ayuden a llevar la actividad y el ajetreo diario. El calor, la lluvia, el sol, los barrancos, los volcanes o –más especializadamente hablando– el aumento continuo de entropía son parte de nuestro entorno natural y nos acostumbramos a ellos. No obstante, también los hábitos, las instituciones y su funcionamiento, el humo y el ruido de los vehículos, las inhóspitas y peligrosas calles de la ciudad, y los ambientes y relaciones laborales, a pesar de ser construcciones sociales, hacen que nos habituemos a ellos y pueden llegar a parecernos cosas de la naturaleza, algo ya dado y sin posibilidad de ser cambiado.

Cada quién podrá referirse a su esfera vital, al lugar en que desarrolla su actividad cotidiana, y así, en este caso voy a referirme –soy universitario– a algunas gracias de nuestra Universidad pública, la San Carlos. Por ejemplo, veamos el tránsito peatonal por los jardines y corredores de la Ciudad Universitaria (por no decir nada del enorme congestionamiento vehicular en sus calles): ahora, además de cuidarse de los que no guardan su derecha –sólo allí le doy la razón a la derecha–, de los que no ven su camino y atropellan a cualquiera que se les interponga, resulta que los pasillos se han vuelto paso de motoristas que no andan viendo quién se las debe sino quién se las paga, y se corre el riesgo de ser embestido en cada esquina de las aceras. Claro, cierto es que después de unos cuantos años nos hemos acostumbrado y ya no nos sorprende oír el acosante ruido de una moto detrás de nosotros cuando caminamos de un edificio a otro, y hasta gentilmente nos hacemos a un lado y les cedemos el paso. Se da el caso incluso de carros que circulan por los corredores y que no tienen empacho en estacionarse cerca de las gradas de la biblioteca central como si se tratara de jóvenes veraneantes en un anuncio de la Pepsi-Cola o de la cerveza Gallo –“orgullosamente nacional”. En vista de todo esto algún visitante ocasional podría preguntarnos si en nuestra casa de estudios no hay nadie que se encargue de regular este tipo de cosas, alguna autoridad, o si estamos –como un amigo me dijo– en la tierra de nadie.

El lamentable estado y la pobre limpieza de muchas aulas, pasillos y edificios (que, por cierto casi siempre tienen abierta sólo una entrada), la ausencia de baños apropiados para un uso adecuado de las personas, el innecesario papeleo y la lentitud de los trámites administrativos y burocráticos nos parecen algo natural, que siempre ha sido así y con lo cual hemos podido vivir por lo que no hay problema, nada de qué preocuparse, así está bien, y cada quién verá cómo se las arregla.

Con todo y la importancia de lo anterior, hay, sin embargo, situaciones más serias que afectan directamente la dignidad, la integridad o el respeto a las personas, y que son síntomas que indican que la universidad está gravemente enferma. Desde hace más de quince años, cuando la dirección de la AEU fue usurpada por grupúsculos mafiosos y malhechores que se resisten a irse, se han cometido impunemente actos violentos contra alumnos y profesores, y hace como dos meses unos estudiantes fueron severamente golpeados por miembros del comité de Huelga de la Facultad de Derecho, y hasta la fecha no se ha sancionado a los agresores. Si bien es cierto que hay que hacer averiguaciones y llenar ciertas formalidades, la justicia debe ser pronta, y ni dicha Facultad ni el Consejo Superior Universitario han hecho pública sanción alguna. Como si se quisiera una prueba de que la impunidad favorece la reincidencia en las faltas, anteayer, miércoles 13, un grupo armado de vándalos encapuchados o con gorras pasamontañas hizo un recorrido delictivo por la Ciudad Universitaria en el que acosaron a los miembros de la nueva y recién electa directiva de la AEU, intimidaron a quienes estaban en el edificio S12 y en el S1 de la Escuela de Historia e irrumpieron en el S2 de la Facultad de Derecho para impedir una elección estudiantil que se estaba realizando. De aquí fueron expulsados por los estudiantes que se armaron de valor para rechazar la agresión pero que se vieron envueltos en una trifulca en la que fueron rociados con gas pimienta.

¿Serán normales estos hechos delictivos en una universidad, aunque esa universidad esté en Guatemala, país que no se caracteriza precisamente por su seguridad?, ¿será normal que no haya en los órganos universitarios administrativos o directivos ninguno que se encargue de enfrentar y resolver estos graves problemas? Después de todo, se podrá pensar, nuestra historia es de violencia y de abusos, la conculcación de derechos ha sido la norma, nos ha tocado vivir y soportar el terrorismo estatal desde la caída del gobierno de Árbenz en 1954 pasando por angelicales figuras como Arana Osorio, Lucas García o Ríos Montt, la delincuencia común y la de cuello blanco no se detienen… entonces, ¿de qué nos quejamos?, ¿acaso no ha sido siempre así y, a pesar de todo, ahí vamos? Si todo esto es natural, si no lo podemos controlar, podría pensarse, pues mejor acostumbrémonos que así nos complicamos menos. El único problema es que haciendo como el avestruz que entierra la cabeza para no ver su realidad, menos posibilidades tenemos de comprender que estas terribles situaciones no son normales y que sí podemos colectivamente emprender su superación.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.