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¿Juego arreglado?
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 9 de diciembre de 2004

En Guatemala no hay laboratorios que, desde una visión independiente, analicen suelos y aguas.

Después de los últimos foros sobre el tema de la minería de oro en Guatemala, se han aclarado aún más las cosas y sostengo mi posición de no apoyar esta actividad económica para el país, al menos por los próximos cinco o diez años.

Celebro la apertura de espacios de debate y discusión sobre temas como éste y, ciertamente, contamos hoy con más elementos de análisis que antes. Sin embargo, yo no me referiré expresamente a los discursos que pronunciaron los defensores o detractores de la actividad minera a cielo abierto, sino a los múltiples silencios y a los hechos o discursos paralelos que me permitieron hacer otras lecturas del tema.

Los organizadores del Foro patrocinado por el Banco Mundial le dieron a sus expositores más de 500 minutos, mientras que a los que se oponen a la minería de oro les dieron únicamente 15.

Hechos como éste, le restan credibilidad a cualquier intención de generar un sólido debate acerca del tema. Otra de las cosas que llaman a la reflexión, es que durante todo ese Foro, ni una sola vez se mencionó el tema del agua, definitivamente central en el debate.

Será porque, incluso quienes apoyan la minería, saben que están haciendo un mal negocio al regalarle el agua a la minera. ¿Qué tal si le cobraran a la compañía minera por los 250 mil litros de agua que ésta usa por hora, al precio de lo que cuesta el agua embotellada en el país?

En vez de eso, hasta les han garantizado que por cuatro años no tendrán que pagar impuestos y tan agradecidos están nuestros funcionarios de que les pongan orejas de burro, que creen que los pocos empleos que generará temporalmente la minera compensarán todos esos favores.

Pero más allá de lo económico, quizá allí no se habló del agua porque éste es precisamente el problema humano más serio que plantea la minería de oro a cielo abierto: dejar sin el vital líquido a las comunidades donde se lleva a cabo la actividad minera. Allí está ya una comunidad de San Marcos, quedándose sin agua, y apenas es el principio.

Después, no sólo no habrá agua, sino que lo que quedará serán planicies estériles y lagunas ácidas, llenas de cianuro. Y aunque un experto dijera en el Foro que “es más fácil morir aplastado por un elefante en Kenia, que por el cianuro”, le faltó completar la idea diciendo que ciertamente el cianuro en esas cantidades no mata inmediatamente, sino que son sus efectos los que matan poco a poco.

Por otra parte, aquí en Guatemala no hay laboratorios que, desde una visión independiente del problema, analicen los suelos y las aguas antes y después de la actividad minera. La propia compañía tiene su laboratorio, y desde esa óptica se levantan los datos que consideran pertinente ofrecer a los funcionarios del Ministerio de Energía y Minas o al de Medio Ambiente y que luego llegan a población(si es que llegan). Eso suena a juego arreglado.

Si la minería a cielo abierto ha ido extendiendo sus tentáculos de Norte a Sur, y no al revés, es porque quienes padecen la fiebre del oro, reconocen que países como el nuestro son un verdadero paraíso. Las grandes compañías mineras quieren hacer aquí lo que en el propio país ya no podrían, ni por asomo, realizar.

Y es que el sistema legal de esos otros países sí funciona; además, existen en ellos sólidos sistemas de control y regulación para las actividades de explotación minera y otras de fuerte impacto ambiental, y pueden tardarse años en otorgar una licencia e incluso no otorgarla.

En esos países les sale mucho más cara la mano de obra que en países tan pobres como el nuestro, donde el trabajo hace falta, donde las leyes laborales son más laxas y permiten mayores niveles de explotación a un menor costo de inversión. También es determinante la corrupción que permea toda la sociedad guatemalteca, y que permite comprar desde ciudadanos de a pie hasta funcionarios de gobierno.

No tenemos un territorio del tamaño de Canadá para darnos el lujo de perder grandes extensiones de tierra y el agua que queda es nuestra. Cuando los contratos de la explotación minera terminen en una década o más y las compañías mineras se hayan ido del país dejando desiertos inservibles, ¿a quién le pediremos cuentas por el daño causado? Yo quiero que se invierta en mi país, pero sin sacrificar el futuro de los guatemaltecos.

Tomado www.prensalibre.com


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