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Las campesinas y la tierra
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 7 de julio de 2005

La tierra, para quienes tienen la suerte de tenerla, sigue perteneciendo principalmente a los hombres y es heredada por ellos.

Hace algunos meses nos encontrábamos con un grupo realizando un trabajo de campo en Ixcán, Salamá y Cobán. Parte del trabajo consistía en recoger las respuestas de las mujeres y hombres que participaban en los grupos focales e ir trazando, a partir de ellas, ciertos hallazgos.

Uno de los hallazgos de la investigación fue que la tierra, para quienes tienen la suerte de tenerla, sigue perteneciendo principalmente a los hombres y es heredada por ellos.

Una maestra indígena de Salamá, que por cierto hablaba con mucha propiedad sobre los derechos de las mujeres, expresó que ella tenía la tierra donde vivían con su marido y que aparte tenía un pedacito que le había heredado su padre.

Al preguntársele cuánto habían heredado el resto de sus hermanos y hermanas, ella dijo que su padre le había dejado al hijo varón la mitad de toda la tierra y que la otra mitad habían tenido que repartírsela entre todas las hermanas mujeres.

Una vez más, cuando se le preguntó a quién le dejaría ella la tierra que tenía, dijo (palabras más, palabras menos) que lo que era de su marido era para sus hijos varones y que su pedacito de tierra lo iba a repartir en partes iguales para sus hijos e hijas.

Situaciones como la anterior regresaron a mi mente en días pasados, cuando leí el libro de la periodista y feminista Rosalinda Hernández, Las campesinas y su derecho a la tierra.

A partir de entrevistas colectivas realizadas en cinco realidades geográficas diferentes, 61 campesinas indígenas y mestizas caracterizaron su derecho a la tierra, definieron qué significado le dan a la propiedad, cuáles han sido sus experiencias de lucha en ese tema, qué visión recibieron de sus padres y abuelos sobre la tierra y qué enfoque le trasladan ellas a sus hijos e hijas.

El estudio, además de mostrar las dimensiones de la problemática agraria nacional, analiza ésta con los anteojos del género. Así, Las campesinas y su derecho a la tierra pasa necesariamente por revisar el ejercicio del poder en una sociedad como la nuestra y propone una visión distinta de la tenencia de la tierra, alejándola de los postulados mercantilistas o patriarcales que hasta ahora han definido esta relación. Revisa también la actuación de varias instituciones gubernamentales y agrupaciones sociales en este tema y propone sugerencias concretas y más equitativas.

Las mujeres son un factor determinante en la búsqueda de alternativas para la defensa de la alimentación de las poblaciones y los mercados locales y aunque una gran mayoría de ellas no tiene acceso a la tierra, es preciso reconocer que hay un avance importante en términos de su participación.

Sin embargo, las 61 campesinas entrevistadas consideraron una novedad tratar este tema; para ellas, hablar de la tierra y de su situación de desventaja en cuanto a las herencias y la propiedad o compartir la desvalorización de su trabajo y su subordinación a las figuras masculinas, fue algo inusual dentro de su realidad cotidiana.

La opinión de una de ellas llamó particularmente mi atención: “Nos imponen un tipo de organización para concretar la compra de tierra: cooperativas, asociaciones o empresas asociativas. Si queremos participar en las decisiones nos dicen que tenemos que ser socias y para eso tenemos que ir a chapear el potrero, poner jornal para construir la carretera o la escuela. La pregunta es dónde queda el trabajo que hacemos en la casa, el productivo como tapiscar o limpiar la milpa y el comunitario siendo parteras, promotoras o coordinadoras...”.

Lo expresado por estas campesinas, jornaleras, arrendatarias, propietarias, comuneras, mozas colonas y solicitantes de tierra, permitió concluir que ellas deben ser reconocidas plenamente como legítimas demandantes de la tierra.

Para que las campesinas puedan obtener tierra, las instituciones y organizaciones encargadas del tema han de romper con los supuestos de la mercantilización y de la copropiedad.

Todo esto pasa porque las mujeres participen de modo diferente dentro de sus comunidades, porque sus compañeros y comunidades las apoyen y porque se vean a sí mismas accediendo con justicia al control de los recursos, tanto dentro de casa como fuera de ella. La sociedad entera, sale con ello, beneficiada.

Fuente: www.prensalibre.com


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