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¿Problema de mercado?
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 18 de noviembre de 2004

No es con darle a los jóvenes más computadoras como se forman mejores seres humanos

El problema de la educación en Guatemala no es únicamente un problema de mercado, como insisten en afirmar algunos. Es un problema esencialmente humano, y en un contexto que busca ser democrático, también es un problema de ciudadanía.

Cuando un país cuenta entre sus habitantes a millones de mujeres y hombres que no saben ni escribir ni reconocer su propio nombre (aunque sepan cómo intercambiar productos y bienes), es porque en ese país ha habido personas que no han querido que otras se vean a sí mismas como seres humanos y menos como ciudadanas.

Si bien es cierto que hoy las demandas del mercado se cifran en un recurso humano capacitado, tecnificado y eficiente para competir, no podemos reducir la compleja problemática educativa de un país al ámbito del puro mercantilismo.

La educación va aún más allá de promover la movilidad social de las personas; en su sentido esencial, está encaminada a tallar mejores seres humanos.

Pero vamos a dejar atrás lo que ya sabemos para poner los ojos en un futuro, que no está por demás decirlo, depende casi enteramente de nuestra educación. Con resultados como los de las pruebas recientes que realizaran muchos graduandos del país, se abren viejas heridas, y temas como el de los ámbitos de la educación pública y privada, la calidad educativa, las experiencias de la última década y otros más, se ponen sobre la mesa.

Por ejemplo, podríamos comenzar por analizar el recorrido de programas educativos como el de Pronade, levantado a partir de sentidas necesidades de desconcentración y descentralización de la educación, así como a partir de la demanda de participación ciudadana.

Cuando se lee el Informe de Resultados del Programa Nacional de Evaluación del Rendimiento Escolar 2000, realizado por la Universidad del Valle, vemos que en cuanto al rendimiento académico en lectura y matemática, de tercer y sexto grados a nivel nacional, el Pronade ocupa el penúltimo lugar entre los siete programas educativos evaluados.

En este contexto surgen preguntas sobre los actores principales de estos programas, sobre su permanencia o transitoriedad, sobre su eficiencia y autonomía, entre muchas más.

Otro aspecto que podríamos reflexionar más a fondo, y sobre el cual apenas doy un “pasón”, es el tema de la educación pública y privada. Más importante que dirimir sobre quién administra la educación guatemalteca, es exigir que haya un piso mínimo compartido de contenidos que busquen elevar el nivel educativo de todos los estudiantes, tanto en lo público como en lo privado.

Los exámenes realizados por los graduandos y que en un altísimo porcentaje proceden de instituciones privadas, sitúan a esta últimas en una situación difícil. Si en algún momento se pensó en la educación privada como sinónimo de mejor educación, esto queda en gran medida desvirtuado después de la polémica prueba.

Siempre hay excepciones a la regla y sé de varias, pero no son la mayoría. A ver qué hacen ahora los empresarios de la educación quienes, además de no pagar impuestos, cobran lo que se les da la gana por una educación que parece valer mucho menos, e insisten en que no haya un ente regulador que les ponga tope a sus intenciones de cobrar aún más.

Quizá muchos de ellos tengan que empezar por tratar de comprender cuál es el sentido de la educación y cuál su significado para el sujeto de la educación y para el país. No es con darle a los jóvenes más computadoras o con dejarles más trabajo para la casa como se forman mejores seres humanos. La educación es un proceso muy distinto que requiere cierta mística.

Podríamos también retomar el camino de una Reforma Educativa planteada desde 1998 y lamentablemente politizada casi desde sus inicios; podríamos revisar las diversas propuestas surgidas en un segundo momento y recuperar lo mucho de valioso que ha de haber en cada una de ellas con el fin de darle vida a una intención que se quedó rezagada.

En fin, estoy consciente de que el desafío es enorme. Sin embargo, insisto en reformular el problema de la educación no desde la óptica del mercado, sino desde el ámbito de nuestra humanidad.

Tomado www.prensalibre.com


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