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Sobre la situación nacional: ¿Y ahora qué hacemos…?
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 28 de enero de 2019

Hace años, cuando le ocurría alguna eventualidad, la gente con ingenio se preguntaba “¿y ahora qué hacemos…?” y se respondía jocosamente: “¡pan y vendemos!”. La misma pregunta nos podemos formular en estos días en Guatemala, aunque la respuesta no pueda ser graciosa ni tomada a la ligera. El gobierno de J. Morales, la casta política que le rodea y sus patronos están regresando el país a la época oscura y represiva en la que casi siempre ha estado. No les bastó echar a Iván Velásquez; entre todos los enredos de los sabiondos abogados, prácticamente se han deshecho de la Cicig, desobedecen flagrantemente los fallos de la Corte de Constitucionalidad con la complicidad del Ministerio Público, y ahora quieren aprobar una ley para exculpar o liberar a los criminales de lesa humanidad, y pretenden desaparecer la Coordinadora Nacional para la reducción de desastres (Conred) para crear un órgano que dependerá del ejército como si estuviéramos en tiempos de los represivos gobiernos militares de décadas pasadas que se apoderaron del aparato estatal. Es como si los años de terrorismo de Estado desde 1954, como si la guerra contrainsurgente y el genocidio, como si la firma de la paz en 1996 y las manifestaciones en “la plaza” desde 2015 nunca hubieran ocurrido o hubieran sido una especie de sueño colectivo. La población, la ciudadanía (si es que realmente somos ciudadanos), la sociedad civil, está impotente e inerme ante este Estado oligárquico, paramilitar, reaccionario y excluyente.

Por si fuera poco, esa perversa alianza de politiqueros, funcionarios, diputados, abogados, militares y prominentes empresarios mafiosos, el llamado pacto de corruptos, se aprovechará de un poderoso distractor pues nuevamente llegó la hora del sainete de las elecciones, con todos los llamados, ahora sí, dicen, de votar concienzudamente para elegir a los próximos administradores o gerentes de este gran negocio o finca con aspiraciones de país. Como de costumbre, los partidos que defienden el statu quo, que están al servicio del poder económico tradicional o emergente, de la explotación y de la exclusión, llevan las de ganar por sus recursos materiales y por la escasa formación política de los votantes. Lamentablemente, la izquierda electoral y las posiciones moderadas del centro no logran levantar vuelo ni unirse. Acaso la esperanza resida en los pueblos indígenas y campesinos cuyos movimientos políticos pueden irse fortaleciendo y atrayendo la atención y la adhesión de las poblaciones urbanas y de clase media.

Y entonces, los hombres y mujeres de a pie, hoy que parece que se cierran las puertas que conducen a un país donde todos podamos vivir una vida digna y no simplemente sobrevivir, donde el autoritarismo, los abusos y el expolio den lugar a una auténtica democracia participativa y popular, ¿qué hacemos? Difícil responder, pero me animo a decir que en este sistema económico-social y político en que nos encontramos, las elecciones no son la salida; en todo caso nos servirán para evitar que lleguen a los poderes gubernamentales siniestros personajes que sólo empeoren las cosas. Con miras a más largo plazo pero que nos pueden conducir a fundar un Estado y una Nación que respondan a nuestra gente, habría que seguir la labor ideológica, educativa, con una práctica consecuente, que ayude a tomar conciencia de nuestra situación con el fin de superarla, y tratar de organizarnos social y políticamente, y tender puentes con los pueblos indígenas, el campesinado y la población desprotegida. Por allí podría estar la salida del lóbrego túnel en que desde sus orígenes transita la historia de nuestra violentada Guatemala.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.