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Buenos días, Guatemala
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 29 de mayo de 2005

A los derechos humanos debían agregarse otros dos: el derecho al desorden y el derecho a marcharse

Comencé pensando en el título de este artículo y quise ponerle algo que reflejara un contenido más relajado para el día domingo. Pero la palabra siempre va por donde quiere y no por donde uno quiere que vaya.

Esto me llevó a un “Buenos días, Guatemala” que me trasladó a su vez al “Buenos días, Vietnam”, nombre de la película de Barry Levinson, cuyo protagonista es Robin Williams.

Para los fines de hoy, importa poco si a algunos les parece buena y a otros les parece mala, porque sólo estoy saltando de una idea a otra.

Recordar la película, necesariamente me llevó a la historia del “disc jockey” Adrian Cronauer, aquel miembro del Ejército de EE.UU. que llega a Vietnam con el único fin de levantar cada mañana, por la radio, la moral de la tropa y termina molestando al alto mando del Ejército.

Imposible no pensar, entonces, en una de las guerras más inútiles de la historia, que dejó como saldo más de 58 mil muertos, 300 mil heridos, y centenares de soldados que posteriormente se autoexiliaron en las drogas y fueron incapaces de adaptarse a la vida civil.

Entonces salta la otra idea: la de comparar esa guerra con la de Irak, pero es un tema por demás pesado para hoy, así que la dejo de lado.

Vuelvo al saldo de Vietnam, con el orgullo herido de la gran potencia y lo que se llegó a nombrar como el “síndrome de Vietnam”, que supuso un fuerte cuestionamiento a la política militar exterior por parte de la potencia estadounidense.

Naturalmente, pensar en Vietnam me llevó a aquel período de la historia de la humanidad marcado por la Guerra Fría.

Y también “naturalmente”, tuve que pasar por los años 60 del siglo XX, cuando todos los valores y las convenciones aparentemente universales, incontrovertibles y eternas fueron tema de apasionados debates y sólidas argumentaciones en diversas partes del mundo: Francia, México, EE.UU., sólo para mencionar algunas de ellas.

Y pienso en la juventud de entonces y en la juventud de hoy, y no quiero empezar a sentirme vieja si digo que todo lo de antes fue mejor, porque tratando cotidianamente con los jóvenes de hoy me doy cuenta que sostengo la quijotesca esperanza de que las miserias humanas no sean eternamente las mismas (aunque Einstein haya dicho que lo único cierto es la estupidez humana).

Pensar en estos movimientos jóvenes que se dieron en tantos países del orbe, me lleva a pensar también en el predominio de la arrogancia, de la censura y de la represión que se vivió en todas partes.

Los necios conservadurismos y la más débil ignorancia ahogaron en sangre y encerraron en cárceles cualquier intención libertaria, silenciando un coro de voces jóvenes que abogaban por la libertad.

Y esto me lleva a las ideologías, que poco respeto me merecen al día de hoy y a las miles de personas que se cobijan bajo sus faldas buscando seguridad.

Sin sentirlo, he llegado casi al final del artículo, dejando que la palabra fuese por allí, haciendo de las suyas. Sintiendo que la humanidad da pasos muy lentos, mientras que la tecnología nos rebasa con toda su velocidad.

Baudelaire fue quien dijo que a los derechos humanos debían agregarse otros dos: el derecho al desorden y el derecho a marcharse. Hago uso de este último derecho. ¡Buenos días!

Fuente: www.prensalibre.com


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