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Pobreza es esclavitud
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 27 de enero de 2007

La gente pobre vive la violencia de ser excluida.

Deberé crear un sistema o ser esclavo del sistema de otro hombre”, dijo hace más de un siglo el poeta inglés William Blake. Profeta de un mundo absurdo donde hoy un futbolista puede ganar un millón de euros a la semana, mientras millones de familias sobreviven en el resto del planeta con menos de US$3 al día realizando trabajos extenuantes, Blake sabía que la humanidad no llegaría a lugares diferentes caminando por las mismas rutas que transitaron los amos y los esclavos de Aristóteles.

La pobreza, como la forma más extrema de la violencia que unos seres humanos ejercen sobre otros, es ciertamente la esclavitud de nuestros tiempos. O como diría Muhammad Yunus en Nueva York hace algunos años, es la “des-libertad”. Hablando con los miembros de familias pobres, se llega al fondo del asunto: no es sólo tener dinero o no tenerlo lo que hace la diferencia, es cómo la sociedad trata a quienes lo tienen y a quienes no lo tienen.

La gente pobre vive la violencia de ser excluida, pasa vergüenza, se siente humillada, siente que no es capaz de darle a su familia seguridad o felicidad. Y -en términos generales- la única manera de quitarse todas las humillaciones de encima es volverse fuerte y responder con la misma violencia que ha recibido.

Todo hombre o mujer que ha sido pobre sabe que ningún niño o niña que crece en esas condiciones tiene infancia; ni bien se sostiene en ambas piernas, las responsabilidades comienzan a agobiarlo.

No soy mujer de iglesia, pero creo profundamente en dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos. Por eso me considero una aliada del Movimiento ATD Cuarto Mundo, que fuera fundado en los alrededores de París, por el padre Joseph Wrésinski hace poco más o menos medio siglo.

Él proponía un cambio radical de perspectiva, otra forma de relación entre seres humanos, otro fin para sus luchas contra la miseria. El Movimiento, que incluye a voluntarios y aliados de todas las creencias religiosas (incluso ateos), decidió primero crear un Instituto de Investigación, porque en las sociedades europeas ya nadie creía que la pobreza fuese motivo de gran preocupación.

Luego de varios estudios, los pobres aparecieron en letras rojas; seguían existiendo como testigos de las trampas que la misma humanidad se pone a pesar de calcar sus buenas intenciones en declaraciones de derechos humanos.

Fue el primer acto político del Movimiento Cuarto Mundo. Desde ese Instituto de Investigación se denunció con seriedad un fenómeno existente y se hicieron propuestas acordes a tal realidad. Por otra parte, el Movimiento se levanta sobre la familia, como el “único refugio” del ser humano cuando todo lo demás falla. Familias nucleares, monoparentales, familias donde los abuelos viven con los nietos, cualquier grupo familiar (aunque no sea sanguíneo) levantado alrededor del respeto, el amor y la ternura, es considerado familia.

El padre Wrésinski no creyó en el asistencialismo desde el cual unos siguen haciendo caridad en su calidad de humanos privilegiados; creyó sobre todo en acompañar a las familias pobres en su cotidiano. Creyó en hacerlas subir “las escaleras del Elysée, del Vaticano, de la ONU, de las grandes organizaciones internacionales” porque, dijo Wrésinsksi, “tienen que ser interlocutores con todos los derechos”.

Puso a los hombres y mujeres pobres en el centro de su visión, no al margen de ella y, gracias a él, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró el 17 de octubre Día internacional de la erradicación de la pobreza; por cierto, desde allí se lanza ahora una Declaración de Solidaridad que busca acabar con la pobreza extrema (www.oct17.org).

En foros nacionales e internacionales, en las escuelas de barrio, en las comunidades, muchos pobres que antes tenían vergüenza hasta de salir de sus casas, hoy han hablado sobre su condición y han actuado en consecuencia.

Cuando vives en la pobreza, te sientes como si fueras un refugiado en tu propio país”, dijo un español que vive en la miseria. Y es que si alguien no puede ejercer sus derechos económicos, sociales y culturales, ¿cómo se le puede pedir que asuma plenamente sus responsabilidades familiares, laborales y sociales? Menos limosna y más solidaridad humana, por allí va la propuesta.

Fuente: www.prensalibre.com


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