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Con la garganta seca
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 2 de abril de 2005

La escasez de este recurso vital es un problema de actitud y de comportamiento

A la Tierra se le está secando la garganta: actualmente, más de mil millones de seres humanos a lo ancho y largo del planeta carecen de agua potable.

No parece ser producto de la casualidad que los más pobres, los que viven en entornos degradados y peligrosos, los que luchan por sobrevivir, los sin techo y sin alimento, resulten ser también —la mayoría de las veces— los sin agua.

Sin embargo, la crisis se ha extendido en muchas direcciones y el agua comienza a escasear aún cuando no sea verano y en partes donde antes fluía en abundancia.

Más allá de que entendamos perfectamente que los ríos, lagos y mares se han convertido en enormes vertederos de basura y desechos industriales o químicos, y más allá de que sepamos que la deforestación indiscriminada ha tenido mucho que ver con la falta de lluvia y de agua, estamos conscientes de que la escasez de este recurso para millones de personas es principalmente un problema de actitud y de comportamiento.

Posiblemente, entendemos el problema, sus causas y consecuencias; posiblemente, sabemos teóricamente cómo abordarlo y cómo determinar las capacidades técnicas y humanas para hacerlo, pero ni a los ciegos podría pasarles inadvertido que el acceso a este recurso sigue siendo inequitativo.

La compra y privatización de los recursos hídricos en diferentes partes del mundo es apenas una muestra del interés que existe, de parte de grupos y potencias mundiales, por captar y poseer este recurso natural que se agota a pasos agigantados y que es determinante para la sobrevivencia humana.

Mientras la población mundial aumenta, la demanda de agua dulce y potable es mayor y continuará creciendo.

Con el tiempo, cada población tratará de usar al máximo los recursos de que dispone en su territorio, siempre y cuando no aparezcan aquellos que juegan al Robin Hood, pero al revés: esos que le quitan el agua a las comunidades o países más pobres para beneficiar a las poblaciones o países más ricos.

Por ejemplo, hace no mucho tiempo, aquí en Guatemala alguien pensó (y sospecho que lo sigue pensando) en desviar el río Motagua hacia la capital para que a ésta no le faltara el agua; si eso hubiese pasado, muchas poblaciones del oriente del país se habrían quedado sin el vital líquido.

Por otro lado, una inmensa mayoría sigue creyendo que basta abrir el chorro para que el agua fluya indefinidamente; los patrones de consumo y la ignorancia al respecto hacen que unos desperdicien el agua a chorros, mientras otros ni siquiera han tenido acceso a ella a lo largo de toda su vida.

Poco se ha entendido que los manantiales se secan y que las generaciones futuras dependen, para su subsistencia, del nivel de conciencia y uso de las generaciones actuales.

Sólo para citar un caso: en el área de la cuenca del Lago de Amatitlán viven actualmente más de un millón 100 mil habitantes y se espera que para el 2010 esa población se haya duplicado.

En los 381 kilómetros cuadrados que abarca la cuenca, los datos de contaminación por aguas residuales son alarmantes y se dice que cada segundo se genera un metro cúbico de estas aguas.

A ese paso, en el 2010 se producirían 60 millones de metros cúbicos anuales de agua contaminada.

Para responder a esto, Guatemala no tiene la normativa más adecuada, ni las plantas de tratamiento funcionando a su plena capacidad, ni siempre la mejor voluntad de los sectores políticos y económicos.

El siglo XXI define una nueva geografía estratégica y las grandes potencias mundiales se preparan para concentrar los recursos que habrán de sostener a las nuevas generaciones de sus países y regiones.

Mientras, acá en los países pequeños, muchos verán cómo todo esto sucede sin haber tenido la posibilidad de tomar nunca un vaso de agua en su propia casa.

Actualmente, existen 19 instrumentos de Derecho Internacional suscritos por varios Estados y múltiples leyes nacionales que dan directrices sobre el tema del agua, pero sigue siendo difícil definir cuál es el poder real de las poblaciones humanas frente a las élites políticas y económicas que no consideran que la conservación y el uso del agua nos compete a todos, ni creen que ésta sea un patrimonio común de la humanidad para las presentes y futuras generaciones.

Fuente: www.prensalibre.com


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