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Los inverosímiles e inmaculados caballeros
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 23 de abril de 2018

Así es, estimada lectora o apreciable lector. Los empresarios (empresaurios, los llaman algunos), de este país son inverosímiles –no parecen verdad, son como seres de ficción– y se creen inmaculados, sin mancha, dignos, sacrificados, amantes del género humano, elegantes (acaso sólo en esto acierten) e incapaces de doblez, algo así como la versión moderna del santo Hermano Pedro, vestido con ropa de marca comprada en la quinta avenida de Nueva York. Que Guatemala sea el desastre humano, social y ecológico que es, es por ellos y por sus antepasados, los valientes conquistadores, los acomodados y torpes encomenderos, los conservadores que dieron al traste con la federación centroamericana, los liberales de Barrios que hicieron su fortuna basados en el sudor y la sangre indígena y de ladinos pobres, todo esto los tiene sin cuidado y continuamente propagan que “creen, confían e invierten en Guatemala”, que por buena gente que son –sólo por eso, no porque se enriquezcan por el trabajo ajeno– crean empleos para que la gente que no consideran de sangre azul, los que no son de su clase, tenga cómo vivir (o más bien sobrevivir), y, encima de todo, nos han hecho creer que son una especie de modelo de vida que todos los demás deberíamos imitar si queremos ser de éxito como ellos o como los héroes canchitos del cine y la televisión.

Lo anterior vino a mi mente ayer jueves (de Cicig) al ver a Iván y a Thelma que develaban una prueba más de la desvergüenza y la degeneración moral de la casta política y de sus patrones, los empresarios, quienes con su dinero, su poder y el ascendiente social que tienen en esta fincona llamada Guatemala compran a cualquier venal politiquero para mantener el control de este Estado que establecieron, basado en la violencia secular y en la discriminación racial, étnica, de clase y de género, para salvaguardar sus intereses a expensas de todos nosotros. La falta cometida y hecha pública fue darle dinero, comprar, al partido FCN de J. Morales y sus jefes militares, darles financiamiento electoral ilícito como se dice eufemísticamente.

El colmo, sin embargo, fue la conferencia de prensa ofrecida por estos inverosímiles señores, los empresarios corruptores que fueron acusados por la Cicig y el MP: su descaro, su inconsciencia, su falta de escrúpulos no conocen límites. Nos ofenden diciendo lo que dijeron, creyéndonos tan ilusos, despistados o poco inteligentes como para dar crédito a sus palabras. Ahora resulta que, según dijeron, como “en los últimos años hemos vivido un debilitamiento de la institucionalidad en Guatemala. Se ha erosionado la confianza de los ciudadanos en las organizaciones que nos representan a todo nivel”, “este esfuerzo y esta decisión, fue apoyada por este grupo de empresarios” y, así, le dieron como quince milloncitos de quetzales al cómico presidente Jimmy Morales y a su partido con todo y Puñalito para pagar sus fiscales electorales y “cuidar nuestro voto”. Nada que ver con clientelismo, no fue para comprar al futuro gobierno y ponerlo a su servicio; no, nada de eso, simplemente fue por puro y desinteresado fervor patriótico y democrático.

Después de reconocer –según ellos– “con humildad” que han cometido errores y de pedir disculpas a Guatemala, a sus empresas, a sus accionistas y a sus “colaboradores” (ahora ya hasta despojaron de su nombre a los trabajadores) agregan nuestros inefables empresaurios que siempre han sido “personas de principios y valores, y ellos han guiado” sus “actuaciones que siempre han sido de buena fe”… Sí, ¿cómo no?, quien no te conozca que te compre; sólo les faltó agregar que la luna es de queso y que a los bebés los trae la cigüeña.

Lindezas como estas, de los inmaculados y nada fiables dueños del gran capital en este país, siempre las hemos conocido o intuido. Nuestra historia es el gran testigo de su nefasta carrera y del inconmensurable daño que le han hecho a este violentado, explotado y oprimido pueblo: sueldos de hambre, acaparamiento de la tierra, destrucción de la naturaleza, evasión fiscal, establecimiento de monopolios con protección estatal, inseguridad alimentaria y desnutrición, educación y salud pública sin recursos, discriminación y opresión, en fin… Podemos preguntarnos, entonces, si es posible permitir que continúen tan campantes sus imposturas y su desfachatez, si se van a salir impunemente con la suya, y seguir creyendo sus patrañas urdidas para mantener su dominio y su hegemonía ideológica, como cuando apelan al “estado de derecho”, a la “institucionalidad”, “a preservar la sagrada Constitución y el imperio de la ley”, al “amor y defensa de la familia, de la patria, de la libertad y de las buenas costumbres”.

Aprovechemos la gran oportunidad que se presenta ahora que están sacando del clóset a estos señorones, ahora que se están poniendo en evidencia su calaña moral y política y el control que ejercen en esta sociedad, para ya no hacerles caso ni seguir sus siniestras sugerencias, para sacudirnos su nefasta sombra y empezar a construir el país donde todos quepamos y podamos llevar una vida digna de llamarse humana.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.