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En la plaza, aturdidoras “vuvuzelas” no, organización sí
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 11 de septiembre de 2018

Las antidemocráticas y amenazadoras acciones del gobierno paramilitar de J. Morales y de la gavilla de corruptos y gángsteres que lo acompañan (con la connivencia del gran empresariado y del gobierno de Estados Unidos) en contra de la CICIG, del comisionado Iván Velásquez y de la lucha anticorrupción, en contra del pueblo, han llegado al colmo. El recurso de la represión vuelve a estar en la mente de los gobernantes. Nos quieren regresar a los años oscuros del terrorismo estatal, de los gorilas uniformados y de la eliminación de cualquier oposición para mantener este Estado oligárquico, explotador, excluyente y opresivo. La respuesta del pueblo no se hace esperar y, como parte de esto, en la capital y otras áreas urbanas volverán las manifestaciones, se llenarán las plazas pero… deberíamos aprender de las inconclusas experiencias de 2015 y del año pasado y tratar de ser más eficaces para lograr nuestros objetivos democráticos.

Sin duda, las distintas agrupaciones del movimiento social revisarán y afinarán sus procedimientos y tácticas, y aquí me referiré a dos puntos fáciles de ver en las manifestaciones de los estratos medios de la sociedad. El primero son las “vuvuzelas” y su ensordecedor ruido que no expresa nada y sólo ofusca e impide la comunicación y el intercambio de ideas entre los manifestantes. Su bulla es como un peso molesto que se siente en la nuca, que no deja poner atención a lo que está sucediendo a nuestro alrededor e impide el pensamiento, la generación de ideas e incluso los movimientos coordinados. Esta especie de feas bocinas (y pensar que hay vendedores que las ofrecen) ha desplazado las consignas, los cantos, los discursos, las exclamaciones espontáneas de la gente que pretendían crear conciencia y disponer los ánimos para la acción conducente a los objetivos políticos perseguidos. Digamos no a estos endiablados conos de plástico (que encima de todo contamina el ambiente), no los llevemos a las manifestaciones y estemos más conscientes de la presencia de los demás, con lo cual podremos comunicar mejor nuestros afanes y protestas.

El segundo punto es no caer en la trampa de quienes han dicho que en la plaza no debe haber una dirección, que todo debe ser espontáneo, horizontal, que es mejor si no hay ninguna orientación definida, sólo banderas celestes y una gran multitud; que si alguien trata de dirigir, levanta la voz, toma un megáfono o sube a una tarima tiene intenciones torcidas y no hay que hacerle caso. Nada más falso e inmovilizador. Si queremos lograr algo más que desahogarnos es necesaria la organización que conjunte las múltiples fuerzas individuales y las haga eficaces. Es cosa de nosotros relacionarnos, comunicarnos y establecer esa conducción, esa dirigencia que ha de gozar de nuestra confianza y compartir nuestras propuestas. Hoy más que nunca la desorientada población urbana necesita esta organización para ir logrando algo en este arduo camino por lograr un país en que quepamos todos. Además, solo así, organizados, podremos unir fuerzas con la otra Guatemala, la mayoritaria y excluida, la campesina, la de los pueblos originarios. Si vamos logrando esta unión sí que van a temblar las viejas estructuras de este Estado decrépito que no es nuestro y que ha de dar paso a uno popular y plurinacional.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.