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Nuestra esperanza condenada
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 2 de diciembre de 2004

Diariamente, unos seis mil jóvenes y casi dos mil niños y niñas se convierten en seropositivos.

Cuando escucho la frase “Dios castiga”, se me eriza la piel. Ese Dios humanizado a la medida de nuestros deseos de prejuiciar, juzgar, sentenciar y aplicar leyes de cualquier índole, termina siendo una prolongación de nuestra propia ceguera.

Y la consecuencia es que millones de personas viven en función del temor, la culpa y el pecado, en vez de asumir su propia vida con plena conciencia de sí mismas, de los otros y del mundo que las rodea.

Eso ha partido el mundo entre buenos y malos, entre amigos y enemigos, entre santos y pecadores. Será muy conveniente y sencillita la fórmula para ordenar a grandes poblaciones humanas, pero es una aberración que los creyentes le hagan eso a su Dios, cualquiera que éste sea.

Y todo lo anterior me viene a la mente por el tema del sida que, aun después de un par de décadas, sigue justificándose a partir de sentencias tan absurdas y primitivas como la que reza que este virus es una de las plagas enviadas por Dios para acabar con el pecado del mundo.

De ser así, ¿cuántos cristos inocentes habrán de morir para redimir el pecado del mundo? ¿Por qué no ver que la pobreza y la falta de educación, entre otras, son algunas de las causas principales de la propagación de esta pandemia?

¿Hay entonces más pecadores, según las estadísticas de mortandad, en los países pobres del Sur que en los países desarrollados del Norte? ¿Qué horrores habrán cometido los millones de bebés, niños, niñas, jóvenes y mujeres que hoy mueren diariamente a causa del sida? ¿Qué dicen de esto los jueces de la moral?

En una nota de Cimac se señala que “la epidemia de VIH no conoce fronteras y se ha extendido por todas las regiones del mundo y afecta a todo tipo de personas, convirtiéndose en el cuarto motivo de mortandad. No obstante, la tragedia se generaliza en el África subsahariana, donde viven nueve de cada 10 niños con SIDA en el mundo.

Allí, el 60 por ciento de los muchachos, sobre todo mujeres de 15 años, van a contraer la enfermedad y un tercio de las embarazadas es hoy seropositiva. (...) En América Latina y el Caribe, la epidemia se está también extendiendo como la pólvora entre los más jóvenes, sobre todo mujeres de 15 a 24 años que practican sexo sin prevención con varones que, a su vez, suelen mantener relaciones con otros hombres. Un círculo vicioso de difícil control...”.

Más allá de las frías cifras que conocemos sobre el sida, hay nuevas realidades que están dejando huérfano al mundo. Ciertamente, pareciera que la esperanza de la humanidad estuviera condenada, pero sería muy irresponsable de nuestra parte sugerir que Dios -con muy buenas intenciones- hace periódicamente este tipo de “limpieza social”.

En la misma nota de Cimac, se dice que “el sida sitúa en el umbral de la tragedia a dos mil millones de niños y adolescentes que, sin embargo, son quienes ofrecen también una mayor esperanza para vencer la epidemia. (...) Pero sólo 17 países han puesto en marcha planes nacionales para afrontar el drama de los huérfanos del sida, según el estudio presentado por Unicef en la última conferencia internacional sobre sida que se celebró el pasado verano en Bangkok”.

Diariamente, unos seis mil jóvenes y casi dos mil niños y niñas se convierten en seropositivos, y la pandemia ha dejado huérfanos a 15 millones de niños. Así, el rostro de esta enfermedad es principalmente joven y femenino.

Pero esto no termina allí: detrás de cada ser humano que padece sida hay una familia o una comunidad afectada. Si la enfermedad mata al padre o la madre, los niños quedan pobres y sin protección y los recursos económicos de la familia tienen que estirarse hasta límites insostenibles, lo que provoca muchas veces situaciones de explotación y sobrevivencia.

Estamos todos en esto, los gobiernos, los enfermos y sus familias, las instituciones estatales y las sociedades del mundo. Mientras las transnacionales farmacéuticas pelean una guerra por las patentes y Estados Unidos sigue gastando millones por la guerra en Irak, los demás tenemos un papel que desempeñar para que la esperanza se sostenga. El sida no es un castigo divino y nosotros ya no somos seres medievales para creerlo; es un problema social complejo y de enormes dimensiones que nos toca a todos prevenir, resolver y detener.

Tomado www.prensalibre.com


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