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¿Diálogo entre convencidos?
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 26 de mayo de 2005

Un debate maduro no necesariamente polariza, y muchas veces enriquece la participación ciudadana.

Hace dos días se abrió oficialmente el proceso de diálogo nacional que se llevará a cabo en seis regiones geográficas del país, alrededor de la controversial Iniciativa de Ley de Concesiones.

Estos “Círculos de Conversación Pública”, como los llamó el titular de la Segeplan, Hugo Beteta, tienen la intención de convocar a representantes de la sociedad civil, a empresarios y grupos indígenas, para exponer sus puntos de vista exclusivamente sobre este tema.

Las intenciones parecen buenas y se enmarcan dentro de lo políticamente correcto en el ejercicio de una vida en democracia, pero siempre quedan dudas sobre cómo, quiénes, para qué y cuándo se realizan actividades de consulta como ésta.

Para comenzar, el piso mínimo de un proceso de diálogo implica que todas las partes involucradas deben poseer suficiente y variada información sobre el tema antes de iniciar cualquier conversación.

En este caso, la decisión de llevar a cabo el diálogo partió del Ejecutivo, y es desde allí desde donde se eligió a los expositores encargados de proporcionar cápsulas informativas sobre el tema de las concesiones a los participantes. Esto debilita el proceso desde el inicio, porque podría definir en uno u otro sentido el resultado final a partir de la información proporcionada.

Por otra parte, no me quedan tan claros los propósitos de quienes diseñaron estas “conversaciones públicas”, porque realizar una plática entre convencidos a partir de reglas y métodos predeterminados sólo por una de las partes no amerita un gasto de energía y dinero tan grande.

Al día martes, por ejemplo, varias organizaciones sociales dijeron no haber sido convocadas para el diálogo, lo cual nos remite a cuestionarnos sobre la legitimidad del proceso (si esto fuera cierto, claro está).

Sabemos que el Estado no tiene dinero para atender la demanda de proyectos que permitirían desarrollar al país en el corto y mediano plazos, pero en esta oportunidad no sólo no se hablará de ello, sino que se obviarán temas directamente relacionados, como el de la reforma fiscal, la corrupción de las élites gobernantes, la evasión fiscal, la baja recaudación de impuestos, los problemas estructurales, etcétera.

Si ya se está dando por hecho que las concesiones son el único camino, ¿para qué el diálogo?, ¿es sólo evangelizador el carácter de este diálogo?

En otro sentido, los articuladores de este esfuerzo han dicho que en estas “conversaciones” regionales no habrá debate, con el fin de no polarizar y de no impedir decisiones concertadas.

Pienso que un debate maduro no necesariamente polariza, y muchas veces enriquece la participación ciudadana de una manera definitiva, así que otra vez me surge la pregunta: ¿es un proceso de diálogo y de consulta o sólo un espacio para recoger firmas y decir que se logró una concertación social?

En respuesta a la pregunta de “¿Las conclusiones que se obtengan de los diálogos serán vinculantes o sólo serán recomendaciones referentes al tema de concesiones?”, el secretario Beteta respondió que este proceso no puede ser vinculante con las decisiones que tome el Organismo Legislativo, pero que trata de derivar en una iniciativa de ley del Organismo Ejecutivo, concertada socialmente.

Esto, para no sustituir la responsabilidad del Congreso de la República al momento de su aprobación. Suena un poco contradictorio (metodológicamente hablando), meter en la misma gaveta las palabras “concertada socialmente” con el hecho de que es una iniciativa definida en su estructura y posibilidades solamente por el Ejecutivo. En un ejercicio democrático de concertación, ésta supuestamente comienza desde el mismo diseño del proceso.

Estamos en una etapa decisiva de nuestra historia. Hay que dejar de temer a los cambios y visualizar a Guatemala medio siglo adelante, pero también hay que voltear los ojos un par de siglos atrás, para no olvidar que nuestro territorio ha sido concedido más de una vez a los “buenos amigos” que nos quieren ver progresar.

¿Quién no quiere que este país camine hacia adelante? Necio quien no lo quisiera, pero cuando se concede nada más y nada menos que el territorio donde habitamos nosotros y habitarán nuestros nietos, lo menos que podemos hacer es jalar todos juntos e intentar hacer bien las cosas desde el principio.

Fuente: www.prensalibre.com


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