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Hijos de la hipocresía
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 24de febrero de 2005

Las maras no serían hoy lo que son, si el sistema no favoreciera su presencia y su desmedido crecimiento.

Un joven marero puede morir con una sonrisa en los labios, si logra dejarle a su progenitora una refrigeradora en su miserable vivienda. A los doce años, ha interiorizado lo que la sociedad le ha enseñado: más que su propia vida, vale un electrodoméstico que simboliza progreso y estatus.

Sistema perverso e hipócrita el que enseña que la vida es el bien más preciado y practica todo lo contrario; el que parcela a la sociedad en grupos tan aparentemente opuestos de buenos y malos.

Como si no hubiera suficiente evidencia de lo que son capaces los “buenos” cuando otros cuestionan su ideología, sus creencias o su forma de vida. Como si no supiéramos que entre muchos de esos “buenos” sin tatuajes, educados, hijos de familias “bien”, hay también los que violan, desenfundan la pistola y asesinan o mandan a asesinar bajo el más aberrante manto de la impunidad.

Posiblemente unos crean que el poder lo llevan tatuado en el cuerpo y otros asuman que el poder lo llevan en la sangre; lo cierto es que la frontera no es siempre tan definida.

Es cierto, los mareros matan sin compasión alguna, están organizados y pueden llegar a ser verdaderamente crueles. Son parte de un fenómeno de enormes dimensiones, que a nuestra sociedad y a nuestro gobierno se les ha ido de las manos.

Además, las maras están vinculándose más y más al narcotráfico, al “humanotráfico” y a otras mafias parecidas, convirtiéndose así en ejércitos irregulares de violencia, con lenguajes propios y preferencias territoriales. Revertir esta situación definitivamente implica acciones decididas e inmediatas del Estado, y eso, para poder ver resultados de aquí a algunos años.

Pero esos jóvenes ni están solos, ni han madurado lo suficiente emocional, física o mentalmente, y muy pocas veces han tenido acceso a una vida medianamente digna. Detrás de un marero no sólo hay una sociedad en profunda crisis y un Estado que ofrece escasa protección a su niñez y juventud, sino muchos adultos que aprovechan y manipulan su vulnerabilidad, su rebeldía, su energía, su lealtad y su ignorancia.

Los mareros no nacen, se hacen; son hijos de la perversión, de la violencia y de la hipocresía.

Las maras no serían hoy lo que son, si el sistema no favoreciera su presencia y su desmedido crecimiento. Ningún árbol florece si sus raíces no encuentran un suelo apropiado.

De los 25 mil mareros que había en 1994, ahora pasamos a una cifra que supera los 200 mil sólo en Guatemala y el millón en 4 países de Centroamérica.

La perversión y la hipocresía estriban en que son algunas maras políticas y militares, entre otras, las que consideran muy conveniente sostener a las maras de las cuales hablamos, para generar mayor desestabilización y justificar ciertas prácticas de “seguridad”.

La perversión y la hipocresía también se expresan en una sociedad que pide a gritos el castigo y la muerte del producto de su propia irresponsabilidad histórica y humana.

Todo lo anterior me lleva a la Ley Anti Maras, a partir de la cual los niños de 12 años que delinquen serían tratados como criminales adultos.

La prohibición de las asociaciones ilícitas y del uso de tatuajes visibles, son sólo algunos de los absurdos contenidos en este proyecto de ley.

Me provoca gracia que quieran encerrar a los niños cuando el sistema de justicia no funciona ni siquiera para los adultos, tanto en términos de investigación, procesos y resolución de casos, como de atención y reinserción de los delincuentes y criminales.

Me asusta que se criminalice a los niños y niñas en vez de ir tras los peces grandes que dirigen estas maras; me preocupa que, en vez de proponer la canalización de sus energías en espacios adecuados para su formación como seres humanos, propongan leyes para reprimirlos y encerrarlos. Es una visión muy corta de lo que queremos como país.

Hace apenas poco más de un siglo, los niños, niñas y jóvenes empezaron a ser vistos como personas en la historia del mundo, y hace mucho menos que se vela por sus derechos. Arrancar un mal de raíz implica cortar esa raíz, no sus ramas; de poco sirve encerrar a los hijos de la perversión, la violencia y la hipocresía, si los padres andan sueltos.

Fuente: www.prensalibre.com


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