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La mala educación
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 11 de noviembre de 2004

Que el título del presente artículo no nos confunda; no estoy hablando ni de la última película de Almodóvar, ni de cuestiones de urbanidad y buenas costumbres. Estoy intentando abordar un tema harto complejo que ha sido puesto sobre el tapete en las últimas semanas: la educación en Guatemala. Como ciudadana común, pero también como maestra de profesión, académica, analista por vocación y madre, me fue imposible capear esta cuestión.

Es obvio que la educación guatemalteca padece grandes deficiencias y precariedades, lo que impide que miles de hombres y mujeres participen en su propio desarrollo y en el desarrollo del país, aportando lo mejor de sí mismos.

Pero la educación guatemalteca de hoy no es más que el resultado de décadas de olvido y descuido, y la noticia que nos da UNESCO sobre un honroso último lugar -a nivel latinoamericano- en términos de nuestra calidad educativa, no debería de sorprender a nadie que entendiera mínimamente cómo se ha configurado la historia de Guatemala. Y no nos sorprende, pero sí nos coloca un inmenso reto por delante, porque nuestro futuro como nación está en juego.

Primero, hay que tener en cuenta que el ritmo de la política no es el ritmo del proceso educativo, así que un sistema educativo no se puede cambiar en un período de gobierno.

Segundo, las intenciones de cada grupo político han sido diferentes, y en su afán de comenzar todo de nuevo, los funcionarios de turno del Ministerio de Educación (Mineduc) han colocado parche sobre parche, en vez de tratar de armar entre todos un proyecto educativo de largo plazo que redundara en mayores beneficios.

Tercero, la educación pública sigue dependiendo de un presupuesto que alcanza para muy poco, y continúa siendo inadecuada, ineficiente, con altos índices de deserción y repetición, de baja calidad, y carente de mecanismos adecuados y consensuados para la formulación de políticas educativas de Estado.

Por su parte, la educación privada no vino a ser la panacea que muchos esperaban; si bien es cierto que ciertos centros educativos privados del país ofrecen buena educación, hemos de reconocer que la calidad educativa en general ha bajado significativamente.

Muchos de estos colegios terminan siendo parqueos de niños y niñas, y sus directores no saben ni siquiera cuáles son los objetivos y funciones esenciales de la educación. Es más, algunos de estos empresarios de la educación no sólo no aceptan esta deficiencia, sino que llevan años insistiendo en que legalmente se deje de regular el tema de las cuotas para poder cobrar lo que se les da la gana (como si no lo hicieran ya).

Por supuesto, hay que hablar también de las personas que participan de manera más directa en el hecho educativo: los maestros, los padres y los alumnos. Alrededor de esta tríada se puede levantar toda una reflexión que nos haría tocar temas como el de la vocación, la corrupción, la dignificación, la mediocridad, la profesionalización, los valores actuales y las relaciones de poder en el aula, entre otros, pero reservo para ello el espacio de un futuro artículo.

La más reciente polémica: dar a conocer o no los resultados de los exámenes que el Mineduc pasó este año a los graduandos de colegios privados e institutos públicos.

Que den a conocer los resultados, porque las instituciones públicas tienen la obligación de abrirse a la población; pero que esa población sepa que muchos jóvenes hicieron ese examen por salir del paso, no sé si por el temario que tenían encima, si porque esa prueba no les decía nada ni a ellos ni a sus directores ni a sus padres, o porque no les iban a dar puntos por ella, ahora que están tan acostumbrados a recibir puntos hasta por vestirse bonito.

Por todo ello, me pregunto si el gasto de esta primera experiencia no fue inútil, y si los resultados son peores de lo que podrían haber sido o sólo confirman lo que ya todos sabemos: que en términos generales nuestra educación es mala.

La educación (que no es lo mismo que la domesticación) va tras la formación de sujetos críticos y no de audiencias pasivas; no es un barniz para mejorar el estatus socioeconómico de las personas y hoy tampoco es garantía segura de movilidad social, pero si su esencia es bien comprendida e interpretada, siempre será garantía de seres humanos más conscientes y de naciones más desarrolladas.

Hacia allá va nuestra mirada.

Tomado www.prensalibre.com


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