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La desnaturalización del profesorado universitario en la Usac
Por César Antonio Estrada Mendizábal. - Guatemala, 25 de noviembre de 2019

La universidad pública guatemalteca, la Usac, al igual que sus congéneres de otros países, desde hace años está atravesando por una problemática interna y de limitaciones o injerencias del Estado, de los gobiernos de turno, que afectan seriamente su naturaleza, sus funciones y su relación con la sociedad. Entre los más serios problemas que la aquejan están la evidente falta de idoneidad de su dirigencia, la persistencia de viciadas prácticas políticas, la centralización de sus órganos de decisión, el inapropiado uso de sus recursos y la ausencia de una dirección clara y acorde a sus principios. No obstante, como para agravar el cuadro de nuestra casa de estudios, poca atención se presta a una funesta situación que amenaza, acaso más seriamente, con desnaturalizar la vida universitaria y que se ha venido extendiendo y profundizando: la falta de reconocimiento y la descomposición del sentido o razón de ser del profesor universitario.

Múltiples son las causas de esta sombra que se cierne sobre la fundamental y orientadora labor de los profesores en una universidad: la aplicación de criterios impropios, provenientes del mundo empresarial y lucrativo, en la administración y en la gestión institucional; la introducción abusiva de las nociones de “calidad”, “productividad”, “gestión por resultados”, “planificación estratégica” en la evaluación y conducción de las labores docentes, científicas y de investigación; el seguimiento mecánico y acrítico de orientaciones y tendencias que no están pensados en función de nuestras circunstancias como es el caso de los procesos de “acreditación” de las carreras que más responde a necesidades de promoción comercial; la falta de una filosofía educativa propia que responda a nuestra realidad social y la adopción ciega de la “educación por competencias”; el considerar a la universidad como una simple organización cualificadora, es decir, que sólo se dedica a brindar información especializada para desempeñar una profesión o un trabajo específico… en fin, la lista podría seguir, pero es claro que el mundo y los agentes de la administración y la burocracia están sometiendo y asfixiando al espíritu intelectual, crítico y propositivo del Alma máter, y que en el fondo subyace una injusta y fuera de lugar desconfianza hacia el profesor universitario.

Todo lo anterior debería ser objeto de un tratamiento amplio y detallado por los profesores y claustros de la universidad con el objetivo de conocer mejor el estado de cosas y concertar las acciones que nos lleven a superar esta deteriorada situación. Los que estamos o hemos transitado por la actividad y la vida de la carrera universitaria podríamos poner muchos ejemplos o síntomas del cuadro clínico de este paciente que es nuestra universidad. A continuación, enumeraré algunos con los que me he encontrado recientemente y que indican cómo se ha ido perdiendo y desnaturalizando el papel del profesor universitario.

En una sesión, hace unos días, del Claustro de la facultad en que soy profesor, en la que se tratarían asuntos de interés académico con los representantes docentes ante los órganos de dirección y cuya asistencia fue muy escasa, el Decano informó que hay una corriente, sostenida en otras unidades académicas, según la cual un profesor debe dar una hora de clase o docencia directa por cada hora de contratación, es decir, si está contratado a tiempo completo, o sea ocho horas diarias, ¡debe dar todos los días ocho clases de una hora¡ Increíblemente, cuando fui miembro del Consejo Superior Universitario, hará un par de años, pude oír a un decano afirmar, como si nada, como si fuera lo más natural, semejante despropósito ante el silencio de los demás. Quiere decir, entonces, que un profesor sería como un operario en una fábrica cuyo trabajo se reduce a distribuir las herramientas o instrumentos a una larga fila de obreros para que puedan realizar su trabajo, pues así se está viendo el dar clases, como simplemente ir a repetir o a recitar una serie de datos o información que igual podría impartirse simplemente por un robot por medio de las famosas “tics” o tecnologías de la información y comunicación, para que luego los alumnos (clientes, según las tendencias de moda) se sirvan de esta “capacitación” para desarrollar una labor profesional. ¿Dónde queda el tiempo necesario para que el profesor amplíe sus conocimientos, para que piense y cree, investigue, se relacione con sus colegas, para que prepare sus clases, califique tareas y exámenes y atienda a los educandos? (A propósito, por mi experiencia, con frecuencia me queda la duda de si aun se consideran educandos los estudiantes.) Peregrina idea tienen de la cultura, de la ciencia y de la universidad los que así piensan y proponen semejantes disparates: al parecer, provienen de un universo totalmente ajeno al universitario.

