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Una sociedad prisionera
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 18 de agosto de 2005

Las cárceles funcionan cuando el resto de los engranajes se mueven.

En junio del 2001, 78 reos peligrosos escaparon de la Cárcel de Alta Seguridad de Escuintla, llamada “El Infierno”, armados con fusiles AK-47 y subametralladoras Uzi. ¿Quién les envió y quién les dio las armas? ¿Quién los ayudó a escapar? En febrero del 2003, en el Centro Preventivo de la zona 18, se produjo una lucha de poder que provocó la muerte de siete prisioneros, cuatro de los cuales murieron decapitados.

Uno de ellos era el sargento Obdulio Villanueva, implicado en el caso Gerardi. ¿A quién le interesaba que muriera Villanueva?

Otra vez en el 2003, sólo que ahora en abril, un ex presidiario de Pavoncito declara que Los Cholos lo obligaron a él y a otros cuatro reos, a comerse el cuerpo de un compañero asesinado. Agrega que el mismo hecho de canibalismo pudo haberse repetido con otros 16 presos que habían desaparecido.

¿Qué leyes rigen en ese centro carcelario? ¿Por qué nadie reportó a los desaparecidos? En febrero del 2005, la hija de una pareja de esposos asesinados, responsabiliza a Jorge Mario Moreira Reyes, alias “el Marino”, de la muerte de sus padres, de dirigir una banda de asaltabancos, de componer carros adentro de Pavón para revenderlos, incluso con la complicidad de ciertos agentes policiales. “El Marino” está cumpliendo condena por secuestro en Pavón. Las preguntas no se hacen, por obvias.

Agosto de 2005. Las maras Salvatrucha y 18 se enfrentan en varias cárceles guatemaltecas, después de que la M-18 rompiera el pacto de no agresión establecido entre ambas. El saldo: 35 muertos y más de 60 heridos.

Frente a una posible venganza de la Salvatrucha, puede leerse entre líneas la supuesta complicidad y el silencio de algunos guardias que les entraron granadas, pistolas y mini Uzi a los de la M-18, la mano del crimen organizado detrás de todo, y la repercusión que estos hechos puedan tener en toda la sociedad guatemalteca. Surgen también las preguntas: ¿a quién le conviene que las maras se maten entre sí? ¿Cuán vigente es el tema de la limpieza social en nuestra sociedad?.

Dentro de las cárceles sucede lo mismo que fuera de ellas, sólo que en grado superlativo. Rigen otras leyes, quizá discrecionales, pero no podemos decir que no las tengan; se da la lucha de poder, sólo que a niveles bastante más rudos y explícitos que en el resto de la sociedad; hay corrupción, igual que en cualquier ministerio, tienda de barrio u oficina de penthouse, sólo que allí la perversión estriba en que ciertos sectores de la sociedad “no prisionera” usan a los reos para sacar de esta alianza ciertos beneficios políticos, organizacionales o personales.

El encierro, combinado con todo lo demás, hace milagros. Por los casos que se ilustran en este artículo, parece que el matrimonio ha funcionado bastante bien, al punto que buena parte de la inseguridad que se vive en el país está definida hoy por los hilos que anudan el mundo de las prisiones con otros grupos de la sociedad guatemalteca, también prisionera de la violencia desmedida y de su propia podredumbre.

¿Por dónde comenzamos a cambiar el estatus de nuestras cárceles? ¿Acaso podemos disociarlas de una crisis social generalizada y de ciertos poderes fácticos, como el crimen organizado, que está mejor organizado que el aparato de seguridad del Estado? De nada nos sirve atrapar delincuentes y hacinar reos en cárceles diseñadas a partir de criterios medievales (y aquí no sólo me refiero a la infraestructura o a las debilidades administrativas), si las cosas no cambian de fondo.

Es casi una ecuación: las cárceles funcionan cuando el resto de los engranajes se mueven; no se puede desear un sistema penitenciario modelo si el Ministerio Público, el Organismo Judicial, el Ministerio de Gobernación, la Policía Nacional y demás instancias relacionadas con la seguridad ciudadana funcionan mal.

El cambio ha de hacerse en muchos sentidos y tomará años, porque en esta sociedad los prisioneros somos todos. Unos en las cárceles, otros en las áreas marginales y otros detrás de los altos muros alambrados de sus casas. Más allá de meterle mucho dinero al asunto o de aprobar leyes orientadas a la modernización del sistema penitenciario guatemalteco, tendríamos que comenzar a cambiar la mentalidad y la actitud de un país con esperanza. Mientras, seguiremos prisioneros.

Fuente: www.prensalibre.com


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