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La familia: ineludible lugar de paso
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 5 de marzo de 2005

Nada garantiza que una familia bendecida por la Iglesia y respaldada por la ley, sea mejor que una familia que no lo está.

¿Quién, que viene a este mundo, no tiene una familia? Para bien, para regular o para mal, se nace en el seno de un grupo de personas que define mucho de nuestras vidas. Y tan importante es la familia para el ser humano, que ha tratado de comprenderla y explicarla desde la sociología, el derecho, la antropología, la sicología, la religión o la historia.

Las fuentes jurídicas de la antigüedad tardía hasta la época carolingia son documentos que ofrecen un interesante punto de partida: aun teniendo profundos desacuerdos entre ellas, tienen un aspecto en común que habla sobre la regulación y el control del matrimonio.

Me pareció importante, porque el matrimonio parece ser el lugar donde se anudan los destinos de los sujetos sociales y la clave principal para comprender las relaciones entre hombres y mujeres, entre el individuo y sus grupos de pertenencia, entre el ámbito familiar privado y el público.

Por supuesto, hablar del matrimonio, supone también hacer referencia a teólogos, canonistas, eruditos y gobernantes (todos del género masculino) que, desde el Estado, la Academia y la Iglesia, han realizado constantes reflexiones teóricas con el fin de montar todo un ordenamiento social fundando en el matrimonio.

Por lo tanto, el modelo de familia nuclear que conocemos hoy, ha sido una construcción de siglos diseñada por algunos para hacer encajar, a fuerza de calzador, a billones de seres humanos.

Y no digo que muchos no estén cómodos y seguros recreando ese modelo de familia, pero el hecho de que más de tres cuartas partes de la humanidad no vivan en una familia conformada nuclearmente (padre, madre, hijos), es una respuesta contundente a la pregunta de si el modelo funciona para todos.

La realidad actual define muchos tipos de familia, que van desde una madre o un padre solos con sus hijos, hasta familias mixtas de padres divorciados donde conviven los hijos de ambos, familias extendidas que incluyen abuelos y tíos, familias del mismo sexo con y sin hijos, comunidades donde viven tres o más familias compartiendo espacios comunes y parejas que viven juntas sin casarse.

Pero vuelvo a la familia tradicional, como espacio “legítimo” reconocido por las instituciones del Estado y por la Iglesia. Primero, la visión de familia que corresponde al amor romántico del siglo XIX, y que sitúa a la familia como el lugar de la felicidad absoluta y eterna, es un mito.

No sólo porque toda relación de convivencia tiene sus naturales altibajos, sino también porque muchas familias han sido verdaderas escuelas del horror.

Claro que hay matrimonios mejores que otros, pero eso es independiente del estatus legal o religioso de las uniones; eso responde más a la capacidad de esas parejas de entender lo que significa convivir en armonía.

Nada garantiza que una familia bendecida por la Iglesia y respaldada por la ley, sea mejor que una familia que no lo está. Miles son los casos que confirman la práctica de una doble moral en las familias; mientras éstas se expresan ejemplarmente de cara a la sociedad, dentro de los muros de sus casas viven en un infierno. Quizá para algunos (sobre todo para muchas mujeres) ese es el camino a la santidad.

¿Cuántos matrimonios no se habrían ya disuelto si muchas mujeres no dependieran económicamente de sus maridos?, ¿cuántas sacrosantas familias se olvidaron de la santidad cuando tuvieron que pelear por una herencia?, ¿cuántas familias “ejemplares” se han convertido en el lugar perfecto del abuso, del cautiverio y la hipocresía?, ¿no es la violencia intrafamiliar una de las principales causas de muerte de mujeres en el mundo?

Respeto la visión de familia que tenga cada quien, mientras viva en congruencia con ella, y creo en las buenas familias, porque he tenido la suerte de conocerlas.

Pero no creo que éstas sean mejores sólo porque un par de personas hayan firmado un papel o se hayan colgado del cuello una cruz; en mi concepción, la familia debe ser el espacio donde se aprende a ser persona y a respetar y cuidar del otro. Eso es tarea de toda una vida.

Fuente: www.prensalibre.com


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