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Brazalete a violadores
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 8 de enero de 2005

¿Qué le dice uno a la familia de una joven que ha sido violada?

Suena el teléfono, y del otro lado de la línea, la voz entrecortada de una madre que, con dificultad, articula dos palabras: “la violaron”. Un silencio basta para que el drama se reviva y los detalles vayan sumando ira, dolor, frustración e impotencia a la conversación.

Las palabras se desbocan y se atropellan.... “tres hombres la violaron, ella tan joven en nuestra propia casa muy de mañana, con toda la familia presente, no quiere hablar toma 16 pastillas diarias para prevenir infecciones y VIH/sida, se baña varias veces al día, su papá quiere buscarlos y matarlos por su cuenta, el resto de la familia está muy afectada, para qué poner la denuncia si lo primero que hacen es manosearla sin ninguna contemplación para confirmar lo sucedido haciéndola revivir la traumática experiencia, además nunca atrapan a los violadores”.

Cada año, como consecuencia de una violación, 600 mil mujeres quedan embarazadas en todo el mundo.

Y si esas son las que quedan embarazadas, podemos imaginar cuántas más son las violadas.

Diariamente, en todo el mundo, las denuncias por violaciones aumentan, y Guatemala no es la excepción.

Las más de mil 500 asesinadas violentamente desde 2001 en nuestro país han sido apuñaladas, cercenadas, estranguladas, baleadas, decapitadas, golpeadas. Antes de ello, la mayoría fueron violadas, laceradas, torturadas o fracturadas. Fueron las lamentablemente visibles.

Pero hay muchas otras niñas y jóvenes que, sabiéndose en Guatemala, se han visto obligadas a abrir las piernas y cerrar la boca, alimentando el atávico silencio del conservadurismo y la impunidad.

Como diría Lulú Colóm hace ya algunos años: “Aquí tenemos una moral pacata, de condición nimiamente pacífica, tranquila y moderada, con hilos directos entre la Catedral y el Palacio Nacional y de la Catedral al Ministerio de Justicia”.

Nuestro sistema patriarcal de valores ha definido que, tanto los casos de violaciones como los de violencia doméstica contra las mujeres, hayan sido tratados con demasiada ligereza por las familias y las instituciones religiosas, políticas y de justicia, mayormente dirigidas por hombres.

Por el contrario, hace poco hablamos del tema entre amigas, y las soluciones que se plantearon para el violador fueron drásticas: desde la castración hasta su mutilación genital, pasando por la pena de muerte o el encierro de por vida en la cárcel, deseándole que le sucediera lo mismo que él hizo.

Claro que son planteamientos extremos, pero las circunstancias son también extremas y afectan principalmente a nuestro género. Cuando un hombre viola el cuerpo de una mujer que no desea tener sexo con él, viola también su intimidad, su dignidad, su integridad, su libertad de elegir.

No importa si es virgen o prostituta, la violación se produce siempre que una mujer dice no y uno o más hombres se hacen los sordos.

Por su parte, el Gobierno chileno ha encontrado otra salida y está estudiando la posibilidad de aplicar un brazalete a los violadores, sobre todo, cuando estén bajo medidas cautelares.

Esto, con el fin de mantenerlos localizados y vigilados, porque cualquier intento de quitárselo sería inmediatamente detectado desde una central de vigilancia.

Claro que esto requiere de buenos sistemas de control, de funcionarios de justicia que entiendan a fondo la naturaleza del problema y de una sociedad que apoye el cumplimiento de estrictas leyes alrededor del tema.

La violación a mujeres ha sido reconocida por las cortes militares mexicanas como estrategia de guerra, pero hace falta que nuestras sociedades latinoamericanas la reconozcan como un fenómeno social de profundas implicaciones humanas.

En Guatemala, apenas si han quitado el pie de la cama aquellos que practicaban el derecho de pernada, y aún existe una ley de corte medieval que dicta que todo violador será perdonado si se casa con la víctima. Además, la pena por violación es irrisoria.

El 2004 será recordado por las guatemaltecas como uno de los más violentos de nuestra historia, y la indiferencia de las autoridades es parte de esa violencia. En este contexto, ¿qué le dice uno a la familia de una joven que ha sido violada?

Fuente: www.prensalibre.com


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