Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 2 - 2005

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Los huesos de la discordia
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 10 de febrero de 2005

Los pueblos se construyen sobre la acción de sus vivos y la memoria de sus muerto.

“Todos los menores fueron ejecutados con golpes de almádana en la cabeza, mientras a los más pequeños los estrellaban contra los muros o los árboles, sujetándoles de los pies; luego eran arrojados al pozo”.

Según el Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), este fue el inicio de la masacre de Las Dos Erres, cometida en el parcelamiento del mismo nombre en La Libertad, Petén, hace poco más de 22 años.

La primera semana de febrero del año en curso, y después de 34 acciones de amparo presentadas a lo largo del proceso por los militares implicados, la Corte de Constitucionalidad ordenó anular el juicio contra los 16 soldados que cometieron ese crimen de lesa humanidad.

Para ello se escudó en la Ley de Reconciliación Nacional, aprobada en 1996.

También en el informe de la CEH: “Todo estaba tirado (...) ropa tirada, todo estaba tirado, los trastos de la gente (...) Sus animales sueltos y todos los animales andaban allí, gritando de hambre (...) Seguimos (...) Había mucha sangre y había este (...) placenta, donde los niños nacieron, quizás por el miedo [de] las mujeres nacieron y se compusieron y quedaron tirados todos los restos de los niños, de los cordones de los ombligos y las placentas tiradas (...) y mucha sangre, muchos lazos (...)”.

Una sociedad no sólo se mide por el tratamiento que da a las personas que la integran, sino por cómo se enfrenta a sus ritos de paso. Las diferentes formas de recibir y despedir a un ser humano dicen mucho de la sociedad en la que éste nace o muere.

Sin importar a qué sector social y económico pertenecemos, todos queremos enterrar bien a nuestros muertos. En el caso de Las Dos Erres ya se encontraron más de 100 osamentas, pero se calcula que las víctimas de la masacre fueron más de 300. Así, el recuerdo de los muertos de esa y las restantes 625 masacres cometidas en Guatemala, que no han podido ser enterrados como se debe, oprime aún las conciencias de muchos vivos.

Todas las sociedades preparan el cadáver antes de dejarlo ir, porque la tranquilidad de los muertos es también la de los vivos. Lavar el cadáver, pintarlo de ocre rojo, vestirlo con ropas especiales, autoincinerarse con él, exponerlo al aire libre, lanzarlo al mar, enterrarlo con su ombligo, adornarlo con toda clase de objetos, embalsamarlo, atarle los pies para impedir que el espíritu salga del cuerpo y hasta enterrarlo dos veces, son ritos comunes de despedida.

Los pueblos se construyen sobre la acción de sus vivos y la memoria de sus muertos; los ritos de despedida, estrechamente relacionados con las creencias religiosas sobre la naturaleza de la muerte y la existencia de una vida después de ella, implican importantes funciones psicológicas, sociológicas y simbólicas para los miembros de una colectividad.

Así, el tratamiento que se da a los muertos en cada cultura nos permite comprender mejor su visión de la muerte y de la propia naturaleza humana. Los rituales y costumbres funerarias tienen que ver no sólo con preparar y despedir el cadáver, sino sobre todo con ofrecer calma y sosiego a los familiares, para que la persona fallecida permanezca entre ellos de muchas maneras que trascienden el plano físico.

Nuestra Ley de Reconciliación no será nunca nada si aquellos que sobrevivieron a las víctimas del conflicto no pueden enterrar debidamente los huesos de sus muertos. Y ello implica justicia, no venganza.

Implica reconocimiento y resarcimiento de parte del Estado, pero mucho más allá de esto, demanda cerrar un capítulo muy oscuro de nuestra historia. No se trata de revolver el dolor y de permanecer anclados al mismo tema por siglos, sino de levantar a un pueblo de sus cenizas. ¿Si no por qué habrían de seguir hablando los judíos de un Holocausto?

Nadie nos garantiza que el horror no vuelve, pero mucho podemos hacer por rearmar con justicia los huesos que aún están bajo tierra. Hoy son motivo de discordia; sin embargo, mañana quizás podrían cimentar nuestra paz.

Cierro con las palabras de uno de los dos kaibiles que participaron en la masacre de Las Dos Erres y ofrecieron su testimonio sobre el caso: “La ejecución terminó como a las cinco de la tarde y cerramos el pozo. Al finalizar la ejecución quedamos listos para ir a cenar”.

Fuente: www.prensalibre.com


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.