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Ignorancia idiomática: “Plaza al estudiante ejemplo”
Por César Antonio Estrada Mendizábal - Guatemala, 16 de enero de 2020

De vuelta a la universidad y caminando después de almuerzo por los edificios de Derecho y Humanidades, pasé por un espacio al aire libre que acaban de remodelar y cuyo nombre está inscrito en un bonito rótulo que dice –como si nada– “Plaza al estudiante ejemplo”. En el momento, pensé: ¿habrán querido decir estudiante ejemplar”?, porque ejemplo es nombre o sustantivo y no adjetivo, como sí lo es, en una de sus acepciones, la palabra ejemplar (“que sirve de ejemplo”, según el diccionario). Claro está –dirá alguien que bienintencionadamente quiera justificar el desconocimiento de la lengua de quien ideó el susodicho letrero– en lingüística figura el concepto de traslación que indica el paso de una palabra de una determinada categoría gramatical a otra distinta o, simplemente, se refiere a usar una palabra en una función diversa de la que le es natural o más conocida… pero ¿será que quien bautizó así la plaza estaba pensando en estas sutilezas gramaticales o, en realidad, desconoce su idioma? Me inclino por esta segunda opción, viendo nuestro medio y la forma como se expresan incluso universitarios en puestos relevantes de la vida académica.

Por supuesto, hay una serie de eslabones en la cadena que va desde el funcionario al que se le ocurrió el nombre de la plaza hasta quien ordenó que se elaborara el rótulo que la identifica: por lo que se ve, ninguno reparó en el error o no le dio ninguna importancia al sentido de la escritura ni pensó en un nombre más apropiado, que nombres que dicen mucho y con propiedad sí los hay en la Ciudad Universitaria, como el de la Plaza de los mártires, que honra a los universitarios caídos en defensa de sus ideales, o la Plaza Rogelia Cruz, que recuerda a esa bella, consecuente y combativa joven mujer que pasó por las aulas de la Usac.

En fin, lo anterior podría parecer una minucia, algo sin importancia en comparación con los serios problemas que aquejan a la Universidad, pero cuando uno lee las actas, circulares, comunicados o la correspondencia común de funcionarios u órganos universitarios, se da cuenta de la confusión y la oscuridad de lo que expresan –a veces resultan verdaderos galimatías– como consecuencia del desconocimiento y del mal uso de nuestro maltratado idioma. Podría pensarse que esto se resuelve tomando unas buenas clases de Lenguaje –aunque las modas pedagógicas actuales olvidan la formación social y humanística– pero el problema no es tan sencillo: tiene que ver con el sistema educativo, con nuestro pobre ambiente cultural, con la falta de lectura y con el habla despreocupada especialmente de quienes, por su profesión o por la labor que desempeñan, están obligados a comunicarse claramente y con concreción y pertinencia.

Ahora bien, para terminar, ¿qué tal si la casi ininteligible escritura y el habla descuidada no fueran sólo consecuencia del descuido en el lenguaje sino de la ignorancia, de la confusión mental, y de las ideas enredadas y nada claras de los políticos, “académicos” o comunicadores sociales que por distintos medios se dirigen a nosotros? Bueno… esto sí ya es una condición de pronóstico nada halagador pero que deberíamos tomar en cuenta.

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ositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.