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Desertar de la violencia
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 18 de diciembre de 2004

Pocos tienen en Guatemala los recursos para fugarse de vez en cuando y escapar de esta tétrica visión de país que habitamos.

Desamparar y abandonar las banderas, las obligaciones, los ideales. Dejar atrás los lugares que algo significaron; alejarse, abandonar cartografías humanas y territoriales conocidas. Desertar de la violencia, en cualquiera de sus formas. A veces no hay más remedio. A veces no hay más salida que desatar los nudos, desandar el camino y desertar. No porque deserten los que más temen, sino los que más cerca han sentido el dolor.

Desertó de Guatemala, hace pocos días, la familia del escritor cubano Ariel Ribeaux, porque una intención fue disparada y depositada certeramente en su cuello y salió por sus vértebras cervicales, dejándolo entre la vida y la muerte. Volvieron a Cuba. Se vistió de negro el teatro guatemalteco, porque el espacio blanco de Mercedes, su esposa, quedó vacío; se borró la sonrisa de los libros infantiles escritos por Ariel. La tragedia hizo desertar, una vez más, a la esperanza.

La tragedia -decía Barthes- es la más grande escuela de estilo: ella enseña más a despejar que a construir, más a interpretar el drama humano que a representarlo, más a merecerlo que a sufrirlo. En las grandes épocas de la tragedia, la humanidad supo encontrar una visión trágica de la existencia y, por una vez quizá, no fue el teatro el que imitó la vida, sino la vida la que recibió del teatro una dignidad y un estilo verdaderamente grandes.

La tragedia transparenta el enigma humano en su delgadez esencial, y en sus límites extremos pide soluciones extremas.

Más deserciones, esta vez como hecho inédito entre los miembros de la tropa de Estados Unidos en Irak. El Editorial de elPeriódico de España del día 11 de diciembre, señala que: “El conflicto de Irak se está configurando como un nuevo modelo de guerra en el largo catálogo de intervenciones bélicas de Estados Unidos.

Más allá de haberse convertido en una especie de Vietnam del siglo XXI, a los capítulos de las torturas, las matanzas de civiles y la ejecución de enemigos heridos e indefensos hay que añadir las protestas de los soldados y los primeros casos de deserción”.

Sin embargo, la violencia es siempre violencia, independientemente del rostro que muestre y del nombre que le pongamos. Para la doctora cubana Dayami Rosales, el momento exacto para desertar en Venezuela se produjo el pasado 3 de septiembre, cuando su compañera en la Misión Barrio Adentro le comunicó su intención de escapar porque había tenido un problema con su jefe inmediato, y la habían amenazado con regresarla a la isla.

“Tomé la decisión de desertar sin pensar mucho, porque si no lo hacía, me iban a mandar a mí también a Cuba, y además sancionada”, explicó Rosales a El Nuevo Heraldo desde un escondite en una localidad en el centro de Venezuela que pidió no revelar para proteger su seguridad.

Desertar de la violencia es una opción de sobrevivencia; lo saben bien quienes huyen de la violencia de un conflicto armado, de la pobreza, de la represión de equis o ye gobierno, de un marido abusador o de un país donde hay más armas que escuelas.

Si hubiera sabido algo de su trágico final ¿se habría ido de Guatemala la mujer de apenas 23 años que muriera recientemente con las entrañas desgarradas y los genitales deshechos, o cualquiera de las otras 484 que han sido asesinadas de manera violenta a lo largo del 2004? Si pudieran, ¿saldrían del país aquellos familiares de víctimas de asesinato que han sido amenazados después de poner una denuncia?

¿Desertarían más personas de partidos políticos, ejércitos, iglesias, organizaciones o familias cuando los tratan con violencia por cuestionar ciertas prácticas? ¿Podrían ser tan honestas estas personas, como para desertar también de sí mismas cuando practicaran la violencia contra sí y contra otros?

Seguimos desamparados y huérfanos y no parece haber una respuesta a este vicioso círculo de la violencia. Pocos tienen en Guatemala los recursos para fugarse de vez en cuando y escapar de esta tétrica visión de país que habitamos. El resto vive la violencia como el pan de cada día, rogando porque jamás nos roben la esperanza, lo último que ciertamente poseemos.

Tomado www.prensalibre.com


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