Un pueblo estratégico
Por Carlos Aldana Mendoza* - Guatemala, 31 de agosto de 2010
carlosaldanam@gmail.com
Frente a las dificultades, la pobreza, la exclusión y la discriminación, este pueblo, siempre, ¡ha sabido sonreír!
No me cansaré de expresar mi profunda admiración a los pueblos pobres de cualquier parte del mundo. Obviamente, el guatemalteco y latinoamericano aparecen con mayor fuerza en mi corazón admirado. Pero en todos los rincones del planeta, siempre se encuentra expresiones variadas de esos pueblos.
No interesa en este momento ninguna definición conceptual, ni ningún análisis o reflexión sociológica que permita academizar la comprensión de eso que llamamos “pueblo”. Más me interesa sentir y expresar que pueblo es esa constitución de expresiones distintas de población, que comparten la exclusión, la pobreza y la marginalidad. El pueblo está hecho de hombres y mujeres, de todas las edades y todas las culturas, que no pueden satisfacer a plenitud sus derechos y necesidades, porque la riqueza está injustamente distribuida.
También, podría decirse, está constituido por hombres y mujeres delincuentes, seres violentos, haraganes, no luchadores, manipulables, etcétera. Estoy también seguro de que estos rasgos sólo representan excepciones y no la norma general de ese pueblo admirable. Admirable por estratégico.
Frente a las carencias económicas, sabe establecer estrategias de acceso a recursos. Cuando hay problemas en las carreteras y se hacen colas, sabe qué vender, cómo posicionarse y ganarse unos centavos, mientras llega otro deslave u otra tormenta, en otro punto de la carretera. Sabe cómo colocarse en gasolineras para vender desde discos —que muchas veces no funcionan bien— hasta comida, revistas o libros didácticos. Sabe cómo inventarse tiendas, carretillas, “miniempresas de lavado de carros”, pinchazos, lustrado de zapatos…
Frente a las carencias educativas, sabe establecer estrategias para el estudio. Las escuelas públicas se llenan, y cuando ya no se puede, acuden a establecimientos públicos y privados durante las noches, los sábados y domingos. Ni la sobreedad, ni la subedad, impiden que niños, niñas, adolescentes y jóvenes vivan procesos escolares.
Frente a las carencias psicosociales, como el estatus o el contagio de la enfermedad del consumismo, saben, algunos hombres y mujeres de ese pueblo, sentirse dignos sin consumir esas cosas que les pretenden “meter” por todos los sentidos. Y lo hacen sin ningún tipo de resentimiento o envidia, sino con la dignidad del sabio que llega a saber qué realmente necesita y qué no. Otros representantes de este digno pueblo, no alcanzan esa sabiduría y se llenan de esas cosas, acudiendo a las famosas pacas, a las reventas (y claro, se endeudan de manera absurda).
Frente a las tentaciones o amenazas de grupos u organizaciones delictivas de todo tipo, este pueblo termina cediendo, y dejándose involucrar. Pero otros hombres y mujeres, aprenden a convivir, aprenden a estar vivos y vivas sin ser parte del asunto.
Frente a la exclusión y discriminación histórica, los pueblos indígenas han sabido resistir. Han sabido irse haciendo más fuertes para oponerse al poder occidental y para hacerse sentir, para tomar su lugar en los papeles de decisión. Y aunque los tilden de cualquier cosa, esos pueblos indígenas están vivos, están presentes, son distintos y fundamentales para el desarrollo de este país.
Siempre tiene estrategias ese pueblo para salir adelante, para sentirse vivo.
Pero falta la más importante, la más emocionante y profunda estrategia. Frente a las dificultades, frente a la pobreza, la exclusión y la discriminación, frente a las incertidumbres, este pueblo siempre, siempre, siempre ¡ha sabido sonreír!
* Doctor en Educación
Fuente:
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