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Apenas 24 manos
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 19 de marzo de 2007

Buen ejemplo de cooperación cultural para el desarrollo de un país.

Durante dos semanas, 12 grandes escultores de todo el mundo, seleccionados entre un total de 256, marcaron un hito en la historia cultural y artística de muestro país. Bastaron 24 manos para “contrarrestar el otro lado, la locura”, dijo el artista guatemalteco Luis Díaz, y para atraer la atención de más de 50 mil personas al primer Festival Internacional de Escultura Guatemala Inmortal 2007, realizado en los alrededores del Museo Nacional de Arte Moderno.

De grandes bloques amorfos de mármol fueron surgiendo bellísimas figuras que en poco tiempo estarán en distintos lugares de nuestra capital. Pero nada fue fortuito; uno de los mejores mármoles del mundo está en Guatemala, y el material con que se talla una pieza es esencial para relevar sus mejores posibilidades.

Por otra parte, detrás de este evento único no sólo hay atrevimiento y fuerza de organizadores como Max Leiva, sino un alto nivel de organización de equipo. Gracias a los patrocinios conseguidos, a cada artista se le pagó el viaje, se le otorgaron viáticos y recibió al final del evento una suma de US$2 mil 500.

Además, se hicieron varias actividades paralelas en galerías y centros de arte, que permitieron a los artistas no sólo vender algo de su obra, sino también observar de cerca lo que en materia de escultura está pasando en el país.

Otro de los elementos que hizo de éste un evento trascendental, es el hecho de que Guatemala sea un país rico en tradición escultórica. Los mayas del período Clásico, como sucede con las grandes civilizaciones humanas, dejaron esta tierra poblada de templos, estelas y esculturas.

Por ello, nuestro país se definió, en el contexto de este festival, como un territorio idóneo para recrear y rescatar ese legado único. Imposible no recorrer los pliegues de nuestra historia; imposible no comparar a estas mujeres y hombres que esculpían el mármol, con aquellos mayas que -en las grandes plazas- tallaron la piedra sin contar siquiera con cincel y martillo, menos con una sierra o un barreno.

Las manos que esculpieron la piedra llegaron desde Canadá, Hungría, Austria, Costa Rica, Alemania, Francia, Bulgaria, Rumania, Inglaterra y Guatemala; pero fueron el talento y el oficio de años los que definieron sus creaciones.

Los organizadores del festival trabajaron de manera ardua sobre la firme convicción de que en Guatemala pueden y deben hacerse estos encuentros con mayor frecuencia, para revertir la desesperanza. Los patrocinadores cumplieron su parte del trato y apoyaron este esfuerzo como una vía distinta de salida a la crisis que vivimos. Buen ejemplo de cooperación cultural para el desarrollo de un país.

Recorrí un par de veces el lugar donde los creadores trabajaron; la fuerza y la ternura que se conjugaron cuando los artistas trabajaron el mármol fueron, por sí solas, algo impresionante. La tensión sostenida alrededor de una intención creadora fue evidente en todo momento y cabía admirar tanto el proceso creativo como la obra que iban tallando esas 24 manos.

En la masa informe fueron unos horadando el mármol, otros quitando una a una las capas y pedazos, despojando de veladuras la figura imaginada que poco a poco se iba desnudando.

Entre la transparencia dialogante de El beso de Pascale Archambault y la intensa suavidad de El beso de Gé Pellini, se situaron otras 10 obras monumentales que no puedo dejar de nombrar: El sombrerón, de Luis Díaz, que llegará a ser un obelisco; La mano, de Boldi, hermosa y quieta, pero con sugerentes líneas en movimiento; Alas, de Carmen Tepsan, anticipó con mano impecable El sueño de volar, que con fuerza nos presentó Aquiles Jiménez.

Espíritu, de Petre Petrov, es una clara muestra de profundidad, exploración y movimiento infinito; Génesis, de Kamen Tanev, supuso para mí un regreso al perfecto espacio mínimo molecular; Por dentro y por fuera, de Roland Mayer, expresó la fragilidad de los umbrales de luz y sombra; Dentro de la piedra, de Colin Figue, tradujo un manejo acertado de los territorios visuales y espaciales; Adentro y afuera, de Herbert Golser, de manera lúdica me situó en la creación y el tiempo; y Rath Geber, con su obra sin título, expresó un juego de luz y forma maravilloso.

Este evento cultural no fue uno más, fue un acto de fe vivido en Guatemala, para Guatemala y el mundo. Queremos más.

Fuente: www.prensalibre.com - 170307


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