En relación con lo anterior, en la susodicha sesión también se habló de la preparación y puesta en vigor, de parte de las autoridades facultativas, de un formulario para determinar las labores o “carga” académica y que los profesores deberán llenar al inicio de cada semestre. Es una contabilidad de las horas diarias de contratación en que se espera que cada hora tenga especificada su tarea de docencia, investigación, participación en distintas comisiones, labores de administración y otras. Como un serio inconveniente, no todo el quehacer académico entrará en esta cuenta, sino sólo aquel que sea aceptado según estrechos criterios que desconocen la especificidad del trabajo docente e investigativo . Además, por si esto fuera poco, se pide una serie de constancias, de controles y de papeles como “evidencias” (palabrita de moda) de que los profesores están diciendo la verdad. Ante esto, ¿en dónde quedan la libertad de cátedra y la confianza que la universidad le debe a sus profesores?, ¿es que, acaso, no fue la universidad misma la que los contrató después de ganar un concurso de oposición o de satisfacer ciertos requisitos de idoneidad académica y moral? Se diría, entonces, que el profesor universitario ya no puede ser un intelectual independiente y propositivo, una especie de líder o referente, ya no puede usar su criterio para disponer prudentemente de su tiempo según convenga a sus labores educativas, culturales y científicas. Después de todo, por supuesto, si alguien abusa de su condición e incumple sus obligaciones o deberes, se le puede llamar la atención y buscar los arreglos necesarios. No creo que haya un profesor tan descarriado que persista en sus faltas y se niegue a corregir sus fallos pero, si así fuera, no debería continuar en la universidad.

Mi último ejemplo, por ahora, se refiere a los absurdos, impropios e intransigentes controles provenientes de la auditoría de la universidad o de la Contraloría General de Cuentas. Sobre los primeros, la responsabilidad recae en gobierno de la Usac, el Consejo Superior Universitario, pues son ellos quienes deben establecer los principios y criterios en que se base el control de la actividad profesoral, y dar los correspondientes lineamientos a la Auditoría. En cuanto a los segundos, el Consejo debería hacer valer la autonomía universitaria ante los órganos del Estado, comunicándose con ellos, para que los necesarios controles como entidad pública no perjudiquen la esencia de la labor universitaria y se ajusten a ella.

Pues bien, en esta línea de razonamiento, hace unos meses se practicó una auditoría interna en un reconocido Instituto de Investigación de una de las facultades y –¿podrá creerse?– un auditor cuestionó la labor científica de los investigadores porque, según afirmó, ¡la cantidad de páginas de algunos de los proyectos de investigación era muy escasa! Se comprende que los controles de auditoría sean necesarios en una organización, pero estos deben ser acordes a la naturaleza de la misma, a lo que allí se hace. ¿Se pueden imaginar que las bondades de un trabajo científico se puedan evaluar o medir, si es que son mensurables, por su extensión, por su cantidad de páginas o de palabras?, ¿significan algo sus principios metodológicos, su contenido, su valor heurístico y su pertinencia social? Menos mal que en literatura criterios basados en la cantidad no privan, si no nuestro Tito Monterroso saldría muy mal parado con sus inolvidables y sustanciosos cuentos cortos.

Como se habrá podido ver, la Usac –al igual que otras universidades públicas en nuestros países– está perdiendo su identidad como Universidad. El aparato administrativo y la burocracia que detenta su control la están ahogando; el profesor universitario está viendo cómo se desnaturalizan su posición y su labor en el Alma máter y se le está reduciendo a un papel de simple empleado, que se limita a seguir indicaciones y a cobrar su sueldo. Sin duda, tenemos que hacer algo: nuestra conciencia, la Universidad y sus responsabilidades sociales así nos lo exigen.

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