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Lunes de Pascua - Hay una imagen que me molesta ver: una bolsa plástica flotando en el océano
Por Carolina Escobar Sarti - 3 de abríl de 2004

Apenas es viernes de Dolores cuando escribo este artículo, y ya estoy pensando en el lunes de Pascua (¡qué bárbara!).

Muchos guatemaltecos y guatemaltecas apenas están con un pie en el agua y yo ya regresé.

Nuestras playas y lugares de veraneo se perfilan, de nuevo, como escenarios predilectos de miles de compatriotas que van en busca de placer, descanso y olvido.

Otros preferirán las rutas procesionales de una capital vestida de rosado-lila, o el majestuoso espectáculo semanasantesco que se lleva a cabo en la Antigua.

Pero yo no dejo de pensar en el lunes de Pascua. Para entonces, las playas estarán llenas de latas vacías, botellas y bolsas plásticas por doquier; en las calles habrá todo tipo de desechos y los lugares públicos de reunión se habrán convertido en inmensos basureros.

Pero hay una imagen que me molesta más que las otras: la de una bolsa plástica flotando en el océano.

Durante decenas de años, esa y otras bolsas navegarán por los mares sin degradarse.

Las tortugas marinas las confundirán con medusas y las comerán, ahogándose en el intento por tragarlas.

Cientos de delfines caerán también en la confusión y morirán ahogados por esas inocentes bolsitas que alguna vez sirvieron para llevar el pan con frijoles o la naranja con pepitoria.

Los animales marinos no son capaces de reconocer los desperdicios humanos, así que simplemente se confunden.

Y luego resulta que hay personas que insisten en decir que nosotros, los seres humanos, somos los animales “superiores” entre todas las especies.

En una nota que recientemente me enviara una buena amiga, dice que “la tapa plástica de una botella, más dura que una bolsa, puede permanecer inalterable navegando por los mares por más de un siglo.

El doctor James Ludwing, que se encontraba estudiando al albatros en la Isla de Midway, en el Pacífico, muy lejos de los centros poblados, hizo un hallazgo espantoso.

Cuando comenzó a recoger el contenido del buche de sólo ocho pichones de albatros muertos, encontró 42 tapas plásticas de botellas, 18 encendedores y restos flotantes que en su mayoría eran pequeños pedacitos de plástico.

Estos pichones habían sido alimentados por sus padres, que no pudieron reconocer los desperdicios al momento de elegir su alimento”.

Por cosas como las anteriores, imposible dejar de pensar en el lunes de Pascua. Pero talvez mejor que adelantarme a lo que pueda suceder, es creer en lo que podríamos evitar.

¿Por qué no puedo pensar que muchos de quienes caminarán por las playas se detendrán, con todo e hijos, a recoger la basura que encuentren tirada? ¿Por qué no creer que los pequeños que hoy recogen una bolsa, una botella o una lata serán luego parte de una generación más consciente del medio ambiente que los rodea? ¿Por qué no ser más optimista y creer que todos tirarán la basura en el lugar apropiado?

Desviándome un poco del tema, pero siempre relacionando vacaciones-medio ambiente-conciencia humana, me viene a la mente una experiencia reciente.

Hace pocos meses estuve con toda mi familia en las maravillosas instalaciones del IRTRA de Retalhuleu, y tuvimos la oportunidad de compartir el espacio con los hermosos pavos reales que se pasean cerca de la piscina.

De pronto, nos vimos envueltos en un momento de tensión: los niños de una familia que visitaba el lugar, perseguían a los indefensos animales y les arrancaban las plumas de la cola sin que ninguno de los adultos “responsables” de su educación les dijeran nada.

Ante nuestras súplicas de que se detuvieran, los familiares se molestaron, y todo terminó cuando los guardias del lugar les pidieron dejar de importunar a los animales.

Sonrientes, tomaron sus cosas y se dispusieron a salir del lugar, por supuesto con varias plumas en la mano. ¿De qué tamaño es el ego (o la ignorancia) de los seres humanos, como para creerse los dueños del Universo y de todas sus criaturas?

En fin, lo de hoy se reduce a algo que parece tan simple como tener más conciencia del mundo en el que vivimos, respetar más a otras entidades con quienes compartimos el planeta y poner la basura en su lugar.

Y la verdad es que parece simple, pero como todo gira alrededor de la ignorancia y la falta de conciencia, aún nos falta camino. Sin embargo, se empieza recogiendo una bolsa y enseñándole a un pequeño a hacer lo mismo; luego, la cadena no se detendrá jamás.

Tomado www.prensalibre.com


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