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Le tocó la chibolita
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 21 de julio de 2005

Que se encarcele a Portillo si es lo que por justicia corresponde, pero que esto no se convierta en un ejercicio más de linchamiento político.

A Alfonso Portillo le tocó la chibolita. Los “astros” parecen conjugarse esta vez para que él sea el elegido. Además de expiar su propia culpa, Portillo quizá terminará pagando por todos aquellos presidentes y políticos que no entraron jamás a la cárcel a pesar de haber saqueado al país o masacrado poblaciones completas.

Pagará tal vez por los políticos y por esos otros, que sin serlo, han manejado a Guatemala como un feudo; aquellos que después de haber ocupado un alto puesto público o de haberse servido de los favores de un gobierno, han pasado a formar parte de la “nobleza” guatemalteca, o esos que aún hoy dirigen los destinos de nuestra nación sin creer realmente en un concepto de nación.

Aun antes de su posible captura, Portillo no sólo se ha constituido en el símbolo de un gobierno corrupto y mafioso, sino en el de una clase política venida a menos y en el de una sociedad en profunda crisis.

Es innegable que el ex presidente, al haber estado al frente de un país de 12 millones de habitantes, representando a un gobierno como el del FRG, tiene una responsabilidad mayúscula. Y es innegable también que mucha gente de ese gobierno no sólo se dio a la tarea de vaciar las arcas nacionales, sino que se llevó hasta el sencillo que había en ellas.

Si no es cierto, que sea la justicia la que hable. Pero que no sea una justicia levantada temporalmente en contra de la corrupción y a favor de la transparencia, que luego se cae de bruces frente a nosotros cuando le toca juzgar a los que hoy señalan con el dedo acusador.

Esto nos sitúa en el otro lado del problema: el lado político que pendulea entre la intención real de cimentar un verdadero estado de Derecho, y el circo romano que se monta por temporadas para elevar la popularidad de equis partido político. Nadie desconoce cuánto pueden beneficiarse funcionarios, partidos y gobiernos con la captura del ex presidente de un país. Pero eso es asunto de marketing.

Guatemala tiene una larga historia de matrimonios pactados entre políticos mañosos y grupos de poder, y este gobierno no escapa a ello porque los primeros hechos de corrupción han salido a luz pública. Con el caso Portillo, la corrupción está del lado del Estado, pero en la relación sector público-sector privado habría que escarbar más hondo ahora que el cordón umbilical parece comenzar a romperse.

Por eso, a Guatemala lo que le sirve es aquilatar esta experiencia, fortalecer su sistema de justicia y la institucionalidad del Estado, aplicar leyes que funcionen para todos en la misma medida y reflexionar sobre la estructura económica y política del país. Porque la corrupción no es sólo el mal de un gobierno, sino el de una sociedad que, de tan acostumbrada, no sólo la práctica, sino que ya casi ni la ve.

Que se encarcele a Portillo si es lo que por justicia corresponde, pero que esto no se convierta en un ejercicio más de linchamiento político, sino en una práctica cotidiana del Estado guatemalteco para con todos aquellos que han contribuido o siguen contribuyendo a sostener ese estado de putrefacción del cual nos está costando tanto salir.

Acostumbrados como estamos a partir el mundo entre buenos y malos, entre amigos y enemigos absolutos, situamos ahora al enemigo en la figura de Alfonso Portillo.

Definitivamente, ese gobierno fue nefasto para el país en términos generales, pero el enemigo no es Portillo, porque lo que nos tiene como estamos es más complejo y profundo: es la falta de solidaridad humana, es nuestra mentalidad de cuarto mundo, la inconciencia sobre nuestra propia realidad y el servilismo de nuestros políticos; es el abuso, la irresponsabilidad y la presión de los grupos de poder, la inmadurez de la clase política y un Estado débil, entre otras muchas cosas.

Pongámosle nombre al culpable de hoy, pero no dejemos de identificar lo que verdaderamente nos tiene como estamos desde hace tantas décadas.

Por lo demás, sé que no tengo altura alguna para opinar como se debe sobre política, pero entiendo como ciudadana, que el futuro no se mide sólo por los corruptos que encarcelamos, sino por los líderes que nunca pensaríamos en poner en prisión.

Fuente: www.prensalibre.com


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