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La paz tiene sus mártires
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 28 de abril de 2005

“No hay caminos para la paz, la paz es el camino”.
Mahatma Gandi.


India tuvo un Mahatma Gandhi, Estados Unidos un Martin Luther King y Guatemala un Juan José Gerardi Conedera. Pacifistas, luchadores por los derechos civiles, revolucionarios de Dios, todos cuestionaron de una manera tan vertical en su momento, que terminaron siendo eliminados con violencia por la misma servidumbre que sostiene dicho estatus. Sin embargo, su vida, sus principios y sus palabras trascienden el tiempo de su ausencia física y perduran.

A sólo siete años del asesinato de monseñor Gerardi, cada una de las exhumaciones llevadas a cabo en este país, confirma que el REMHI posee la misma vigencia que entonces. A sólo siete años de aquel brutal golpe en la cabeza de uno de nuestros más emblemáticos líderes, la ciudadanía guatemalteca sigue clamando por un ¡Nunca más! que no llega.

Los poderes se codean, juegan a los pulsos, se aniquilan entre sí y se acomodan, pero las estructuras de la violencia y el autoritarismo no se han movido demasiado, así que nada garantiza que las cosas transiten inmediatamente por la ruta de la paz.

Pero más allá de creer o no en este tipo de liderazgos, y para ser prácticos, la justicia es lo que hoy nos interesa. Como comunicadora, determinar responsabilidades, encontrar culpables y creer ciegamente en la inocencia de unos u otros, no es lo mío.

Eso es tarea de la justicia guatemalteca. Lo mío es poner en evidencia un sistema judicial totalmente endeble que en el caso Gerardi ha funcionado a medias, y opinar sobre ello. Puedo decir también, por pura “intuición”, que en un crimen con las características del de Gerardi, la brújula señala -con precisión histórica- hacia los lugares y métodos conocidos y oscuros que todos sabemos que existen.

En la última audiencia realizada en el mes de marzo, la sala encargada resolvió anular el delito de coautoría por el que los Lima estaban en prisión, para condenarlos por el de complicidad, que reduce su pena de 30 a 20 años, lo cual significaría que ya sólo estarían allí cinco años más, porque ya cumplieron cinco años de condena y porque se están respaldando en el tema de la buena conducta, que reduce la pena a la mitad.

A mí no me interesa defender a un cura sólo porque es cura y culpar a un militar sólo porque es militar o viceversa. A mí me interesan la justicia y la paz, aunque entiendo que es posible que la verdad se sepa hasta dentro de muchos años, como tantas veces ha sucedido con este tipo de crímenes políticos.

En el caso Gerardi las variables son tres: Ejército, Iglesia y Derechos Humanos. Está el desprestigio que ha venido sufriendo la institución armada durante los últimos años, gracias al abuso de poder que ha ejercido durante décadas y al involucramiento de muchos de sus miembros en hechos de corrupción, violencia, narcotráfico, tráfico de influencias, contrabando y otros similares.

Están las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que también han tenido sus quiebres en temas como el de la corrupción y que han sido cuestionadas por asuntos de derechos humanos que a muchos les parecen irrelevantes para la construcción de la nación que anhelamos, y finalmente está una Iglesia que ha sido cuestionada por jugar tanto a la política y por someterse a otras doctrinas que no son las del espíritu.

Sin embargo, también la “intuición” me dice que una estrategia de desinformación en contra de la ODHAG y del movimiento de derechos humanos, podría ser muy conveniente para el Ejército, como institución que además del descrédito, tiene una reconocida deuda histórica en el tema de los derechos humanos en nuestro país.

En otro sentido, no podemos culpar siempre a los derechos humanos por los vacíos de un sistema de justicia que no da respuesta a las demandas de la población. ¿Los presos viven mejor y están mejor cuidados que la ciudadanía honesta?

Cierto, pero eso y otras tantas cosas son responsabilidad de un Estado que no ofrece seguridad a su ciudadanía y cuya justicia se deja intimidar por cualquier tipo de poder.

Hemos llegado a la luna, hemos construido los edificios más altos y desarrollado las tecnologías más eficientes, pero aún nos cuesta mucho vivir en paz. Quizá la muerte de Gerardi, más que recordarnos un martirio, nos invita a soñar con un futuro distinto.

Fuente: www.prensalibre.com


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