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Este país no es país
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 1 de septiembre de 2005

Guatemala no le ofrece seguridad a sus habitantes.

Una cosa es estar en vías de ser país y otra distinta es serlo. Mi definición de país rebasa el ámbito de lo territorial, y diría que es ésta: país es el espacio físico y humano que permite a hombres y mujeres, en su calidad de ciudadanos, crecer y desarrollarse en un ambiente de autonomía, justicia, libertad, seguridad y solidaridad.

Así que, desde mi muy particular punto de vista, somos finca, colonia o poblado, pero país definitivamente aún no. ¿O acaso estamos hoy mejor que hace 50 años?

Económicamente, las recetas impuestas a Guatemala en las últimas décadas, no han hecho sino dejar al país hipotecado. A los US$3 mil 841 millones de deuda externa que teníamos hasta diciembre de 2004, habría que agregarle los Q15 mil 964.1 millones de deuda interna reportados hasta julio de este año. En consecuencia, el total del endeudamiento público del país supera los Q45 mil millones.

Nosotros, los ciudadanos de a pie, asumimos las deudas que nuestros políticos primero aceptan y luego se roban, dejándonos sin obras, sin dinero y como sujetos deudores. Los niveles de corrupción se asemejan a una red que extiende sus hilos desde el Palacio Nacional, el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, pasando por la Policía y el Ejército, hasta amarrarse en los puertos, los sindicatos, las iglesias, las empresas, las tiendas de barrio y los mercados. Esta Guatemala, para llamarse país, tiene que dejar de llamarse corrupción.

En este escenario se inscriben el narcotráfico y el crimen organizado, que amén del lavado de dólares que está haciendo crecer la inflación en Guatemala, también están enredados con hechos tan sucios como el tráfico de personas.

El Reporte sobre el Tráfico de Personas 2004, del Departamento del Estado de Estados Unidos, señala que “la República Dominicana, El Salvador, Guatemala, México y Paraguay son los principales proveedores (de personas) de otros países en la región. Estas naciones (...) no han mejorado su efectividad. Mientras las leyes existen, su ejecución sigue siendo un problema.

En la República Dominicana en septiembre de 2003, se descubrió que un congresista era uno de los principales traficantes de personas. En muchos países, particularmente en El Salvador y en Guatemala, la Policía realiza pocos arrestos nuevos y han habido menos sentencias de traficantes”.

Inmersos en lo que unos llaman globalización y otros mundialización, no podemos dejar de lado la nueva dinámica de las relaciones entre países, a partir de la cual se corroen los tradicionales estados soberanos.

En este supuesto orden comercial y legal entre iguales, hay unos más iguales que otros, porque estas instancias supranacionales hacen prevalecer sus disposiciones en cortes de justicia diseñadas para ello; las nuevas alianzas militares impiden que los estados individuales dispongan cómo usar sus fuerzas armadas o terminan definiendo los límites de la soberanía de las potencias menores frente a la hegemónica.

Y si hablamos de las empresas multinacionales, sabemos que deciden sin sujetarse a nadie, sin control. En este contexto ¿Guatemala es país o colonia?

Por otro lado, Guatemala sigue siendo finca para algunos que hablan con corrección política de democracia y justicia, pero monopolizan a Guatemala. Sigue siendo finca para los que matan a los campesinos en su propiedad y son declarados inocentes porque pueden comprar la justicia; sigue siendo finca para los que hablan de libre mercado pero piden subsidios para sus productos a los gobiernos de turno. Sigue siendo finca para los señores de rancia raigambre colonial.

Guatemala no le ofrece seguridad a sus habitantes. Ni seguridad alimentaria, ni física, ni emocional, ni ciudadana, ni social, ni vial, ni laboral, ni ninguna. Los pocos que pueden pagar por su propia seguridad, también viven encerrados y temerosos.

Que algunos tengan demasiado y demasiados tengan tan poco para vivir como personas, es el síntoma de una larga enfermedad. Llevamos el militarismo en la sangre, hemos impedido la entrada de millones de personas a la educación, a la salud, a la recreación, al empleo y le hemos abierto la puerta a la violencia. Y por si lo olvidamos, las mil 897 mujeres asesinadas de enero de 2001 a julio de 2005, también vivían en este lugar que quiere llamarse país, pero que no lo es.

Fuente: www.prensalibre.com - 310805


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