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En la patria del criollo
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 22 de marzo de 2007

El poder es poder, dicen algunos, y entre más se tiene más se quiere.

Dentro de la rígida segmentación de una sociedad de castas como la que se vivía en la Guatemala del siglo XVII, el criollo defendía hasta con los dientes su estatus central. No era la suya una patria de peninsulares, ni de negros, ni de ladinos, y mucho menos de indios.

Cuatro siglos después, y a pesar de que Guatemala se ha ido configurando muy lentamente alrededor de las diversas identidades culturales que aquí convivimos, los resabios de aquél primer criollismo parecen ser el arquetipo que algunos se resisten a cambiar.

Y lo digo porque aquí no sólo la política se practica de manera criolla; todo el poder se quiere ejercer aún de esa manera desde ciertos sectores de nuestra sociedad. Para muestra, la presencia de representantes del Cacif en la interpelación que se hiciera al Ministro de Gobernación, Carlos Vielmann, en el Congreso de la República.

Un sector que ha sido tradicionalmente el poder detrás del poder, que solamente sale a batear cuando tiene que defender abiertamente sus intereses y que prácticamente nunca se hace visible en los organismos de Estado, ¿qué hacía recorriendo los pasillos del tercer piso del Congreso durante una de las jornadas de dicha interpelación? ¿Qué le interesaba defender en este caso tan oscuro que toca escuadrones de la muerte, narcotráfico e influencias de poder?

Ya lo decía Aura Marina Arriola: “El poder colonial se basó en el terror y nunca más han dejado de utilizarlo para reforzar el poder de la oligarquía”. No es la nostalgia de aquellos hijos y nietos de los criollos que ya comenzaron a considerar pares a los sectores tradicionalmente marginados lo que sale a relucir en este artículo; preocupa la prevalencia del ejercicio del poder de manera centralista, autoritaria y violenta. Como cuando aquella Guatemala era gobernada por los primeros criollos.

La Guatemala de hoy atraviesa una nueva crisis de gobernabilidad, y más aún, una crisis de humanidad. Guatemala sigue sin ser país. Porque decir país refleja el sentido profundo de patria, de geografía amatoria, de lengua madre; país es el territorio donde sus habitantes pueden vivir sin temor, en armonía a pesar de ser distintos, con seguridad a todos los niveles de su condición humana.

En un país se respetan plenamente los derechos humanos de sus habitantes, quienes en correspondencia pueden ejercer sin obstáculos sus obligaciones. Guatemala no tiene aún las características de un país, y como dijera alguna vez Helen Mack en un programa de Libre Encuentro, las élites tienen gran responsabilidad en ello.

Esas élites que, por conveniencia, se siguen resistiendo a cambiar su estatus patrimonial y central, son las que compran aún la justicia, las que mueven los hilos del poder, las que amenazan nuestra temprana democracia. Todo para cumplir su cortísima cosmovisión de salvarse a sí mismos y a sus familias.

Sólo en los últimos meses, más banqueros y financistas guatemaltecos han dejado a cientos de cuentahabientes y clientes sin los ahorros de toda una vida; sólo en los últimos meses, se han abierto las cloacas en las instituciones encargadas de brindarle seguridad a la ciudadanía guatemalteca; sólo aquí en Guatemala, la justicia es tan débil que apenas llega a solucionar el cinco por ciento de todos los casos que tiene que resolver.

Y por si fuera poco, vienen los del BID y nos vemos prácticamente forzados a extender aún más la mano mendiga, como si nuestra deuda externa e interna no fueran lo suficientemente grandes como para comprometer a generaciones enteras de guatemaltecos.

El poder es poder, dicen algunos, y entre más se tiene más se quiere; eso se hace evidente en un mundo de corporaciones transnacionales y de una perversa distancia entre pobreza y riqueza.

La ruta civilizatoria que han seguido otras sociedades y que queremos para nosotros, pasa por normar y regular ese poder. Si no, siempre habrá quienes lo querrán todo sólo para ellos, no importa a qué costo hayan de conseguirlo.

Fuente: www.prensalibre.com


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