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La moral de la diplomacia
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 16 de abril de 2005

Cuando las ideologías se convierten en dogma de fe, los de uno y otro lado pregonan que Dios está de su parte y el diablo del lado opuesto

A lo largo de la historia, la diplomacia ha dibujado una moral propia que varias veces ha logrado conciliar los intereses de las naciones, pero que otras muchas ha sido instrumentalizada para servir a los fines de conquista y dominio de los pueblos hegemónicos.

Para saber por dónde se ha inclinado la balanza del poder en el mundo, bastaría con recurrir al lenguaje de la diplomacia: hasta el siglo XVII el latín fue el lenguaje empleado por los diplomáticos; a partir de entonces, el francés se convirtió en la lengua diplomática a causa de la hegemonía francesa en Europa.

Después de la I Guerra Mundial el inglés se posicionó como la segunda lengua de la diplomacia y hoy, a pesar de que en la descolorida ONU se traduce de forma simultánea al francés, inglés, ruso, español y chino, los tratados o convenciones son redactados principalmente en un idioma, que generalmente suele ser el inglés. Supongo que no estamos muy lejos de ver que el lenguaje de la diplomacia sea el chino.

La recondena a Cuba por violaciones a los derechos humanos, resolución planteada por Estados Unidos en el seno de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que actualmente se realiza, pinta de cuerpo entero una moral diplomática con innumerables dobleces, que señala al vecino sin ver la paja en el ojo ajeno.

Es evidente que la shuttle diplomacy sigue dando frutos y que ha de ser muy complejo para países como Guatemala, Honduras, México y Costa Rica decirle no al gigante que vive en la casa grande donde ellos apenas ocupan el huerto trasero.

La diplomacia puede maniobrar muy hábilmente, pero esto no significa siempre una gestión basada en principios.

Cuando mi padre se refería a lo sucio que es la política, hablaba justamente de la falta de ética y el exceso de estética que priva en este campo.

No necesitamos ser muy entendidos en política o en derechos humanos para saber que para la diplomacia estadounidense el tema de Cuba ha sido manejado a partir de un espíritu de cruzada, que vende bien la idea maniquea de un mundo dividido claramente entre los buenos y los malos.

Cuando las ideologías se convierten en dogma de fe, los de uno y otro lado pregonan que Dios está de su parte y el diablo del lado opuesto. Y esta idea vende tanto, que la ignorancia termina sucumbiendo a ella.

Entonces resulta que los presos de Guantánamo son peores que los presos políticos de Cuba, y que los primeros no tienen derechos de ningún tipo, mientras los segundos son seres humanos privados de todos sus derechos. ¿Acaso no son todos prisioneros de la misma ortodoxia?

A mí me parece una necedad mayor que el presente y el futuro de los pueblos se dirima de manera maniquea en espacios tan debilitados como la ONU.

Todo ese andamiaje diplomático que monta un espectáculo en torno al tema de derechos humanos, debe revisarse y replantearse, para no terminar de aplastar a los millones de hambrientos, abusados, violentados y marginados de todo el planeta.

Con la misma vara habrían de medirse las violaciones a los derechos humanos que se cometen desde cualquier Estado, incluido el Vaticano.

Nunca he estado en Cuba y rechazo cualquier forma de tiranía, pero creo necesario cuestionar el abuso de poder fuera de las pasiones inquisitoriales que despierta cualquier dogmatismo.

Así, impresiona la capacidad de resistencia que ha demostrado esta pequeña isla situada en el mare nostrum norteamericano y que ha sido asfixiada lentamente por el bloqueo.

Por otro lado, he viajado varias veces a Estados Unidos y, sin negar sus muchas bondades, también soy capaz de reconocer las tiranías disfrazadas de un discurso libertario y las intervenciones abusivas de ese país en varios otros.

Algunos dirán que, al votar contra Cuba, Guatemala votó a favor de la libertad. Sin embargo, después de ver las violaciones a los derechos humanos que también se cometen desde donde se propone la condena, no se sabe bien de qué libertad se habla.

Lo grande es tragado por lo pequeño, los sentimientos fraternales entre países sucumben frente al poder y la hipocresía; la moral y la diplomacia terminan apenas siendo simple paradoja.

Fuente: www.prensalibre.com


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