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Se lo debemos a nuestra niñez
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 9 de octubre de 2004

Los niños de Camotán no son muy diferentes a los del África o a los de Haití.

Guatemala tiene una deuda histórica con sus niños y niñas. Les debemos paz, porque han vivido entre la guerra y la violencia; les debemos alimento, porque aún ocupamos los primeros lugares en desnutrición infantil; les debemos educación, no sólo porque aún haya tantos analfabetas, sino porque no hemos sido capaces de darles herramientas para la vida.

Les debemos salud, porque su esperanza y nuestro futuro suelen acabar demasiado pronto.

Estamos en deuda con millones de niños y niñas que este país ha abandonado a su suerte; y les debemos alegría, porque muchos de ellos han perdido demasiado pronto la sonrisa. Pero sobre todo, les debemos ternura y dignidad, porque hemos visto a muchos caminar por la vida creyendo que el mundo es un lugar para el dolor y el desamor.

Claro que podemos extender esta deuda a la sociedad mundial, porque los niños de Camotán no son muy diferentes a los del África o a los de Haití, y los que algún día fueron los niños refugiados guatemaltecos del tiempo de la guerra, enfrentaron experiencias similares a las de los niños del holocausto judío o a los actuales que viven la guerra en Irak o el éxodo en Darfur, Sudán. La humanidad toda, tiene una enorme deuda con su esperanza.

Y no parece casual; mientras los gobiernos de los grandes países pagan millones para sostener las guerras y justificarlas, los pequeños países deben millones por una paz que no logran alcanzar. Modelos económicos aparte, la humanidad está hoy más muerta de hambre que nunca. Y aunque se entienda, es difícil entender que la política y la economía sean más importantes que esos millones de seres humanos que entran a la vida desposeídos de todo.

No convencen quienes sostienen que la pobreza es inherente al ser humano y que todos nacemos igualmente pobres, con las mismas oportunidades de volvernos igualmente ricos. ¿El hijo de Bill Gates trae el mismo pan bajo el brazo que la hija del refugiado Abdulkarim en Darfur? Sobre mentiras como esa se levantan catedrales del pensamiento que pretenden justificar los abismos, cada vez más hondos, entre la vida y la muerte.

Monseñor Juan Gerardi dijo alguna vez que la situación de la niñez es el más claro indicador sobre la situación de un país, y podríamos agregar a ésto que es posible conocer a toda una sociedad por el cuidado que pone en sus niños y niñas.

Allí tenemos a los grandes guardianes de la moral, erigiéndose como los grandes pilares de una sociedad e impulsando leyes de censura por considerar inmorales ciertas imágenes, textos o películas, pero ¿no es más inmoral la realidad de miles de niños que huelen pegamento en las calles para no morirse de hambre, o la de los pequeños que se convierten en bombas humanas para cometer acciones terroristas en el nombre de su Dios, o la de una niña de 8 años que vende el cuerpo?

Los niños y niñas no son adultos pequeños; son personas que están en formación y en proceso de creer (o descreer), son los vulnerables entre los vulnerables y viven las grandes tragedias de su vida de una manera más definitiva que cualquier adulto. ¿Con qué cara les pedimos luego que respondan como seres humanos quienes han sido tratados peor que animales?

Cabe citar acá un fragmento del poema “Al pie desde su niño” de Pablo Neruda: “El pie del niño entonces/ fue derrotado,/ cayó en la batalla,/ fue prisionero,/ condenado a vivir en un zapato./ (...)sin conocer el otro pie, encerrado,/ explorando la vida/ como un ciego”.

En Pakistán, Egipto, Beslán o Guatemala, cientos de madres y padres lloran por sus hijos muertos; mientras, millones de niños y niñas siguen siendo violentados, maltratados, prostituidos, abusados, abandonados y olvidados en todo el mundo.

Para saldar la deuda con nuestra niñez yo no le apuesto a otra cosa más que a esos últimos rescoldos de humanidad que anidan en todos y cada uno de nosotros; la esperanza no puede cifrarse más en una clase política que privilegia el gasto militar sobre el gasto social, ni en sistemas de justicia corruptos hasta los huesos. La deuda de humanidad se paga con humanidad.

Tomado www.prensalibre.com


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