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El mayor pecado
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 10 de septiembre de 2005

A la memoria de Mirna Mack Chang, asesinada en Guatemala el 11 de septiembre de 1990.

Chile, 11 de septiembre de 1973. Hace apenas 32 años. Las acciones directas de las Fuerzas Armadas en contra del Palacio de la Moneda, dejan como saldo la muerte del entonces presidente de la República, Salvador Allende.

Inicia así la etapa del dictador Augusto Pinochet que, 17 años después, contaría entre su legado una infinidad de crímenes contra la humanidad que incluyen torturas, detenciones ilegales, secuestros y asesinatos.

Comenzaba también la era de la Operación Cóndor (1975), red terrorista internacional de inteligencia militar, desde la cual los dictadores del Cono Sur ordenaban neutralizar o eliminar a todo aquél que identificaran como adversario político.

Años después, cuando el Fiscal estadounidense, Ernest L. Barcella, investigara sobre el asesinato del ex ministro chileno Orlando Letelier ocurrido en Washington en 1976, salieron a relucir datos importantes de los archivos del FBI.

Esto permitió a Barcella declarar que, desde la Dirección de Inteligencia Nacional de Chile (DINA), se habían orquestado actos terroristas en países de distintos continentes. Sin embargo, nada de todo lo anterior ha sido suficiente para que a Pinochet se le dicte justicia a la medida.

Su mayor pecado, a los ojos de muchos de sus admiradores, vendría después, cuando se hiciera público que la familia Pinochet había acumulado, a costillas del pueblo chileno y de forma corrupta, una fortuna de aproximadamente US$ 35 millones (que algunos aseguran podría duplicarse) distribuida en más de 125 cuentas secretas en diferentes bancos del mundo, principalmente en Estados Unidos.

Resulta así que los delitos económicos descubiertos fueron, para muchos, más delito que los crímenes contra la humanidad cometidos a lo largo de su dictadura pinochetista.

Bien lo señala Patricia Verdugo en un artículo publicado en La Jornada recientemente: “...en julio de 2004, el informe del Senado de Estados Unidos develó dos ilegalidades graves en el escenario político chileno.

Primero, (Pinochet) no está loco. Simula estar loco. Un demente no puede ejercitar una tan agitada gimnasia bancaria como la que comprobó la investigación.

Segundo, cometió robos y fraudes para acumular esa fortuna. Así, desde hace más de un año, la derecha pinochetista chilena tuvo que tomar la decisión de deshacerse de la figura de Pinochet como ‘héroe de la patria’.

Hasta entonces, para esa derecha, era el bravo general que combatió al marxismo y ejemplo de probidad. Y estamos hablando de una derecha muy poderosa, en un país donde sólo 16 grupos económicos derechistas controlan 81 por ciento del producto interno bruto. En la lógica de Maquiavelo, que todo cambie para que nada cambie.

Para que el orden político y económico ‘pinochetista’ permanezca lo más intocado posible, Pinochet y su familia pasaron a ser ‘impresentables’”.

El general chileno, más que un error, cometió un pecado; transgredió las sagradas normas de un país excesivamente legalista y es sancionado por la divinidad que rige los destinos económicos de Chile.

Nadie podría negar que, posiblemente, este pecado de poder y codicia lo enfrente con mayor rapidez a la justicia, que el tema de los derechos humanos. Ahora ya sabemos a qué dios se refería Pinochet cuando, al asumir su cargo, dijera: “Yo creo lo mismo que San Pablo, Dios nos eligió para cumplir misiones y nos facilita el camino para que se haga lo que Él mandó”.

En un contexto de hombres económicos, resulta peor robar que matar, y perder millones de dólares duele más para algunos, que perder miles de vidas. Ese parece ser el mensaje de tantos episodios vergonzosos que ha enfrentado la humanidad, Guatemala incluida.

En un día como hoy, un 10 de septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet comunicó a sus generales: “Mañana, 11 de septiembre, se juegan los destinos de la Patria.

Para ello ocuparemos La Moneda y expulsaremos del gobierno al Sr. Allende y a sus cómplices”. Simbólico eso de ocupar La Moneda, para quien después probaría ser, además de genocida, el ladrón más grande de Chile.

Quizás ha llegado el momento de recordar las conocidas palabras de Allende: “...Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

Fuente: www.prensalibre.com


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