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¡Cállense y aguántese!
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 18 de septiembre de 2018

No, no se trata de un criollo que oprime a “sus” indígenas en una encomienda del régimen colonial, ni del grito furibundo y prepotente de un finquero del siglo XIX de tiempos de Barrios; tampoco es el autoritario mandato de un ubiquista director de escuela allá por los años treintas, ni lo que pudieron exclamar los cavernarios “liberacionistas” cuando en 1954 prendieron fuego a libros “comunistas” en el parque Centenario (sí, ese que está a un lado de la “plaza”). Es lo que el desgobierno del psicópata comediante J. Morales nos gritó a todos el 14 y 15 de septiembre, mes de la fingida independencia.

¿Libertad de locomoción?, ¿los parques son lugares públicos?, ¿podemos caminar por la calle sin que nos detengan para interrogarnos y registrarnos?, ¿tenemos libertad de expresar nuestras ideas y demandas sin temores? ¡Nada de eso!, nos responden con sus kaibiles y policías. ¿Puede una madre que no viva en La cañada o en un apartamento de la zona 10 llevar a sus niños a entretenerse viendo las bandas escolares? ¡No!, pues ella y sus criaturas pueden ser “malos guatemaltecos”, terroristas en potencia, de esos que están contra los valores de la familia, y atreverse a criticar a un presidente que se cree ungido por “dios”, ni corrupto ni ladrón. Si quieren pasar, deben ser minuciosamente registrados, no vaya a ser que lleven un peligroso y subversivo cartel que atente contra la institucionalidad, el estado de derecho y el buen nombre del señor presidente.

Quizá ni nuestro gran Miguel Ángel Asturias hubiera imaginado este cuadro de ficción pero trágicamente real para incluirlo en una de sus obras. Para el conservadurismo guatemalteco, para la mentalidad finquera, torpe, mojigata, autoritaria y militarista, todo esto está bien, vivimos en el país de la eterna primavera, y los privilegios de los poderosos, de los de abolengo, y el sometimiento de los de abajo es lo que a todos conviene. Para esta clase dominante y sus secuaces todo sigue como en los mejores tiempos de Estrada Cabrera: la historia se detuvo y olvidan la primavera democrática de Arévalo, Árbenz y compañeros, y la lucha que desde 1954 mantiene el pueblo de Guatemala por recuperar su dignidad.

¿Hasta cuándo irá a seguir todo esto?, ¿acaso el campesinado, los pueblos indígenas, los trabajadores, los estratos medios, la población urbana, las mujeres, los niños, los jóvenes, no tenemos derecho a un país que sea nuestro y no de los oligarcas? Sin duda, nos toca fomentar la conciencia y la organización social para empezar a salir de esta ya larga pesadilla.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.