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Esta complaciente justicia
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 12 de abril de 2007

En Guatemala, se comprueba de nuevo que hay unos más iguales que otros.

Hablar del establecimiento de un estado de Derecho es un contrasentido en un país donde, como en el nuestro, la justicia sigue aplicándose de manera arbitraria. No saltaré jamás en defensa de sindicalistas corruptos o de seudolíderes sociales que con sus actitudes contradicen su propio discurso sobre la justicia social, pero tampoco estoy de acuerdo con que la justicia le sirva de tapadera a la gente “conocida” o de “buenos apellidos”, así como a muchos de los funcionarios y los políticos de turno que bien merecerían ser juzgados.

Aquí la justicia funciona con una agilidad sorprendente cuando se trata de meter en la cárcel a un joven indígena que ha amenazado en estado de ebriedad a otra persona. Sin embargo, deja libres a los inescrupulosos banqueros que viven a cuerpo de rey fuera de Guatemala, gracias a los millones que les han robado a cientos de cuentahabientes; deja libres a los diputados vinculados al contrabando, el crimen organizado y el narcotráfico, y también a los militares que han mal manejado los fondos del Estado sin ningún control.

¿Cómo no desconfiar de esta justicia chapina que se acomoda al gusto del cliente y mide los mismos delitos con varas de tan distintos tamaños, según los conectes, las influencias y el bolsillo de tanto cuatrero?

Si se reúnen las pruebas suficientes para condenar al sindicalista Nery Barrios por haber transado anómalamente una propiedad destinada a 172 familias de la comunidad Once de Diciembre, que se le juzgue y se le impute la pena que corresponda al tamaño de su delito. No sería la primera vez que un sindicalista se confunde entre dos amores: “su gente” o el dinero.

Sin embargo, como ciudadana guatemalteca, desearía que con esa rapidez se procediera a juzgar múltiples casos graves de corrupción que han quedado en el limbo, así como casos de genocidio, corrupción, lavado de dinero y estafa, entre otros.

Si así de ágil fuera siempre nuestra justicia, no habría necesidad de presionar en cortes internacionales, ni seríamos uno de los países más violentos e inseguros del planeta. Pero en este paisito neocolonial la justicia está secuestrada por tres poderes fácticos: el económico, el político y el militar.

Por ello, le ha sido tan sencillo al crimen organizado enquistarse en las instituciones de un Estado que orbita alrededor de estos poderes.

Por otra parte, recuerdo que aún antes de tomar posesión, el actual presidente y su equipo prometían limpiar la casa y poner a todos los corruptos del FRG tras las rejas. Esa aparente voluntad política les duró poco, y después de una cortísima cacería de brujas que no se tradujo en una verdadera política de Estado, hoy continuamos con un sistema judicial inoperante, clientelista y servil. Queda demostrado que la justicia le sirve a la política, y no al revés.

Enfrentarse a la justicia sigue siendo un asunto surrealista en Guatemala. En las cortes, a un campesino ebrio le cobran una multa de Q500 que no puede pagar; a un ex ministro le imputan una fianza de Q38 millones que ni a Michael Jackson le han cobrado, y ahora a un sindicalista le cobran Q1.5 millones que seguramente no conseguirá.

En cambio, en un editorial de Prensa Libre (1/12/2004) se señala: “Tiene razón de reír a carcajadas Enrique Ríos Sosa, hijo de Efraín Ríos Montt. Se comprobó que llevar ese apellido en Guatemala simboliza la burla abierta a la ley, su claro rompimiento o su aplicación de la forma más benévola posible.

En efecto, para alguien acusado de participar en el fraude de Q30 millones, es casi un premio la fianza equivalente de una trescientosava parte de esa suma -apenas Q100 mil- impuesta por una juez cuya imparcialidad puede ser sujeta válidamente a muchas dudas”.

¿Y qué decir de los 13 banqueros fugados? Dudo de que lleguen a fijarles fianzas, aunque de sobra tengan para pagarlas. Para quienes dicen que en Guatemala todos somos iguales ante la ley, se comprueba de nuevo que hay unos más iguales que otros.

Fuente: www.prensalibre.com


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