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Las mujeres “de la finca”
Por Carolina Escobar Sarti - 17 de abríl de 2004

Las comunidades rurales constituyen un 65 por ciento de la población total del país

Cuando se crece creyendo que las mujeres de la finca son esos personajes lejanos y extraños que aparecen sólo cuando llegan los “patrones”, cuando es tiempo de cosecha o cuando hay que hacer la comida para los jornaleros, es difícil creer que tales personajes puedan llegar a protagonizar verdaderos cambios en el país.

Pero cuando se ha sido analfabeta, mujer campesina, madre de una docena de hijos, jornalera mal pagada y dueña de nada (ni del propio cuerpo), las cosas cambian.

De un lado de la moneda está lo invisible; del otro, están esos sujetos históricos que apenas empezamos a reconocer como mujeres rurales.

En este país que algunos insisten en considerar una finca (y manejar como tal), las cosas están cambiando.

La clase campesina tradicional se agota, los trabajadores urbanos que llegan de lo rural provocan cambios en la dinámica social guatemalteca, el concepto tierra escapa a la visión tradicional y simplista de la tenencia, y las mujeres rurales se organizan para plantear sus demandas específicas.

En este contexto, se discuten ahora temas tan importantes como la política agraria guatemalteca, el desarrollo rural y la Ley de Catastro.

Las comunidades rurales constituyen un 65% de la población total del país, así que el tema es de vital importancia para toda la sociedad guatemalteca.

Pero no podemos hablar de desarrollo rural sin hablar del desarrollo de las mujeres, porque ellas también tienen derecho de acceder a la tierra, al crédito, a la educación, a la información y a una participación más activa dentro de sus comunidades.

Por eso, veo con muy buenos ojos que este viejo tema abra sus ventanas para que entren nuevos vientos desde las propuestas de las mujeres.

Cuando una mujer se convierte en propietaria de algo (un terreno, una casa, su propio cuerpo, su libertad de elegir, etcétera), su relación con el mundo generalmente cambia.

Desde esta perspectiva, las mujeres rurales que posean algo de lo anterior, serán menos dependientes y más seguras de sí mismas, lo que les permitirá aportar mucho más a sus comunidades y al país. Proceso de años que apenas se inicia.

Hace dos semanas, se reunieron 67 mujeres mayas y mestizas de todo el país, representantes de las comunidades y organizaciones agrupadas en la Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (CNOC) y de la Alianza de Mujeres Rurales por la Vida, Tierra y Dignidad.

De su encuentro salieron varias resoluciones, totalmente vinculadas a la propuesta de reforma agraria integral que sus organizaciones respaldan.

Me llamó la atención al hablar, poco después, con dos de estas mujeres, la claridad en los conceptos expresados, la intención de involucrarse en proyectos productivos como una opción real de trabajo, la conciencia medioambiental que poseen y la visión integral de largo plazo que orienta sus planteamientos. “Nosotras podemos tener acceso a la tierra hoy, pero ¿y nuestras hijas e hijos mañana?”.

La conflictividad agraria persiste, las amenazas y ataques contra líderes campesinos continúan, los temas de la regularización y redistribución de la tierra enfrentan a diversos sectores de la sociedad guatemalteca, los procesos de usurpación no se han detenido y se han producido cinco desalojos de fincas en Quetzaltenango, Cobán y la Costa Sur durante los últimos meses.

El panorama no es nada alentador y a este gobierno no parecen quedarle sino dos caminos: lavarse las manos como los Pilatos anteriores y dejarle la “pacaya” al siguiente, o entrarle al tema del desarrollo rural de frente.

Este largo proceso, profundamente ideologizado y politizado, se ha venido retardando gobierno tras gobierno. Pero dejar de ser finca para comenzar a ser país, es un imperativo que implica mutuas (y no siempre agradables) concesiones.

Ni antes ni hoy justificamos la apropiación indebida de la lado que sea), así que el tema es complejo desde sus inicios.

Pero prolongar la tragedia de pueblos empobrecidos y dependientes es un imperdonable pecado de acción y omisión.

“Nuestra democracia”, dice Carlos Fuentes, “ha nacido y nacerá del conflicto entre nuestras tradiciones, no de su omisión en aras de un proyecto utópico más, capitalista o marxista”.

Tomado www.prensalibre.com


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