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La fábula del tiburón y las sardinas
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 25 de agosto de 2005

El libro analiza minuciosamente las relaciones que históricamente se han dado entre Estados Unidos y Centroamérica.

Lo traíamos de México o lo buscábamos en las ventas de libros viejos o raros de la capital y de Antigua; lo pedíamos prestado y lo fotocopiábamos, y muchos vimos desaparecer esa pieza única de nuestras bibliotecas cuando decidimos prestarlo a uno de aquellos amigos que juran, por Dios y la Santísima Trinidad, que nunca se quedan con un libro de nadie.

Ahora, 49 años después de que fuera publicado por primera vez en Chile, La fábula del tiburón y las sardinas del ex presidente Juan José Arévalo, se publica por primera vez en Guatemala, gracias a la Fundación Soros y a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

La obra, escrita dos años después de la caída de Jacobo Árbenz, sigue en muchos aspectos, tan vigente como entonces. Arévalo nos lanza el anzuelo con la fábula que da nombre al libro y que lo encabeza, a través de las siguientes palabras: “Aborrascado estaba el mar: el Mar Océano”.

Esto nos hace recordar el Mare nostrum al que se referían los romanos cuando definían los límites de su imperio alrededor del Mar Mediterráneo. Y naturalmente, no hay más que ver hacia arriba y luego hacia abajo y hacia un lado, para recordar que muchos países que interesan particularmente a Estados Unidos, también bordean un Mar Caribe que limita con ese país del norte.

Pensando en el TLC que se nos viene encima en el 2006, la fábula del tiburón y las sardinas parece retratar situaciones, hechos y protagonismos similares, si no idénticos. Mutaciones aparte, mucho de lo que se cuenta, tanto en la fábula que encabeza el texto, como en los demás capítulos del mismo, podría aplicarse muy bien a las circunstancias actuales.

Allí están las sardinas, en quienes Saturno pone “todas las posibilidades para la gratitud y a quienes les ha sido reservado el monopolio en materia de servidumbres” (a perpetuidad); allí está también el tiburón, poderoso y eterno aliado, cubriendo a la sardina, quien en la magnanimidad del vientre tiburonesco, descansará algún día.

Por supuesto, no podía faltar el Méduso-Cálamo-Serpens, vocero de Neptuno y representante del Derecho, quien se asegura de que el tiburón y las sardinas firmen un tratado de manera pacífica y armoniosa, reforzando los papeles de dominio de uno y de sumisión de las otras.

El argumento de esta fábula es, según dice John H. Coatsworth de la Universidad de Harvard en el prólogo, “que un gran poder como Estados Unidos no necesita respetar las leyes e instituciones de un sistema internacional y que, en consecuencia, las naciones pequeñas deben desarrollar medios propios para defenderse”.

El mismo Coatsworth dice que “el argumento tiene una resonancia moderna porque se asemeja a uno de los presupuestos fundamentales de la teoría “realista” de las relaciones internacionales: el poder relativo de los Estados determina su posición y conducta en la arena internacional, en la que no hay soberano que pueda obligar al acatamiento de las leyes”.

El resto del libro analiza minuciosamente las relaciones que históricamente se han dado entre Estados Unidos y Centroamérica. La Guerra Fría que se peleó en nuestra región aparece apenas como el pretexto de los grandes intereses que se concentraban en Wall Street, el Pentágono y el Departamento de Estado.

Sabiendo por dónde apretaba más la cuerda, Arévalo dibuja estrechas relaciones comerciales y familiares entre la United Fruit Company y los altos funcionarios de la administración Eisenhower. Esta teoría que reconoce a la Guerra Fría como “una guerra de opción”, es la misma que condena la inútil invasión a Irak.

Algunas cosas han cambiado, dice Edelberto Torres Rivas en su comentario al final de esta edición del libro. Pero no podemos negar que, aunque ya no es políticamente correcto usar el nombre de Imperio, las asimetrías en las relaciones y negociaciones de cualquier índole, siguen siendo enormes. Las ideologías han sufrido cambios, pero se levantan los sectarismos y las identidades robotizadas; todos queremos la libertad, pero la entendemos de manera diferente.

Fuente: www.prensalibre.com


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