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Nadie olvida a sus muertos
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 16 de julio de 2005

Ningún mortal puede dar un paso adelante sin haberse reconciliado antes con su pasado y con su presente.

Los judíos no olvidan su holocausto. Los japoneses no olvidan a sus muertos en Hiroshima y Nagasaki. Los estadounidenses, los españoles y los ingleses apenas comienzan a revivir la memoria de las víctimas del terrorismo que se coló en sus casas por sorpresa.

Los guatemaltecos, ¿por qué tendríamos que olvidar lo que sucedió aquí durante el tiempo de la Guerra Fría? ¿Por qué habríamos de negar esa parte de nuestra historia y tender un velo sobre la memoria? Los vivos sólo vivimos de verdad cuando nos reconciliamos con nuestros muertos.

Por eso los velamos, les hacemos una misa o un ritual, por eso los lloramos, los preparamos, los vestimos, les colocamos en sus tumbas y ataúdes objetos que para ellos y para nosotros simbolizaban algo.

Por eso les ponemos flores, les rezamos, por eso escribimos epitafios y colocamos lápidas o cruces sobre sus tumbas. Hacemos todo esto para tender un lazo entre ellos y nosotros, entre la memoria y nuestra vida, entre una generación y otra, para sentirnos parte de un todo y reconciliarnos con ese todo.

Los 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos durante la guerra que se vivió en Guatemala no son simples cifras; significan los cementerios clandestinos llenos de osamentas sin nombre, significan las más de 600 masacres que quedaron impunes, significa que aún hay muchas familias que no han podido enterrar a sus muertos como se debe. Cuando olvidamos a estos muertos, se levantan sus fantasmas sobre los huesos de la discordia.

Conavigua realizó en los años 2003 y 2004 varios procesos de búsqueda y exhumación de personas desaparecidas en las comunidades de Chitucur I y Chitucur II, Santabal II, finca El Carmen, cantón San Pablo, antiguo destacamento militar ubicado en los terrenos de la iglesia parroquial de San Pedro Jocopilas y Cementerio General. Después de casi un cuarto de siglo y gracias a múltiples esfuerzos, encontraron a varios de sus familiares y a otras víctimas que buscaban.

Hoy, finalmente, cuatro mujeres y 42 hombres masacrados entre 1981 y 1983, durante los períodos de gobierno de los generales Lucas García, Ríos Montt y Mejía Víctores, serán enterrados como se debe.

La actividad comenzó el día de ayer 2 K’at (15 de julio) desde las 9 horas, con la exposición de ropas y otras pertenencias relacionadas con las osamentas de las víctimas, en el convento parroquial, y culmina mañana domingo 7 Keme (17 de Julio) con el entierro de estas osamentas en el cementerio de la localidad.

Todos queremos sepultar dignamente a nuestros muertos. Es sólo eso. ¿Por qué las amenazas, intimidaciones y malos tratos que se dan a las familias de las víctimas, especialmente a las mujeres, durante un proceso como éste de exhumaciones en las diferentes comunidades del departamento de Quiché?

Enterrar a la madre, al padre, a un hijo o a una hija, a los abuelos, a los amigos o a cualquier familiar es un acto de fe y de simple sobrevivencia. No queremos pasarnos una vida llorando nuestras desgracias ni llorando a nuestros muertos, pero para llevarlos en el corazón sin tristeza tenemos que vivir el duelo, enterrarlos, cerrar el círculo de la vida. Eso cualquiera lo entiende.

La de 1980 fue una década del horror en Guatemala, aunque todavía hay por allí una o dos momias que digan que aquí no hubo ninguna guerra.

Es cierto, hay que ver hacia adelante. Pero ningún mortal puede dar un paso adelante sin haberse reconciliado antes con su pasado y con su presente. Guatemala quiere ver hacia el futuro, pero para ello, los vivos y los muertos deben tener su lugar en este pedazo de tierra donde les tocó nacer; más aún, deben tener su lugar en el territorio de los más caros anhelos y sueños de nuestra nación.

Nadie olvida a sus muertos y los huesos que hoy son de la discordia, serán mañana los de la reconciliación y la paz.

Fuente: www.prensalibre.com


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