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El as de oros
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 26 de febrero de 2005

El macabro juego que pretenden jugar los asesinos de mujeres en este país, tiene el terreno limpio.

Unos dicen que los chinos inventaron los naipes en el siglo XII, otros que fueron los españoles allá por el tiempo de Alfonso X El Sabio, y los más versados se van al tiempo en que Julio César conquistaba Egipto.

Según esta última versión, del incendio en la biblioteca de Alejandría se logra rescatar, entre otros, el libro que versaba sobre el antiguo juego del Tarot, antecedente de la actual baraja española. Lejos estaban entonces de sospechar, que siglos después, algunos guatemaltecos inventarían nuevos usos para los naipes, más allá del simple juego y la adivinación.

Por ejemplo, el as de oros. Sinónimo de castigo y fuerza, de muerte por dinero, ha sido colocado en más de una ocasión sobre los cuerpos de las mujeres guatemaltecas que han muerto marcadas, degolladas, mutiladas, ultrajadas y torturadas.

Más de una vez, esa carta que ostenta el valor más alto del palo de oros, ha simbolizado algunos de los valores que imperan en buena parte de nuestra sociedad y se ha hecho realidad en los cuerpos de esas mujeres.

Por si no fuera suficiente con el as de oros, algunos de los cadáveres también han sido hallados con un as de espadas. Quizás para entronizar a la muerte desde esa visión retorcida de la justicia y el poder.

Aún no termina febrero, y la sociedad guatemalteca ha pagado ya un doloroso tributo al dios de la violencia: más de 80 mujeres, la mayoría de ellas entre los 13 y los 25 años de edad, han sido brutalmente asesinadas, y éstas se suman a las 1,231 guatemaltecas que han muerto en condiciones similares desde el año 2002.

Si las mujeres siguen siendo asesinadas a un promedio de 10 por semana como hasta ahora, al final del año llegaremos a la cifra de 540, superior a la del año pasado.

Será porque el macabro juego que pretenden jugar los asesinos de mujeres en este país, tiene el terreno limpio: la impunidad que, de manera general, vive la sociedad guatemalteca y, de manera particular, sus mujeres, es el primer factor a su favor.

Además, en las instituciones de justicia, las demandas de las mujeres reciben escasa o ninguna atención. Hace algún tiempo, el ministro de Gobernación reconoció que algunas de las víctimas habían denunciado con anterioridad amenazas o hechos de violencia en su contra. Fue la falta de atención y seguimiento a sus denuncias, lo que hizo que en vez de seguir vivas, terminaran en bolsas negras, basureros, cajas y zanjas.

El ingreso de mujeres a las maras es también un factor a ser tomado en cuenta en esta problemática, pero jamás será el definitivo ni el más importante. En las maras, como en el resto de la sociedad guatemalteca, las mujeres y los hombres juegan roles específicos, siguen patrones determinados según su sexo y la cultura machista es una.

Así que no es su ingreso a las maras la causa primera de su muerte, sino la intención de unos hombres de demostrar poder sobre ellas y sobre otros de su mismo sexo. ¿O acaso la violencia sexual no es una estrategia de guerra entre ejércitos? ¿Acaso los celos de un marero traicionado son tan diferentes a los de un marido abandonado?

Una sociedad esclerosada, tampoco ayuda mucho. Endurecida frente a prácticas de violencia intrafamiliar y social, y rígida en sus niveles de conciencia, camina lento y entiende poco.

Que ya no hay que decir nada sobre los asesinatos, que ya no hay que recordar lo malo que les sucede a las mujeres porque ya tenemos hasta mujeres astronautas, que ya no hay que darle tantas vueltas al mismo asunto porque qué aburrido, que esos temas son privados (sobre todo si incluyen una violación), que seguro es un asunto de maras, que las niñas no deberían de salir tanto de su casa.

Conceptos que se elevan sobre una moral pacata y favorecen el silencio en torno a fenómenos tan serios como éste, para los que el Estado debería de tener respuesta.

De un lado de la mesa, están los que han abierto el juego, presentando su as de oros; del otro, están aquellos que hasta ahora no han sabido jugar. En medio de ambos, las mujeres asesinadas, territorios mutilados en el contexto de la violencia imparable que se vive en nuestro país.

Creo que si una sociedad pierde a sus hombres, pierde mucho de su presente; si pierde a sus mujeres, no sólo pierde su presente, sino también mucho de su futuro.

Fuente: www.prensalibre.com


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